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Cultura

La evocadora serenidad de una leyenda

ABDULLAH IBRAHIM *** Abdullah Ibrahim, piano. Teatro Lope de Vega. Lunes 23 de febrero de 2015

el 24 feb 2015 / 11:38 h.

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Ibrahim entró en el escenario, se sentó delante del piano y de ahí no se retiró en casi las dos horas que duró su concierto, sin pausa salvo para recibir algunos aplausos cuando llevaba ya hora y media de música ininterrumpida. Atrás quedaban sesenta años de carrera, combinando música étnica y puro jazz, a veces con acompañamiento orquestal, otras adaptándose a las tendencias más modernas y comerciales de la mano de prestigiosos dj’s y productores. Nada de eso hubo aquí, sólo comunión con el instrumento, cara a cara, destilando nostalgia y evocación hacia toda una vida llena de experiencias, triunfos y sinsabores, y siempre con la tierra madre como horizonte, origen y destino. Lo habitual es que el artista se ponga al servicio del público, lo entretenga y busque en él su complicidad y aquiescencia. Pero cuando se es una leyenda viva ocurre a veces lo contrario, es el público quien se pone a su servicio con carácter contemplativo, asumiendo su grandeza. La primera sensación que provoca una intervención como la de Abdullah Ibrahim, todavía por muchos conocido como Dollar Brand, es la de un pianista de salón que ameniza con ensayos e improvisaciones el vestíbulo de un hotel o la sala de un restaurante, a quien nadie parece prestarle mucha atención. Aquí naturalmente se le dispensó toda, con resultados alarmantemente monótonos, aunque a sus ochenta años no deje de sorprendernos la agilidad de sus manos, sus largos dedos deslizándose por el teclado con tanta facilidad, así como su capacidad de resistencia y su indiscutible talento para la improvisación. Siguiendo la pauta marcada en uno de sus discos más recientes, Senzo, y en el último, The Song Is My Story, Ibrahim desgranó con total serenidad y sin solución de continuidad piezas que evocaban su pasado, la tierra y la naturaleza en consonancia con sus inevitables referencias a Ellington, Monk y Coltrane, siguiendo un esquema que le llevó del estilo rapsódico de la primera mitad al blues con contadas incursiones rítmicas de la segunda, siempre con la experimentación como caballo de batalla. Hubo naturalmente deserciones, pues el desafío resultó duro y difícil de asimilar en su integridad, pero al fin y al cabo se trataba de rendirle respeto y pleitesía sin perder el carácter contemplativo que impregnó la cita.  

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