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La festiva corte de los milagros

La exitosa relación del rey con la capital de Andalucía tiene como hitos la Expo, la boda de la infanta y la huella de una madre bética y currista.

el 02 jun 2014 / 23:03 h.

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Los reyes Juan Carlos y Sofía, con sus hijos, encabezando la comitiva de autoridades en la jornada inaugural de la Expo 92 en la isla de la Cartuja. / El Correo Los reyes Juan Carlos y Sofía, con sus hijos, encabezando la comitiva de autoridades en la jornada inaugural de la Expo 92 en la isla de la Cartuja. / El Correo La primera vez que Sevilla vio a Juan Carlos de Borbón convertido en rey fue en esas flamantes y doradas pesetas que desde el mismísimo 1975, año de la muerte de Franco y de la entronización del príncipe, le hicieron la Transición al bolsillo de los españoles mucho antes que a su régimen político. Pero al por aquel entonces joven y espigado nieto de Alfonso XIII ya hacía tiempo que se le había visto por aquí e incluso se le habían dispensado ciertos honores preventivos, como suele hacerse con los herederos de la realeza y sus más dilectos parientes: en algunos sitios se les dedican hospitales, avenidas, bibliotecas, rotondas o miradores, pero la capital de Andalucía prefirió ponerles a él y a su esposa un parque, el de los Príncipes, que hasta entonces había sido un descampado ardiente con cuatro palmeras datileras a espaldas del colegio del Tejar del Mellizo, en Los Remedios. Lo inauguró el entonces alcalde de Sevilla, Juan Fernández Rodríguez García del Busto, con gran solemnidad el domingo 22 de abril de 1973, el mismo mes en que dicho barrio estrenaba, allí al lado cruzando la calle, la Feria recién trasladada desde el Prado de San Sebastián. Por cierto que Juan Carlos y Sofía no acudieron al acto. Inauguración de la estatua de la madre del Rey, en mayo de 2008. Inauguración de la estatua de la madre del Rey, en mayo de 2008. No se les puede reprochar, habida cuenta de la intensa relación que tanto antes como después de ese episodio mantuvieron ambos con Sevilla. El primer encuentro medio oficial de ambos con la ciudad fue cuando todavía no llevaban ni siquiera un año de casados, el 10 de abril de 1963, Miércoles Santo, en que vinieron a disfrutar de las procesiones de Semana Santa, como bien recordarán los que estuvieron esa noche viendo la entrada del Baratillo. No debe extrañar; en realidad, Juan Carlos de Borbón arrastraba una notoria impronta sevillana por parte de madre, quien además de tener raíces aquí y de presumir de bética y de currista, vivió con los suyos durante los años del exilio en Estoril en la residencia familiar denominada precisamente Villa Giralda. De aciago recuerdo, dicho sea de paso, al producirse allí en marzo de 1956 la muerte accidental del infante Alfonso. Muchos son los títulos de don Juan Carlos, además del de Rey de España, y a cual más curioso: de Castilla, de Aragón, de Navarra... de Jerusalén, de Gibraltar, de las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, Rey Católico, Conde del Tirol, Duque de Atenas, Gran Collar de la Reina de Saba, Gran Cordón de la Suprema Orden del Crisantemo... y, entre otros incontables, el de Rey de Sevilla. Puede que este carácter explícito de su rango de monarca de los sevillanos haya participado de algún modo en su predilección por Sevilla. Que ya es curioso lo de sus venidas a la ciudad, porque tanto en los comienzos de su reinado –cuando lo hizo con ocasión de los actos de celebración del Día de las Fuerzas Armadas, en 1979– como en las postrimerías –para la reinauguración de la Iglesia del Salvador, en 2008–, fue abucheado: la primera vez, por los franquistas brazo en alto durante un desfile de escolares en la Plaza de España; la otra, por los indignados con el escándalo del Instituto Noos en particular y con la corrupción en general. Y entre medio de ambas citas, treinta años de aclamaciones a gogó que tuvieron su punto álgido con ocasión de la Expo 92 y, tres años después, con la boda de su primogénita, la infanta Elena, con Jaime de Marichalar. Discurso del monarca el día del primer vuelo del A-400M en Sevilla. Discurso del monarca el día del primer vuelo del A-400M en Sevilla. Sevilla siempre se ha sentido un poco capital de España in pectore. El sepulcro de Fernando III el Santo, la cabeza del rey don Pedro, las bodas del emperador Carlos V, la condición de palacio real del Alcázar de Sevilla y la costumbre romántica de codearse con infantas en una tarde de toros o por un quítame allá esos parques han dado aires palaciegos y expectativas cortesanas a la vieja Híspalis, que no se sintió menos durante el reinado de Juan Carlos I. Por eso, durante los primeros compases de la Expo –que había sido fraguada precisamente por el propio monarca–, le reprochó que durante al comienzo de la muestra no se hubiese pasado ni una sola vez, quitando la inauguración, para pasearse por los pabellones en compañía de otros reyes, príncipes y mandatarios del mundo entero en calidad de anfitrión, como se esperaba de él. La Casa