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La historia de un torero de Triana

El diestro Rafael Astola recibirá el título de Trianero de Honor en la Velá de Santa Ana. Hace casi medio siglo protagonizó una de las efemérides más recordadas en la plaza de la Maestranza: el indulto de novillo ‘Laborioso’ de Albaserrada.

el 19 jul 2014 / 23:30 h.

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aaa El torero trianero aguarda con ilusión el comienzo de la Velá. / J.L. Montero Fue en la tarde tibia de un 12 de octubre. El próximo año se cumplirá medio siglo, tal y como recuerda el azulejo de los corrales maestrantes. Rafael Astola, el menudo novillero de Triana, hacía el paseíllo en la plaza de la Real Maestranza junto a Pedrín Benjumea y Paco Puerta. En los carteles campeaba el nombre de la ganadería: seis utreros del Marqués de Albaserrada que viajaron desde los campos de Mirandilla, en Gerena, para ser lidiados en el cierre de aquella temporada de 1965. El quinto, de nombre Laborioso, marcado con el número 24 y de 425 kilos en la báscula iba a resultar tan bravo como un tejón. Aquella alegre embestida mereció el indulto de su vida, oficiado por Rafael Astola sin saber que al simular la suerte de matar con una banderilla, estaba escribiendo un trocito de la rica y larga historia del coso sevillano. El reciente nombramiento de Rafael Astola como Trianero de Honor ha rescatado ese momento y ha refrescado la memoria de los viejos aficionados. «Esto es gratificante y honroso, que después de tanto tiempo se acuerden de uno es una gran satisfacción. Lo estoy viviendo felizmente y no tengo nada más que palabras de agradecimiento a Triana», reconoce el veterano torero en un rinconcito del Altozano que le sirve de casinillo mientras el reloj del puente da las once y los obreros se afanan en levantar toda la tramoya que dará forma a la Velá. Astola no puede ocultar cierto pudor al posar junto a la estatua de Juan Belmonte. Nacido en la calle Troya, tuvo que marcharse al Tardón en aquellos años de piqueta, especulación, ladrillos y asfalto que se llevó tantos trozos de la ciudad símbolo. Como tantos, pudo marcharse al Polígono en ese tiempo de éxodo interior pero prefirió seguir en la orilla derecha. Al cabo del tiempo rememora aquellos años irrepetibles en los que quería ser torero, los entrenamientos en Piscinas Sevilla, la fascinación por Curro Puya, el aura rutilante de Pepe Luis Vázquez y, siempre, la veneración por el toreo según Triana. «Es que los toreros de aquí siempre han tenido un pellizco y un sabor especial», sentencia el viejo lidiador mirando a la vida vivida sin dejar asignaturas pendientes. «Estos días me están quitando muchos años de encima», reconoce Rafael, que afirma con rotundidad que, dejando aparte a la familia, «lo mejor que me ha podido pasar en la vida es ser torero». Astola tiene muy cerca ese puente que atravesó a hombros al anochecer del día del Pilar de 1965. «Ya le había cortado una oreja al segundo pero el presidente no quiso otorgarme los máximos trofeos después de indultar a Laborioso; hasta puso a la policía delante de la Puerta del Príncipe para impedir que saliera por allí». Pero no importó. «Aunque me había vestido en el hotel Colón me llevaron a hombros hasta el Tardón y paramos en la capillita del Carmen a rezar un Padrenuestro. Aquello fue un impacto, una cosa grandiosa», evoca el veterano matador, que aún permaneció algunas temporadas toreando como novillero con caballos, apoderado por Manolo Márquez, un hombre de la casa Pagés. De aquellos años irrepetibles conserva un montón de anécdotas. Algunas, muy sabrosas, merecen ser contadas como aquella tarde en la plaza francesa de Frejus, toreando con el infortunado Pepe Mata y una rejoneadora que se hacía anunciar como la Princesa de París. Picasso presenciaba aquel festejo y recibió –sin hacer demasiado caso– el brindis del torero sevillano. Después le hizo llegar un dibujo firmado sobre el programa de mano que acabó desapareciendo de sus tesorillos taurinos en extrañas circunstancias. Sí conserva como oro en paño el alfiler de oro con el hierro de la ganadería que le regaló Pepe Luis Vázquez después de otro monterazo toreando en Arahal. Pero la alternativa, en Zalamea la Real y en sustitución de Limeño, no llegó en buen momento. El nombre de Rafael Astola fue desapareciendo paulatinamente de los carteles antes de probar suerte como banderillero. «No le echo la culpa a nadie, quizá no supe romper algunas barreras pero mi vida cogió otro rumbo», precisa Rafael. Esa misma vida, rica en vivencias, es la que le ha otorgado esta satisfacción inesperada. «El calificativo de Trianero de Honor no puede estar mejor elegido. Es que esto es un auténtico honor que yo no me podía esperar nunca», reconoce el diestro sevillano, que vivirá los días que se acercan con un regusto especial, bien amparado por los suyos. «Pienso en este nombramiento y recuerdo ahora cómo pasé ese puente a hombros. Solo por eso ya estoy orgulloso de ser trianero». Palabra de torero...

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