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Feria de Abril

La gente está mal de la cabeza

Testimonios del comportamiento humano en la Feria. El bombero, el afilador, el camarero, la barrendera y el cuponero hablan de la impecable mayoría... y de la infame minoría.

el 06 may 2014 / 22:34 h.

Colocación de los últimos farolillos en las calles con los nombres de toreros, ayer martes, desde lo alto de una camioneta. / J.M. Paisano Colocación de los últimos farolillos en las calles con los nombres de toreros, este martes, desde lo alto de una camioneta. / J.M. Paisano Le faltó poco para denunciarlo. Por la forma en que se muerde los labios al contarlo, probablemente también le faltó poco para llorar de indignación. Antonio Moreno Hermoso vende cada día unos 300 cupones en la Feria. Es una celebridad en su gremio desde que Gary Bedell, el canadiense de la Expo que se metió a costalero de los Javieres, le dedicó un capítulo de su libro Los viajes del guiri. De Antonio se puede destacar su serenidad, que habla bajito y que tras sus gruesas gafas oculta el ceño desconfiado de quien solo espera de la vida que no sea más cruel de lo preciso, lo cual se traduce en un reparo inicial a intimar con el extraño que en seguida desaparece. Se supone que una persona así debería llevar una existencia más o menos tranquila: los días de diario, llevando la suerte de la ONCE por la zona de los Panaderos, Orfila y José Gestoso, su rinconcito habitual; los de Feria, pateándose el albero por la mañana y los alrededores de la Maestranza por la tarde. No le importa mucho que las ventas vayan a menos cada año («que nadie se engañe», dice: «cuando no hay dinero, la gente no juega más. Juega menos»). Y no le importa porque es un hombre conforme con su suerte. Lo que le duele es que haya gente tan imbécil y tan soberbia haciendo tanto daño en el mundo. «Ayer por la tarde estaba vendiendo por el Gallo Negro, por los alrededores de la plaza de toros», cuenta. «Había un hombre por allí que parecía de mucho postín, muy arreglado, rodeado de mujeres y eso, que se veía que iba a los toros. Y el hombre me hizo así para que me acercara y me compró cien euros en cupones. Y me dijo: Te los voy a comprar, pero eso sí, ese chaleco negro que llevas no me gusta. Y me cogió por aquí por el cuello, pegó un tirón, ¡raaaaaaas!, y me rasgó el chaleco hasta abajo. Que no le gustaba, decía, y me había costado ochenta euros, que me lo había traído mi hermana de El Corte Inglés. Me tuve que cerrar aquello con la pinza de los cupones y salir corriendo a mi casa a cambiarme, porque esa tarde tenía cita con el dentista (que me tenía que hacer una limpieza dental y mirarme unas caries) y llegué por los pelos». Uno de los muchos afiladores que pueblan la Feria de Abril. / Raúl Caro Uno de los muchos afiladores que pueblan la Feria de Abril. / Raúl Caro «No son cosas que pasen todos los días», dice, para atenuar su propio enojo, «pero a mí me pasó ayer», y la coincidencia de este incidente con la celebración de la Feria está lejos de ser casual. La fiesta, como todos los acontecimientos sometidos al imperio del dispendio, la alegría y el alcohol, convierte a la persona en su caricatura. Y algunas caricaturas son especialmente grotescas. Eso lo sabe bien Lola García, quien dice llamarse así para no dar su verdadero nombre («si te lo diera, no podría decir lo que digo»). En los últimos nueve años solo ha pisado la Feria vestida con un mono naranja, y ahora se esmera con unas hojillas secas incrustadas en el albero al final de Antonio Bienvenida. «Esta madrugada, cuando venía para acá a las cuatro y media, había hombres y mujeres orinando en los macetones de la portada y de la avenida de ahí delante. Hombres y mujeres. Con eso se lo digo todo. Horrible. No sé cómo los vecinos aguantan», dice, refunfuñando. «Y luego la gente es… Las personas nos miran por encima del hombro, el típico señorito y otra gente sin formación ni respeto por los demás. Esos son los peores. Porque está el que no tiene modales porque no tiene educación, pero los adinerados son peores todavía. Esos, además, te insultan. Estoy harta de que la gente bien me insulte por barrer la mierda que ellos dejan. Encima, cuando están a gustito, vienen y nos quieren abrazar, como