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Fuera de lugar

¿Ha visto las inscripciones romanas al pie de la Giralda? En Sevilla hay un montón de cosas que no están en su sitio. Aquí tiene una selección de deslocalizaciones.

el 08 jun 2010 / 19:44 h.

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Si es uno en su casa y no sabe dónde ha dejado las llaves o el destornillador de estrella, qué no será Sevilla, tan grande y tan vieja. A veces no recuerda uno ni el nombre de lo extraviado (¿Dónde habré puesto el d’eso?), con lo que la deslocalización crea una nueva identidad en el objeto extraviado. A lo largo de la vida de la ciudad, la historia se ha ido dejando cosas donde no era. De algunas olvidó el nombre; de otras, para qué servían. Unas veces sucedió por ganas de cambiar de sitio los muebles, que siempre rejuvenece, amansa los hogares y limpia el karma; otras, porque cada civilización traía a sus propios decoradores, no siempre tan sabios como osados; algunas más, por torpeza, por oportunidad o por descuido. Esas piedras romanas de la base de la Giralda son una de las evidencias más notorias en el caso sevillano. No la única.

Hay versiones que apuntan a que dichas lápidas se hallaban originariamente en el foro. En Sevilla hubo uno propiamente dicho que se extendía por lo que hoy es La Alfalfa. Era el centro social de la urbe romana, su corazón. Había también otro más próximo a la Giralda, de índole comercial y muy vinculado al río. Puede ser ésta su procedencia. Hablando con Antonio Zoido, que además de haber escrito profusamente sobre todos estos asuntos de las deslocalizaciones ha evitado alguna que otra barrabasada al respecto, explicaba éste la otra tarde que las piedras en latín eran unas inscripciones de los barqueros del río que pudieron estar ubicadas por lo que hoy es El Arenal.

Los museos son la evidencia mayor de que no todo está donde debiera. Pero en Sevilla hay otra más: el río. Fíjense si era bruto el rey Leovigildo que no sólo estaba en guerra civil contra su hijo Hermenegildo, sino que, encima, para evitar que llegasen por el Guadalquivir los barcos con los refuerzos para su rival, desvió el curso del río. ¿Qué se le ocurrió coger para ello? ¿Acaso unos peñascos de albero? ¿Sacos terreros, quizá? Pues no: las piedras de Itálica, que ya hay que ser animal de pezuña y rey de los godos para semejante atrocidad.

Dejando a un lado a los árabes y a los visigodos, una de las épocas de mayor mudanza para Sevilla, en todos los sentidos, fue el siglo XIX. Las desamortizaciones de la Iglesia, emprendidas muy a finales del siglo anterior, junto con la fiebre industrializante, estuvieron detrás de ellas. El propio escritor Antonio Zoido identificó en el Cortijo de los Muñones las antiguas columnas de la Casa del Prior y su balaustrada, o lo que es igual, una parte del Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas. Pickman, según cuenta Zoido, no fue nunca un hombre desvelado por la idea de preservar monumentos. Más interesado por hacer de aquel edificio un lugar útil para producir montones de loza que un conjunto histórico artístico, fue poco a poco regalando a trozos las maravillas del lugar. “No creo que lo hiciera para lucrarse”, dice Zoido, “sino que no le daba importancia. Él lo que quería era una fábrica”.

Un fragmento del cancel de la iglesia de la Cartuja embellece el balcón de una tienda de telas de la calle O’Donnell. También proceden de la Cartuja, y en concreto del Claustro de Procuración, las columnas del pasaje Sierpes-Cuna. Y hablando de columnas: las que sustentan a Hércules y Julio César en la Alameda fueron llevadas hasta allí desde la calle Mármoles, en el barrio de Santa Cruz, compañeras que eran de otras de similar porte que aún siguen en su emplazamiento original. Parece ser que aquello fue un templo al que la tradición ha asignado el culto a Hércules, más por hacer honor a la mitología local que al rigor histórico.

En el Alcázar está la puerta del Palacio Ducal de Marchena y la de la Casa Palacio del Hotel Madrid. En la Plaza de doña Elvira está la que fuera fuente del Convento del Carmen (el escudo de los carmelitas está esculpido en ella). La mayor parte de ese Palacio Ducal de Marchena está “en el extranjero y a trozos”, dice Zoido, pero la escalera y la cúpula se encuentran ahora en la Casa de la Condesa de Lebrija, donde también están los azulejos del refectorio del citado convento del Carmen.

Más: Una casa entera de Úbeda está reconstruida piedra a piedra en la calle Lope de Rueda (Santa Cruz). Y si se fija en la reja de la fotografía que abre estas páginas, la de la Puerta del Príncipe de la Maestranza, es la de la capilla del Rosario de Regina, de Pedro Roldán.

“Creo que en los traslados hay de todo”, dice Antonio Zoido, “pero, fundamentalmente, una mentalidad historicista que buscaba conservar los restos de la mejor forma posible en medio de una decadencia general: son los casos de Regla Manjón y su palacio de la calle Cuna o del Marqués de la Vega-Inclán llevando al Alcázar la portada de Marchena, la fuente del Carmen y la casa de Úbeda. Estoy convencido de que si no hubieran hecho esas barbaridades desde la perspectiva actual, la mayoría de esas cosas estarían en museos extranjeros”.

“El espíritu historicista, andando el tiempo, se convirtió en caricatura especulativa. Y eso es la portada del Hotel Madrid en el Alcázar: un gesto para poder tirar tranquilamente el edificio y hacer Galerías Preciados. La reja de la Maestranza se enmarca en un contexto mucho más natural. El convento se había desamortizado, iba a ser derribado y los maestrantes cogieron lo que pudieron de la capilla del Rosario porque era suya.”

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