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Salud

La salud, cuestión de peso

El Virgen del Rocío cuenta con un equipo multidisciplinar frente a la obesidad mórbida, de la que son operados 100 sevillanos al año.

el 05 ago 2014 / 10:04 h.

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Primer paso: la consulta de la Unidad de Nutrición y Endocrinología. Foto: J.L. Montero Primer paso: la consulta de la Unidad de Nutrición y Endocrinología. Foto: J.L. Montero No es una cuestión estética ni el típico propósito de perder unos kilitos de más. Son sevillanos que, por su peso –algunos pueden superar en la báscula los 200 kilos– se encuentran no sólo con la imposibilidad de realizar tareas que casi cualquier persona hace como acto reflejo como el hecho de asearse, vestirse o incluso ponerse de pie y caminar, sino que, por su gordura, son una bomba de relojería para su salud, con el riesgo latente de padecer patologías graves tales como una cardiopatía isquémica o un trastorno cerebrovascular. A estos pacientes, víctimas de esa enfermedad de los países desarrollados llamada obesidad mórbida o supermórbida, trata la Unidad de Endocrinología y Nutrición del Hospital Universitario Virgen del Rocío, que tiene un equipo multidisciplinar dedicado a estos casos extremos, que suponen un 4 por ciento de las personas obesas que acuden cada año a consulta. La opción para esos casos –que, por ahora, siguen siendo excepcionales, aunque han experimentado un repunte en los últimos años– es pasar por el quirófano. Para los demás, ese 97 por ciento restante que acude al hospital por problemas de obesidad, les toca esa lucha preventiva para no tener que llegar a un peso que sea fatídico para su salud y que pasa por dos máximas para nada desconocidas y que forman parte de todo guión: alimentación saludable y deporte. «La lucha no es conseguir mejores cirujanos, sino tener hábitos mejores para evitar la obesidad. Ojalá no tuviéramos que operar». Esas palabras salen de la boca de una eminencia del bisturí como Salvador Morales, que dirige la Unidad de Innovación de Cirugía Mínimamente Invasiva. Este especialista indica que, cuando ya no hay más remedio, toca practicar la cirugía bariátrica, una técnica quirúrgica que hace que el paciente pierda entre 40 y 60 kilos. Un estudio reciente, realizado por el equipo de investigadores del laboratorio experimental de Enfermedades Endocrinas del Instituto de Biomedicina de Sevilla (IBIS), apunta en sus conclusiones el éxito de esta cirugía que «mejora sustancialmente las funciones y las alteraciones microvasculares», algo que se predecía, pero que ahora es objetivable. Pero esta investigación, publicada en la prestigiosa revista International Journal Obesity, perseguía resolver una incógnita mayor. «El objeto del trabajo quería saber porque hay un porcentaje de pacientes [pequeño] que pese a someterse a la cirugía bariátrica y perder peso, seguían padeciendo problemas propios del síndrome metabólico como hipertensión o diabetes mellitus tipo II», explica Alfonso Leal, investigador responsable del equipo, que analizó a 102 pacientes intervenidos por esta cirugía que se ofrecieron voluntariamente para el desarrollo de este trabajo científico. Aunque no se ha determinado la causa-efecto, el estudio sí que se apunta a una dirección: «El primer estudio nos predecía que lo que era más crítico era el colesterol bueno (HDL)», indica el coordinador del laboratorio, David Cano. O dicho de otra manera, si el HDL no aumentaba en estos pacientes, no mejoraban estos aspectos negativos del síndrome metabólico. Este pequeño avance, para el que han estado trabajando tres años, no deja afirmaciones tajantes, pero sí marca una hoja de ruta a seguir por los investigadores, que recuerdan que esta publicación es «sólo una pequeña pata» de un macroestudio en el que están implicados, además de los profesionales de Sevilla, a centros de referencia de Córdoba y Girona. Reunión de trabajo del equipo del Virgen del Rocío. Reunión de trabajo del equipo del Virgen del Rocío. Este avance arroja algo de luz ante una patología que está en ascenso. «El cuatro por ciento de los obesos tienen obesidad mórbida o extrema», recalca Pedro Pablo García Luna, endocrinólogo del Virgen del Rocío, que pone rostro a estas personas. Así, incide en que son pacientes con muchas alteraciones profesionales, familiares y sociales, que