anoche. Esta madrugada, unos niñitos de papá querían abrazarnos por lo bien que barríamos, en plan de burla. Y les dije que a mí me dejaran en paz que estaba trabajando. También le puedo hablar del que te ve y tira algo al suelo, porque ese también existe. No es que exista: es que abunda. ¡No estoy yo harta de ese que dice que tira cosas al suelo para que haya puestos de trabajo! La gente es puerca. No hay cívica ni colaboración. Ponga eso si quiere». Dos camareros sirven bebidas en una de las casetas. / José Luis Montero Dos camareros sirven bebidas en una de las casetas. / José Luis Montero Más triste todavía estaba el muy cabizbajo José González, afilador, más buena gente que el mundo entero, que venía con cara contrita arrastrando su motillo por Pascual Márquez. «He tenido muy mal día, muy mal día», se lamenta. Y no solo porque afila menos que el sacapuntas del chino («hoy he hecho cinco euros nada más»), sino porque encima tiene que soportar las maldiciones de la gente. «Muy mal día, muy mal día. Resulta que voy con la moto por ahí abajo… ¡y un señor de dentro de una caseta, con mi madre muerta como la tengo, me ha dicho me cago en los muertos del afilaó! Y me han dado ganas de denunciarlo, se lo digo de verdad. ¡Que tengo a mi madre muerta, con lo que es una madre! No, no es que se me haya muerto ahora; se me murió hace catorce años, pero no hay día que no me acuerde de ella, ¡y va el señor y se caga en mis muertos…! Y encima no he hecho nada en todo el día. Cinco euros y que se caguen en mis muertos, eso es lo que he sacado». José parecía que fuese a echarse a llorar de la pena que le subía desde las tripas, al pobre, pensando en su madre, en su mala fortuna y en la falta de sensibilidad del elemento humano en general. «¿Es que la gente no tiene educación? Pero bueno, habiendo salud y armonía, y teniendo algo que comer... Pero hombre, duele. Y me dice el hombre: No te enfades, es que cada vez que pasa el afilaó por delante de la caseta se muere alguien. ¡Pos te vas a morir tú, le he dicho!, je, je». Frente a la caseta de la Guardia Civil se halla uno de los retenes de bomberos. Es la calle Juan Belmonte. Allí están ellos con su uniforme reglamentario, su equipamiento reglamentario y su cruzcampo reglamentaria, aliviándose del calor que empieza a chorrear por las lonas abajo. «¿La gente?». Juan Carlos Rodríguez repite la pregunta. «La gente es normal, lo que pasa es que cuando se toma dos copas pierde el norte». Ya ha visto por allí los primeros minibotellones, es decir, seis o siete chavales por las esquinas con una jarra de rebujito, «porque a ocho pavos como están en las casetas, no les queda otra». Sobre estos muchachos (y en general sobre todos los demás) tiene dos o tres palabras que decir el bombero: «La juventud ya no tiene la educación que tenía hace algún tiempo. Por la noche ya se hacen los dueños de todo. Porque años atrás, se veía un poco de todo, pero eso ya no existe», dice. «Ahora la noche es solo para ellos, se hacen dueños y señores de ella y no respetan a los mayores». Pepe, compañero de Juan Carlos, se asoma a la barandilla de la caseta y dice: «Una noche se nos metió un chaval corriendo hasta el fondo de la caseta, que le querían pegar», recuerda de años anteriores. «Con el alcohol se ponen locos perdidos». Agresiones, insultos, desmadres varios, faltas de respeto... ¿eso está dentro de la botella o está dentro del que se la bebe? Valore cada cual según su criterio. «Muchos derechos y muy pocos deberes. ¿Tú has visto los carteles esos que hay en los ambulatorios, esos que tienen una lista enorme de derechos y solo dos o tres deberes? Pues eso es lo que impera. Pero vamos, el 90 por ciento de la gente es buena, tiene un comportamiento impecable y viene a divertirse y a no meterse con nadie», aclara Juan Carlos Rodríguez, aunque no haga falta porque se da por supuesto. «Es ese otro 10 por ciento el que lo estropea todo». En Pascual Márquez, justo al lado de la del PP, hay una caseta que se llama La cosa está mu mala. La policía está echando a las furgonetas rezagadas porque los carruajes están ya por ahí aguardando con todo su porte de sonajas, cascabelillos y racimos de flamencas rebosando de volantes fuera borda y canturreando para los diez mil japoneses