Cultura

"La lengua es un asunto de Estado"

José María Merino vuelve con ‘La trama oculta’, un compendio de su saber narrativo.

el 15 ene 2015 / 10:14 h.

jose-maria-merino Maestro indiscutible de toda una generación de cuentistas españoles, José María Merino (A Coruña, 1941) ha vuelto para dar una lección casi definitiva: su último libro, La trama oculta (Páginas de Espuma), es un compendio de su saber narrativo, que incluye fantasía, realismo, memoria y hasta futurismo, sin olvidar un apartado de minicuentos. «Tras la novela El río del Edén tocaba cuentos», dice el autor, que siempre alterna géneros. «Tenía alguno apartado, surgieron otros nuevos, hasta que fui encontrando la unidad que buscaba». El elemento cohesionador de las distintas historias es «una voz, una guía ficticia» que unifica todo para dar pie al juego: «Los cuentos tienen una parte oculta que no es la de su apariencia, y que el lector tiene que encontrar», comenta Merino. «El resultado es un arca de Noé, un libro de veterano que monta en su jardín un zoo con todas sus criaturas cuentísticas». Eso sí, los muchos años en el oficio no le impiden reconocer que «todos los cuentos se resisten igual. De ninguno dices ‘qué sencillito, éste’», sonríe. Sí ha debido de ser un desafío introducir en algunos el elemento autobiográfico, que Merino describe como «un problema de la edad y la distancia, al menos en mi caso. Cuando incluí cuentos protagonizados por gente joven, me vinieron recuerdos que a su vez sugerían historias. Ahora está muy en boga la autoficción, pero creo que lo importante es que lo que contamos sea interesante; no tanto como historia, sino como modo de narrar», agrega. Otra cuestión es el uso de lo fantástico, un registro en el que Merino se mueve como pez en el agua. «La realidad no necesita ser verosímil, la literatura sí necesita serlo. El autor tiene que conseguir que nos creamos todo». «Eso sí», prosigue, «por el hecho de que tengamos cine y televisión y ordenadores, desarrollar lo fantástico no es más difícil hoy que en la época de Poe. Surge un tema como el de las tarjetas negras, por ejemplo, y vemos que eso es viejo como el mundo, los poderosos mezquinos no los hemos inventado ahora. Lo que pasa es que los medios son más rápidos, sabemos mejor lo que hacen unos y otros», dice el autor. Lector fervoroso de cuentos desde niño, Merino nunca ha llegado a comprender «que un género que llevamos cultivando desde el siglo XIII siga siendo menospreciado por los lectores españoles», asevera, y recuerda la irritación que sintió cuando, estando en un programa de radio, el locutor dijo ‘ahora vamos a hablar de cuentos, ¡niños, venid!’. «Y lo mismo sucede con la ciencia-ficción, por ejemplo, que tuvo su gran momento desde los años 30 hasta los 80 del siglo XX, y después se ha eclipsado. Me parece muy bien que se empiece a normalizar la tradición fantástica, porque a veces no sabemos lo que tenemos», añade el autor, quien reconoce su deuda con Hoffman, Poe, Chesterton, Cortázar, Quiroga, Clarín, pero también de «oscuros autores» como el maestro de la ciencia-ficción Frederik Pohl. Miembro de la Real Academia de la Lengua desde 2008, se considera «un académico cumplidor con las normas, y si me dicen que aún ya no tiene tilde, lo acato», dice a propósito de las últimas reglas introducidas por la Docta Casa. «Y siempre he repasado mucho mis escritos, no me gustaría que me dijeran: ¿usted, académico, cometiendo faltas?». Su defensa alcanza al diccionario, del que se considera «adicto». «Encontrar palabras que no conocía, o que han cambiado su sentido, o que estaban agazapadas porque el último que la usó fue Pedro Antonio de Alarcón», es uno de los grandes placeres que suele regalarse. No obstante, el escritor asegura compartir la preocupación de sus compañeros ante la situación económica de la Academia, «cuya subvención se ha visto reducida al 30 por ciento», denuncia. «Hay muchos proyectos que no podemos desarrollar, y tenemos un equipo lexicográfico que ha costado años formar», lamenta. «Creo que la lengua española es un asunto de Estado, que afecta a cuestiones culturales pero también económicas, de estrategias de comunicación importantes... Entiendo que es una época mala, pero no se puede ignorar esto. En la RAE hemos aguantado 300 años y seguiremos haciéndolo, pero hay una falta de sensibilidad oficial importante. Hasta en la Unesco nos dicen: ‘No podemos entender cómo no viven ustedes de la lengua’. Una lengua en expansión, bien conservada, respetada hasta su médula. Yo tampoco lo entiendo».

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