pasan desde la imposibilidad de trabajar hasta no poder realizar su aseo personal, a detalles tan crueles como ser discriminados en la calle por su gordura. Y, ya de puertas para dentro, la obesidad mórbida supone también un deterioro de las relaciones de pareja. Esos factores generan un cocktail peligroso que puede llevar a «la aparición de ansiedad y depresiones». Y eso sin contar con los problemas de salud. A la consulta de endrocrinología se atienden en torno a 1.500 pacientes cada año derivados de los centros de salud.Prácticamente un tercio de ellos, unas 500 personas, pasan a la consulta especializada para tratarse de la obesidad. Esa criba sigue a la hora de incorporarse a la lista de espera de una operación: sólo se intervienen a 100-120 personas al año. ¿Y cuál es el criterio para seleccionar? Primero toca determinar qué es obesidad mórbida: que el Indice de Masa Corporal (IMC), que es una medida que relaciona el peso con la talla, sea superior a 40. Si supera los 50 se trata de casos de obesidad extrema o supermórbida. «No es raro que haya pacientes, que tengan que ser traídos por los bomberos porque su IMC se sitúa en 70 o 75», concreta García Luna, que ha visto a pacientes con 240 kilos de peso, aunque puntualizó que «una persona muy baja, superando los 100 kilos de peso, puede sufrir de obesidad mórbida». Una vez que se diagnostica, el criterio para intervenir pasa, además de por el IMC, por la comorbilidad, o lo que es lo mismo, por aquellos factores negativos que se identifican con el concepto de ser obesos. Morales, de hecho, esgrime que el futuro pasa porque la cirugía bariátrica pase a denominarse cirugía metabólica, porque «se enfocará más hacia los problemas que afectan a la obesidad, que repercuten al sistema sanitario».A eso se suma un tercer requisito,:la salud mental, es decir, que el paciente no padezca circunstancias psicológicas que pueden entorpecer su evolución una vez sea intervenido. Morales señala que su equipo no se atiene a una cirugía estándar, sino que aplica «un traje a medida», ya que cada paciente es un mundo y reúne unas variables que pueden afectar en la sala de intervenciones (en función de su IMC, la comorbilidad existente, si tiene reflujo o no, si está operado previamente,...). La intención de este cirujano es buscar la vía menos agresiva. Así, relata que hay dos técnicas estándar de desarrollo mundial, como el bypass gástrico y la gastrectomía vertical. A ella suma una más. El Virgen del Rocío está embarcado en ensayos clínicos de una nueva técnica como el marcapasos, una intervención «quirúrgicamente poco agresiva en el estómago que se establece para lograr una saciedad precoz del paciente». Además, se trabaja en técnicas lo menos invasivas posibles. Todas se hacen por cirugía laparoscópica, que se realiza con agujeritos pequeños que dejan poca cicatriz e influye positivamente en la evolución del paciente. En esa búsqueda, Salvador Morales aclara que están trabajando en la cirugía de puerto único a través del ombligo, algo que no es habitual. De hecho, acaban de terminar un estudio prospectivo –«de los primeros a nivel mundial», apuntan– que concluye que la cirugía por puerto único es más satisfactoria para los pacientes y causa menos dolor postoperatorio que la laparoscópica. Y es que el trabajo de este equipo, que va desde la consulta hasta el laboratorio pasando por el quirófano, se vuelca en la investigación. García Luna resalta, por ejemplo, algunos de ellos, como un estudio que está estudiando las características de un grupo de pacientes con obesidad mórbida –sólo un 3 por ciento– que consiguen perder gran cantidad de kilos sin necesidad de someterse a una cirugía bariátrica. U otro que barrunta que, tras un año, los niños nacidos de un parto postcirugía bariátrica son igualmente sanos que los de un parto de mujeres sin obesidad mórbida. Tras la operación, toca un trabajo escondido. Para empezar, hacen un seguimiento al paciente, al que recomiendan que estabilice su peso el primer año –para normalizar el balance de nutrientes–. Y, en algunos casos, se someten al cirujano plástico, aunque para nada se ajusta a criterios estéticos, sino de salud. Y es que la repentina pérdida de peso su cuerpo genera una serie de pliegues que «le pueden provocar úlceras e infecciones» y, por lo tanto, se deben eliminar.

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