jueves, 15 noviembre 2018
05:41
, última actualización
Local

Ignacio Gómez de Terreros: "Un niño me imploraba en la Casa Cuna que hallara un padre para él"

Jubilado hace sólo unas semanas, ha sido jefe de su especialidad en el Hospital Virgen del Rocío y una de las personalidades más carismáticas de la medicina en Sevilla

el 28 oct 2011 / 18:58 h.

TAGS:

El doctor Ignacio Gómez de Terreros se jubiló el pasado 30 de septiembre después de 30 años de dedicación plena a su profesión.

"Nada negativo recuerdo". Ni una mala jornada, ni una anécdota en su contra. Tras 40 felices años volcado en la pediatría, el doctor Ignacio Gómez de Terreros se jubila a tiempo completo. No podrá vérsele ni en el hospital ni en la consulta. Lo hace por una cuestión ética. Un médico debe actualizar sus conocimientos todos los días, y él ha decidido que su misión ya la ha cumplido. Con creces. Fundador del Hospital Infantil Virgen del Rocío desde su puesta en marcha en 1971, Gómez de Terreros pude jactarse de algo poco habitual: en su consulta los niños siempre han reido.

-¿Es más difícil jubilarse para un médico, por aquello de la adicción al trabajo, que para otros profesionales?

-Diría que al revés. La responsabilidad es tan alta que llega un momento en el que te va pesando, en el que tu cuerpo te pide tranquilidad. Lo que no podía permitirme era bajar el nivel. Por eso me he retirado del hospital -que actualiza diariamente tus conocimientos- y de la consulta. Además me jubilo con 70 años. Lo que me parece una barbaridad es hacerlo antes, eso es desaprovechar talento.

-Su biografía es muy extensa. Si tuviera que resumir en unas líneas sus mayores aportaciones a la pediatría, ¿qué subrayaría?

-La atención integral al niño es un concepto que yo empecé a trabajar y el Virgen Macarena ha sido un referente nacional en esta parcela de la pediatría social. Cuando estudié Medicina se hablaba del niño enfermo (pediatría) y del niño sano (puericultura), ahora ambos mundos se han integrado porque hay condicionanes que se mezclan. Luego está lo que nosotros denominamos ‘caída de los critales': Logré que los padres entraran con sus niños en consulta, antes se pensaba que era un peligro. Y al hilo de eso, también trabajé por restarle austeridad al hospital infantil, ambientando con colores las salas, construyendo un entorno más amable y positivo para el niño.

-¿En qué momento pasa un médico como usted a ser un profesional conocido y querido en la ciudad?

-Debo decirle que nunca me he considerado importante. Estoy pasmado con la repercusión de mi jubilación. Mi mayor mérito ha sido saber rodearme de gente extraordinaria. Yo he sido como un director de orquesta de un equipo estupendo al que he sacado la máxima rentabilidad. Por más premios que me hayan dado -como la Cruz de Oro que me otorgó la Reina-, siempre he sabido que lo único que he hecho ha sido cumplir con mi deber.

-Pero ha sido usted un referente internacional...

-Efectivamente hemos sido un referente de la pediatría social. Se nos conocía como ‘Grupo Sevilla'. Y esto ha sido así gracias al enorme esfuerzo de todos, empezando por mis secretarias. En un hospital, para que el engranaje funcione, es tan importante la limpiadora como el director general.

-Comenzó a ejercer en la Casa Cuna, un lugar lleno de adversidades. ¿Sirvió para asentar aún más su vocación?

-Yo siempre he tenido claro que quería ser pediatra. Quizás por eso me agobio tanto cuando veo a los actuales MIR que no saben si podrán escoger la especialidad que deséan. Luego he tenido la suerte de vivir 40 apasionantes años de evolución constante en la pediatría y en la medicina general. Me siento un privilegiado por esto. Por esto y por haber contribuido a lograr dar el salto y conseguir que, de beneficiencia, se hablara después de derechos del niño.

-¿Qué recuerdo más inmediato se le viene a la mente de sus inicios?

-Estando en la Casa Cuna, había un niño que me esperaba todas las tardes y me imploraba que le encontrara un padre. Aquello me tocaba muchísimo emocionalmente. Los pequeños tenían una gran necesidad de afecto.

-¿Y dónde está hoy el principal foco de trabajo en favor de la infancia?

-En lograr hacer al niño más visible en una sociedad que sigue colocándolo muy detrás. Como se ha hecho con la mujer con el tratamiento de género, lo mismo hay que hacer con la infancia. El otro día me alarmé con la noticia del ‘botellón baby'. ¡Eso es inadmisible! Hay que trabajar intensamente en la prevención de los malos hábitos.

-¿Qué huella para el futuro dejan en el niño unas primeras malas experiencias?

-Nefastas. Recuerdo una viñeta de Mingote en la que se decía a un niño: "Tiene un largo pasado por delante". Y es que el pasado marca totalmente. La edad clave va de cero a tres años, si me apura, hasta los seis. En ese tiempo es perjudicial que el niño esté en una institución, está muy contraindicado. Las primeras experiencias resultan claves, van a condicionar de una manera protagónica su desarrollo posterior. Esto no quiere decir que, por ejemplo, un niño maltratado sea un adulto maltrador. Pero si no se corrige y se reorienta su vivencia, acabará siendo maltratador. Que no le quepa duda.

-¿Alguna vez le agotaron sus pacientes?

-Mis relaciones con ellos siempre han sido fluidas. Mi estrategia fundamental ha estado basada en ganarme la confianza del niño. No me ponía bata, jamás exploraba de pie, si no a su altura, no utilizaba depresor de lengua. Los niños llegaban a mi consulta como si vinieran al parque.

-Reformulo la pregunta. ¿Son los padres entonces quienes más quebraderos de cabeza le han dado?

-La clave consiste en saber dar respuesta a la angustia del momento. Cuando el padre capta que se hace todo lo posible y cuando la comunicación entre ellos y el médico es fluida, entonces, no debe haber problemas.

-¿Y cómo se maneja el llanto de un niño?

-El llanto lo favorecen muchas veces los padres con su ansiedad. En mi consulta siempre me he jactado de conseguir que los niños se rieran antes que otra cosa.

-¿Le cuesta ahora desembarazarse de los padres que no están por la labor de comprender que usted se ha jubilado?

-¡Eso es un problema enorme! Mi secretaria lo pasa mal cuando las madres llaman con alguna preocupación. Mi obligación es atenderles, dar un consejo, pero deben entender que ya no estoy operativo. Otro problema es salir a la calle, me conoce muchísima gente.

-¿Qué les queda por hacer a las futuras generaciones de pediatras?

-No olvidar lo conquistado y seguir potenciando las especialidades pediátricas.El reto científico es inacabable, por lo que la investigación es fundamental.

  • 1