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"La poesía tiene una función terapéutica frente al dolor"

‘La sexta cuerda’, título del último poemario de Manuel García, hace referencia al tono grave de la última cuerda de la viola.

el 18 may 2014 / 20:41 h.

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Manuel García empezó hace algún tiempo a aprender a tocar la viola da gamba, lo que ha cambiado muchas de sus ideas no solo respecto a la música, sino también sobre el arte en general. Algo de eso se nota en La sexta cuerda, su último poemario recién aparecido en Hiperión, cuyo título alude «a la cuerda más grave de la viola. Como es un libro duro, triste, funerario, pensé que se correspondía bien con el contenido. Son poemas desolados, como el sonido de esa cuerda», explica el autor. García (Huéscar, Granada, 1966), quien lleva muchos años afincado en Sevilla, estructura el volumen en cuatro partes. Las dos primeras se refieren a dos conocidas pasiones del poeta, los libros y la música. «Sobre los libros escribo también de un modo un poco desengañado, de vuelta de todo. Llevo toda la vida buscando y coleccionando libros, comprando y vendiendo bibliotecas enteras, pero llega un momento en que le pierdes apego a la posesión», comenta. «De todos modos, soy un animal de libros, esto es una enfermedad que no tiene arreglo, que solo se cura con la muerte». Sobre la música, explica que desde que empezó a tocar la viola hace cuatro o cinco años, «me he ido enviciando, y mis conceptos han cambiado. Antes me gustaban las grandes orquestas, la ópera, y me he ido moviendo cada vez más hacia una música más íntima, especialmente del XVII y del XVIII. En Sevilla, además, hay una magnífica generación de intérpretes, con Fahmi Alqhai a la cabeza, y la amistad que mantengo con ellos ha permitido que haga algunas letras y traducciones para sus discos», explica, como esa nana El cant dels ocells pensada para la viola de Alqhai y la voz de Arcángel. «En definitiva, me gusta la figura del músico solitario, que compone al margen de la fama: es como el poeta. Además, tocar solo de forma virtuosa permite un placer personal incomparable. Me atrae más que una gran sinfonía», añade. La tercera parte del libro, Espartaco, habla de revolución. Pero no de la Roma clásica, sino del aquí y el ahora. «Viene de una obsesión personal por el personaje. Hace tres veranos viajé por italia recorriendo los lugares de la sublevación, y entonces se dio aquel 15-M que al final no ha cuajado en nada, o tal vez es pronto para decirlo», recuerda. «Extrapolé lo ocurrido en Roma hace 2000 años a lo que pasaba en Madrid, porque al fin y al cabo de lo que se trataba era de una rebelión de los individuos frente al sistema. Todo ello lo mezclo con lecturas políticas de muchos años, pero sin tomar partido por unas siglas concretas. No sabemos qué va a pasar, todo se mueve de un lado para otro, pero en mi caso lo fundamental es el interés por los humildes. Imagino que se debe en buena medida a mi trabajo como profesor en Dos Hermanas, en zonas duras que nunca han tenido la atención de nadie». poesia-manuel-garciaLlegamos al fin a la última parte, Tombeau des fleurs, dedicada a la muerte de un ser querido e impregnada de un hondo tono elegíaco. «La poesía en el fondo es una manera de curarse de un duelo, posee una función terapéutica y sanitaria frente al dolor», explica. «Es una manera de aceptar la muerte, de mirarla cara a cara, pero no fue fácil. De hecho, empecé a escribir esta parte y tuve que parar, hasta retomarla más tarde». Escritor, traductor –ahora prepara unas versiones del francés de Ángel Ganivet–, editor al frente del sello Point de Lunettes, García cree que todas sus facetas quedan resumidas en la de poeta. «Eso es lo importante, lo demás son cosas que hacemos para vivir. tengo un concepto platónico de la poesía, aunque no la lea nadie».

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