Real, que había planificado así las cosas para que no hubiera agravios comparativos entre unos países participantes y otros, compensó este descontento inicial programando un montón de visitas de todos los miembros de la familia real en las semanas sucesivas. No había más remedio. Había sido el propio rey quien, nada menos que el 31 de mayo de 1976 –seis meses mal contados después de su proclamación por las Cortes Generales–, había lanzado al mundo desde Santo Domingo la idea de darle a España una gran exposición internacional, con destacado protagonismo iberoamericano, para conmemorar el quinto centenario del descubrimiento de América, y con la intención profunda de reactivar los lazos de la nueva España democrática con su entorno, y muy especialmente con los países hispanoparlantes, con un encuentro de culturas. La primera piedra A finales de enero de 1987, en una mañana de perros que tenía hecho un fangal impracticable lo que con el tiempo se convertiría en el retal de suelo más moderno de Sevilla, colocaron los reyes la primera piedra de lo que habría de ser la Expo. Y fue un abrir y cerrar de ojos lo que tardó esta en ser una realidad despampanante. En junio, en su primera visita a la Cartuja tras su puesta en marcha, el rey Juan Carlos lanzó los dos mensajes que Sevilla llevaba semanas esperando: un llamamiento a las gentes de toda España a que vinieran aquí a ver la Expo y la promesa de que él mismo se prodigaría más por la isla en los meses sucesivos. Y así lo hizo. Entre literales baños de masas, en los que tanto les gustaba a los reyes romper un poquito el protocolo y acercarse a saludar a los paisanos o hacer algún que otro oportuno comentario humorístico o cercano, la pareja real adquirió más que nunca, para los sevillanos, ese repetitivo marchamo de campechanía que nunca más volvió a brillar con la misma intensidad que entonces. El Rey en la corrida del Corpus de 2008 en la Maestranza. El Rey en la corrida del Corpus de 2008 en la Maestranza. Sevilla y los reyes vivían una historia de amor. El Correo lo recordó hace un par de años, cuando se cumplían los veinte años de aquella cita universal que le dio la vuelta a la ciudad como un calcetín. Nada más terminar el verano del año 92, don Juan Carlos y doña Sofía regresaron a la Cartuja para pasearse con su séquito por un montón de pabellones, y principalmente por los autonómicos. Era el día 26 de septiembre. Y sucedió que estando en el de Aragón, envueltos por imágenes digitalizadas de los antepasados del rey pintados por Goya, alguien sacó a colación el parecido de Juan Carlos I con Carlos IV, momento en el que la reina saltó y dijo: «Menos mal que se parece a Carlos IV y no a ese otro», señalando el cuadro de Fernando VII, que otra cosa no sería, pero guapo tampoco, sino más bien la expresión viva del desagrado y la incomodidad. Al día siguiente, este periódico contó que doña Sofía «provocó las risas de los presentes» con su comentario. En puertas de una gran crisis que ya empezaba a mascarse por el horizonte, la Expo lo mismo no era un sueño, pero lo parecía. Más aún que el rey, fue la reina la gran protagonista de la Expo, por lo que hace a la monarquía española. Sabía exactamente lo que tenía que hacer en cada momento y lo hacía con una naturalidad extraordinaria. Fue muy sonado, por citar uno de estos episodios –tal vez el más singular de todos, por insignificante que parezca–, lo que sucedió con el Pabellón de Bolivia. El asunto llevaba días trayendo cola. A los bolivianos presentes en la Cartuja, en lógica correspondencia con lo que son sus usos culturales y sociales (pues de eso se trataba, de conocer el carácter y la idiosincrasia del prójimo y de celebrar el entendimiento en la diferencia), les pareció apropiado agasajar a los visitantes de su pabellón con una infusión muy típica de su país, el mate de coca. Ni que decir tiene que se formó un buen revuelo entre los sectores más inquisitoriales del orbe hispalense, hasta tal punto que se les acabó prohibiendo que hicieran tal cosa en lo sucesivo. Los amonestados se enfadaron, como cabía esperar. Y entonces sucedió: la reina Sofía fue de visita a la capital boliviana, La Paz, y allí se dejó agasajar muy agradecida con un importante copón de mate de coca que ella ingirió sin dudarlo, fotografías mediante, con lo cual se acabó de un golpe con la polémica. Por aquel entonces, los reyes eran todavía una pareja aceptablemente joven y dinámica y resumían la imagen oficial de una España emergente en la que Sevilla se sentía muy involucrada, una vez tomada conciencia del salto al futuro que acababa de dar. Nada que ver con esa otra España y esa otra Sevilla que se abrirían años después al abismo de una de las peores crisis de la historia, a finales del año 2008, con el monarca presente en la ciudad. Concluía el mes de octubre y el rey Juan Carlos, que ya estaba lejos de parecerse a ese hombre maduro con chaqueta sport que pasaba los veranos tripulando veleros, venía a inaugurar la restauración de la Iglesia del Salvador. Fue una de las veces en que más evidente se hizo que algo estaba cambiando en la