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La última alumna de Machado

Concha Ramírez recibió con 12 años clases de francés impartidas por el poeta sevillano en el instituto Calderón de la Barca de Madrid. A la alumna, afincada en Dos Hermanas, y al maestro le esperaban el mismo destino, el exilio

el 25 feb 2014 / 22:43 h.

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Su refinado acento delata sus 40 años de estancia en suelo francés. Concha Ramírez Naranjo es casi con toda seguridad la última alumna con vida de Antonio Machado. Ella era una niña de 12 años cuando recibió clases de francés del poeta sevillano durante el curso 1935-1936 en las bancas del instituto Calderón de la Barca de Madrid, donde contaba entre los compañeros de pupitre con el periodista y ensayista Eduardo Haro Tecglen. Hija del coronel republicano Ángel Ramírez Rull y de Concepción Naranjo Arjona, ambos originarios de Sevilla, Concha corrió el mismo destino que su maestro, con el que coincidió primero en Valencia y luego en la Junquera antes de cruzar la frontera hacia el doloroso exilio: el de Machado con destino a Colliure, donde murió al mes de pisar suelo francés; el de su alumna con parada final en Burdeos, donde permaneció casi cuatro décadas (1939-1979). Ahora, a sus 90 años, con una mente prodigiosa y un estado de forma envidiable, Concha vive en Dos Hermanas y mantiene vivos los recuerdos de aquel profesor con cara de buena persona y buenos modales que, según sus palabras, «aparentaba tener más edad». «No era un profesor, era un amigo para los alumnos. Estábamos entusiasmados». Al cumplirse los 75 años de la muerte del poeta de Soledades y de Campos de Castilla, recuerda su muerte y la visita que realizó a su tumba en Colliure, de la que conserva orgullosa varias fotografías. Pero a Concha Ramírez el destino tras la frontera le depararía intensas vivencias. Nacida en Melilla en 1923, uno de los muchos destinos de la carrera militar de su padre, ella era la segunda de seis hermanos. Cuando el 18 de julio de 1936 estalla la Guerra Civil, la familia se encontraba en Madrid, donde su padre había sido destinado como integrante del Cuerpo de Seguridad de la República y encargado de la vigilancia del distrito del Congreso. Al producirse el alzamiento, empezó a escribir un diario de letra menuda que la Diputación Provincial de Sevilla acabaría publicando no hace muchos años bajo el título Diario de una niña exiliada, con prólogo del que que fuera su compañero de pupitre en Madrid, Eduardo Haro Tecglen. Al comenzar los bombarderos en Madrid, la madre y los hermanos se trasladaron a Valencia. Y en 1939, al cesar la contienda civil, tuvieron que cruzar la frontera francesa. «Mi hermana Julia se quedó en Sevilla, donde estaba de vacaciones». La familia recaló cerca de la frontera con Suiza, en Burdeos, una de las ciudades que más emigrates y exiliados españoles acogió. El reencuentro con el padre fue posible gracias a los anuncios que publicaban algunos periódicos franceses. «Se buscan a los familiares de los exiliados» rezaban, con la lista de los nombres de las personas que eran buscadas. Durante su exilio en Francia, la familia se albergó como inquilina en la casa de un matrimonio de origen español y con cuatro hijos. Concha acabaría casándose con uno de ellos, Gabriel, joven francés quien primero luchó como voluntario en la guerra civil española en el bando de la República y más tarde acabaría internado en el campo de exterminio polaco de Auswitz. Concha conoció a su futuro marido a través de una cartas que el miliciano enviaba a su familia y, aunque él llegó a echarse novia en España, ella tenía claro que «no quería a nadie más». «Yo lo esperaba. Fue un flechazo». El paso de su prometido por las barracas del campo de exterminio nazi le dejó secuelas. «Él era un hombre fuerte. Pesaba unos 80 kilos y cuando regresó de allí se quedó en 40». Finalmente, contrajeron matrimonio en 1959. Hay cosas que ya se le han olvidado, pero a su edad Concha todavía maneja con precisión, además del francés, idiomas como el italino y el alemán. Los secretos de la lengua germánica los aprendió durante la ocupación alemana de Francia. «Como los franceses no nos daban trabajo, entré a trabajar como limpiadora en una clínica cerca de Burdeos que había ocupado la aviación alemana». Ya en el año 1979, Concha y su marido Gabriel decidieron regresar a España y levantar la casa donde ahora vive en el barrio de la Motilla. De profesión contable, su marido fallecería en 1989, «pero los diez años que vivió aquí fueron los más felices de su vida». El padre de Concha murió en tieras galas, pero antes de fallecer pudo cumplir su sueño de regresar a Sevilla después de solicitarle en varias ocasiones un salvoconducto a Muñoz Grandes para retornar a su tierra. “Mi padre no era católico, pero la Semana Santa y el GranPoder eran muy importantes para él». En una de sus últimas visitas a Sevilla, una Madrugada al ver pasar a la Macarena, se quitó el sombrero y dijo: Ya te he visto, ya me puedo morir tranquilo». Aunque ha visitado Francia en innumerables desde su llegada a España –de hecho allí vive uno de sus dos hijos–, Concha conserva «recuerdos muy malos» de aquel periodo de exilio forzoso: «la lluvia, una mentalidad cerrada y personas que abren las puertas de sus casas con desconfianza». Pocos testimonios tan valiosos quedan de la Memoria Histórica de España como el de Concha Ramírez, colaboradora de la Asociación Guerra-Exilio y Memoria Histórica de Andalucía (AGEMHA). Ayer tocó recordar al que fue su «bondadoso» maestro de francés en Madrid, de cuya obra conserva varios libros de poesía y la biografía que del poeta sevillano escribió el hispanista Ian Gibson.

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