que, desde las aceras, se dejan el dedito haciendo fotos con gran satisfacción y no menos sudores. Un hombre está asomado tan tranquilo a la barandilla de la caseta número 105 de Joselito el Gallo. Su cara de bondad y estoicismo es un imán para quien va buscando verdades. Resulta ser el camarero. La primera pregunta le cae de sopetón, pero él, antes de contestar, apoya la mirada en el horizonte, inspira con la pereza de quien sabe que para responder necesitaría tres horas y al fin, tras un agradable silencio amenizado por media sonrisa, lo dice: «La gente en general no tiene vergüenza». «Me llamo Manuel González. Llevo 26 años haciendo ferias. Empecé con 22. Es una cosa que cada vez te gusta menos hacer. Cada vez estás más harto de la gente. Cuando se trabaja mucho con la gente, uno acaba saturado de sus miserias y lo que quiere es irse y que lo dejen solo. Encima estoy medio sordo y me dan pánico los bullicios. Cuando estoy de descanso estoy en mi casa en el campo. Yo soy de Alcaudete, en Jaén. Me gusta pasar allí el invierno. Allí hago la aceituna. Es cuando disfruta uno, si le gustan el campo y la paz. Que es lo contrario de esto», dice, señalando con desgana hacia afuera. Duerme en un piso que tiene su jefe, y de día trabaja en la caseta, que no es la primera que hace ni mucho menos. «Antes, años atrás, cuando estaba en Chicuelo 19, ahí sí que había rumbo. Era de gente de Sevilla y de Madrid y solo venían famosos:el hermano del rey, María Teresa Campos, el juez Garzón... De famosos tengo para escribir un libro. Y no solo de esta feria, sino de otras. Él, para variar, trabajaba de camarero. En su opinión, «la profesión más arrastrada que hay en el mundo». Los modales de la gente, los aires de algunos... ese desnivel de clase que muchos establecen casi sin darse cuenta y que acaba humillando al de la bandeja y la tiza... «O si no, cuando te dicen: ¡Oye, que se te ha olvidado... esto, o lo otro! Eso no lo puedo soportar. ¿Qué le pasa a la gente? Yo sé lo que le pasa: que no tiene paciencia. No tiene paciencia ninguna. Está estresada. La gente sale de fiesta y parece que lleva las horas contadas. ¿Cómo puede ser eso, si vas a divertirte? Relájate y déjate de horas y de prisas, hombre. Salen agobiados a divertirse, y te miran con angustia porque estás tardando diez segundos más de la cuenta en ponerles por delante una cerveza. Yo, cuando voy a un bar, me da vergüenza hasta pedir algo, porque sé lo que es trabajar de camarero y me impone muchísimo respeto la persona que me está atendiendo». «La sociedad española está desbordada de alcohol», advierte Manuel González. «España está desbordada de alcohol. Y me da mucha pena. Mucha. Antiguamente, las familias venían a cenar con los niños y duraban hasta la madrugada con los chiquillos. Ahora, no. Ahora solo hay jóvenes borrachos. Los valores han cambiado. Está eso, y está también el ver a quién puede uno arrimarse para su propio beneficio». También él fue joven, claro. Pero le cogió trabajando. este martes, acodado en la baranda mientras pasaban las flamencas, recordaba cuando las hermanas Zurita venían a la Feria en el yate y allá que iban a llevarles las raciones y el jamón, «y si la cuenta era de cien mil pesetas de las de antes, a lo mejor la propina era de cuarenta mil». Guarda una grata impresión de la gente de alcurnia: «Los que mejor te tratan son los que más educación tienen desde pequeños. El que te trata mal, por mucho que se las dé y por mucha corbata que luzca, es un don nadie». «Estamos entrando en un círculo muy peligroso», se lamenta el camarero. «Ahora, los que tendrían que estar velando por nosotros nos están hundiendo. ¿Esto? Esto es peor que Ruanda. Porque están haciendo lo mismo que en Ruanda, pero disfrazándolo de otra cosa, y para su propio beneficio». Hay quienes lo saben, quienes lo ignoran y quienes fingen ignorarlo, y los tres gremios ideológicos confluyen en la Feria, en algunos casos apabullando a quienes en ella trabajan, disfrazando de alegría sus conflictos, frustraciones y complejos. Unos lo pagan con el afilador, otros con el barrendero, otros con el camarero, otros con quien sea y otros, los más tardíos, con el macetero de la portada. Ellos y ellas.

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