percepción que los ciudadanos venían teniendo de sus instituciones principales, y sobre todo de la siempre exquisitamente bien valorada Corona de España. En la plaza abarrotada dominaban los aplausos y los vivas, pero no faltaron los abucheos ni las banderas republicanas. Estaba claro que el viejo Curro hacía ya tiempo que había volado con su cresta de colores. Y sin embargo, el calor de la gente no escaseó nunca en las visitas oficiales de la realeza. De la crónica de aquella jornada tan importante en que Sevilla recuperaba con pleno esplendor el segundo de sus templos se recuerda, sobre todo, el gentío arracimado en los balcones de la plaza, la explanada rebosante, el aire festivo. No en vano Sevilla –y aquí no solo hay que hablar de la capital, sino también de su provincia– se había pronunciado como juancarlista desde muy temprano, dedicándole uno de los primeros monumentos que se le han erigido al monarca: el de Dos Hermanas, ubicado en los Jardines, justo enfrente del edificio del Ayuntamiento. sucedió el 16 de febrero de 1987, y allí estuvieron los reyes; el presidente del Gobierno, Felipe González; el de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla; y otras autoridades. Se trata de una escultura en bronce de Jaime Gil Arévalo en el que se representa a un grupo de personas –dos mujeres (las dos hermanas que dan nombre a la localidad, Elvira y Estefanía Nazareno), un aceitunero (emblema de la industria local por antonomasia) y un niño en representación del futuro– encabezadas por Juan Carlos I con la Constitución en la mano. En la web doshermanas.com se explica que esas representaciones simbólicas «son el nexo de unión de la figura de Rey con el pueblo de Dos Hermanas, según el autor del monumento. Durante mucho tiempo los nazarenos han pensado que el monumento retrataba a la familia Real en pleno, ante su desconcierto». La pregunta sería a quién se supone que simbolizaba el campesino, en opinión del vecindario. Eran otros tiempos, y bien que los sintetizaba entonces en su formidable crónica de El País quien fuese unos años después subdirector de El Correo, Sebastián García, cuando escribía que «el único problema eran los apuros de los servicios de seguridad para rehacer los cordones de protección desbordados. La localidad, cuyo Ayuntamiento había declarado fiesta local, amaneció adornada con mantones y banderas españolas y andaluzas, y sus 70.000 habitantes endomingados para la ocasión». Una eterna fiesta El rey había acudido a Dos Hermanas con un orzuelo escondido tras sus gafas de sol. Problemas oculares le hicieron asistir de la misma guisa, muchos años más tarde, al Estadio Olímpico, en una de las últimas apariciones públicas de Juan Carlos I en Sevilla. Corría diciembre de 2011 y el monarca presidía una velada gozosa, al entregar a los tenistas españoles la celebérrima ensaladera de la Copa Davis. Puede parecer, visto lo visto, que la presencia de la realeza en Sevilla ha tenido siempre un carácter entre lúdico y festivo, y es cierto que en muchas ocasiones ha sido así: aparte las ya referidas hay muchísimos otros ejemplos que sería tan inútil como cansino reflejar aquí pormenorizadamente: hermano mayor del Santo Entierro, hermano de honor de otras cofradías, hermano mayor de la Real Maestranza... Pero ayer, repasando la agenda sevillana del rey saliente a lo largo de estos casi cuarenta años de reinado, llamaba la atención las muchas visitas estratégicas de apoyo a la industria, la economía y la cultura locales. Por reflejar algunas: la inauguración de la Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla (2006); la asistencia a la ópera El Cid en el Teatro de la Maestranza (1999); la visita del rey a la fábrica de Renault (2005) y a las instalaciones de Heineken en Torreblanca (2008); la presentación del A-400M y su primer vuelo oficial (2009)... Pero si alguna de las piezas de este extenso puzle sentimental e institucional encajó con especial gusto para los reyes, esa fue la boda de la infanta Elena en marzo de 1995 en la Catedral de Sevilla, en una ceremonia oficiada por el arzobispo Carlos Amigo Vallejo y televisada para alrededor de mil millones de espectadores en todo el planeta: lo que para unos era un motivo de queja contra los fastos reales, para otros suponía claramente una campaña de imagen impresionante e impagable para la ciudad. A nadie escapa que en las preferencias andaluzas de la contrayente pesaba mucho la influencia de su abuela, María de las Mercedes, de quien se contaba entonces que le habría gustado casarse en Sevilla, pero no pudo a causa del exilio, y a quien su nieta le había prometido compensar ese anhelo frustrado celebrando aquí su enlace, en lo que siempre había sido para la estirpe borbónica la pequeña corte de los milagros, la segunda capital de España, el lugar adonde venir a ser felices como si no pasara nada. Hoy, además de aquel ya veterano Parque de los Príncipes, los reyes tienen cada uno de ellos un puente en Sevilla. Se intuye la llegada de una nueva era; de nuevos nombres para nuevas obras públicas.

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