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Cultura

Entre el imperio de los sentidos y la teletienda

El Festival de las Naciones cumple 20 años convirtiendo el Prado en un gran zoco de sabores, aromas, actividades y caprichos variados.

el 22 sep 2013 / 23:00 h.

festival de las naciones FOTOS. Así es el Festival En ese paraíso de lo kitsch que es el Festival de las Naciones, además de poder probar espaguetis con salsa de cacahuete o los auténticos alfajores argentinos de dulce de leche y comprar complementos de diseños precolombinos o cosméticos de aceite de argal, hay toda una variedad de fórmulas para atraer la buena fortuna o espantar el mal de ojo, ya sea sometiéndose a una limpieza de aura como adquiriendo una valicha quitapenas (muñecas peruanas hechas por las mujeres andinas a las que basta con contar sus angustias para alejarlas) o su versión gallega en forma de meigas. Los budistas apuestan más por las propiedades de las piedras y semillas naturales, y en los jardines del Prado se venden pulseras hechas con todo tipo de ellas y amuletos Hu lu en forma de calabaza. El Festival de las Naciones cumple este año su vigésimo aniversario. La globalización ha hecho estragos en estos años y es difícil ya encontrar puestos que sorprendan por la originalidad de su mercancía, pero es innegable que durante un mes y medio –está abierta hasta el 3 de noviembre–, los jardines del Prado se convierten en un gran zoco diseñado para atrapar por los cinco sentidos, empezando por el gusto. Como suele ser habitual, el aspecto culinario es el que más éxito tiene. A mediodía de ayer, en el restaurante gallego uno de los cocineros se afanaba en apalear al pulpo en la olla mientras los clientes daban buena cuenta de una paella gigante. Otros acudían al bar argentino atraídos por el irresistible olor de la carne a la parrilla. La pasta italiana y la moussaka griega también tenían adeptos. En la sección de llevar a casa, resulta curioso escuchar el acento del norte contando las bondades de las anchoas de Santoña o cómo el clima de la sierra es más favorable para el secado de los ibéricos junto a la musicalidad argentina vendiendo dulce de leche. En medio, igual se pregonan las clásicas patatas fritas artesanas o los buñuelos de toda la vida que, en un stand al más puro estilo teletienda, te venden sartenes ecológicas o la mágica piedra blanca que todo lo limpia. ¿De qué país vendrán esas maravillas? Los olores culinarios se mezclan con los del incienso, los cosméticos de aloe vera o aceite de argal y hasta las piedras aromáticas para los armarios en una de las tiendas dedicadas a lámparas, muebles y ropa de estilo árabe donde no faltan las efigies egipcias, tan intrínsecas al Festival de las Naciones como la réplica de la Estatua de la Libertad que decora la entrada. Es una de esas tiendas donde la pequeña Candela no puede resistirse a tocar unos bongos mientras su madre rebusca entre la ropa de estilo hippie. Y es que si la noche se anima a golpe de mojitos en El Rincón del Ron –donde es posible fotografiarse con un fondo de palmeras paradisiacas–, por el día los niños son los protagonistas. Ayer un payaso con acento venezolano era el encargado de entretenerlos, además de los castillos hinchables y el tren del safari a dos euros la vuelta. “Papá, invítate a algo, a un juguete”, decía un niño a su progenitor. Lo dicho, un festival diseñado para estimular los cinco sentidos y no salir con las manos o el estómago vacíos.

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