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Los muertos ya no caben en las paredes

Visita sorpresa a la casa de Rafael Laffón, que en paz descanse, en plena ola de entusiasmo por los libros de temas sevillanos.

el 02 may 2012 / 19:22 h.

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Estuvo a un pelo de protagonizar una crónica de Feria la semana pasada, y muy merecidamente: ya es difícil encontrar a un poeta de la Generación del 27 que sea sevillano, haya escrito sobre la Calle del Infierno y, encima, naciera un 20 de abril (y casi, casi, en la Feria del Prado, por donde paseaban sus padres en el momento del accidente, aquella tarde de 1895). También se podía haber esperado hasta la Feria del Libro, que viene dispuesta, a partir del día 10, a bombear entusiasmo por los autores de temas sevillanos, como es su caso. Pero ayer, en plena época de entreferias, sucedió algo: la lápida que señala la casa donde murió Rafael Laffón daba la impresión de querer hablar. ¿Extraño efecto de luces, obra del juego de nubes que correteaban sobre ese valle adoquinado que es Cardenal Spínola? ¿Inflamación patriótica provocada por el homenaje a Daoiz, allí al lado en la Gavidia, con todo ese enardecimiento de  militares, discursos y música? Da igual. Fuera lo que fuese, ese algo inefable marcó la diferencia entre pasar por allí de largo, como siempre, o entrar y tocar la campanilla.

"Sí, esta sigue siendo la casa de la familia", dice. "Yo soy la nuera de Rafael. Pase, pase usted." Rosa María Álvarez, viuda del doctor José Manuel Laffón, solo aparenta sus 81 años cuando se le olvida controlar algún levísimo gesto de dolor. Tiene una sonrisa frágil e inerme. Antes de abrir ha sido tan amable de dar tiempo sobrado para admirar el pequeño patio sevillano donde se combinan, con esa naturalidad que solo permiten las casas muy vividas y muy del centro, dos o tres macetones de distinto porte, un biombo verde claro, varios cacharros de cobre, un par de braseros grandes de metal, un retablo del Gran Poder y una Venus de Milo en el rincón. "Rafael era un hombre complicado, como todos los escritores, ya sabe. Difícil de trato. Muy melancólico", dice, sentada bajo el retrato de su suegra, a quien no llegó a conocer de lo joven que murió.

Puede que si las lápidas de los escritores las escribiesen sus nueras, y no los colegas del finado, derivase de ello algún beneficio para los índices de lectura. Aquí, en el número 26 de Cardenal Spínola pone, por ejemplo: En esta casa murió el 4 de noviembre de 1978 el poeta y académico sevillano Rafael Laffón Zambrano. La Real Academia de Buenas Letras le dedica este recuerdo. Si el propio recordado hubiese podido elegir frase, lo mismo habría tirado de sus poemas y sentenciar que para morir es buena cualquier hora. O tomar esas primeras palabras de sus memorias de la infancia: Nunca practiqué sistemáticamente la indagación del tiempo pasado: bien entendido, del propio tiempo de uno, que quizás nos deforma día tras día; que quizás, también con su tránsito, nos angeliza un poco y nos deja traslúcidos y flotantes, sin saber, en definitiva, cuándo recapitulamos, a qué carta quedar ni qué es lo que somos. Y si no, cualquiera de las frases dichas ayer por Rosa. Verbigracia: "Él quería ser el centro en una casa con cinco nietos. A los nietos los quería, claro. Les escribió hasta una sevillana. ¿La costumbre de aquellos tiempos? No, no era eso. Mi padre sí era cariñosísimo con los niños. Pero mi suegro... era un hombre más retraído para todo. Siempre decía que estaba muy enfermo."

Estar muy enfermo era casi un detalle de buen gusto entre la Sevilla pudiente de antes. En las sagas familiares de antaño siempre había un médico al que se llamaba todo el tiempo con muchísima preocupación, bien fuese Romasanta o don Guillermo Baca. En el caso de Laffón, era el doctor Lupiáñez, presente en los trances dolorosos de la familia sobre todo cuando el padre del escritor, médico por cierto, contrajo la manía suicida de resultas de las vicisitudes del trabajo, que dio escenas como el prender fuego a su propia ropa interior o tener que manotear con él para quitarle una pistola de la mano. Superado aquello, se volvió un hombre tan metido en sí como luego habría de ser el hijo. Con el tiempo, el único hijo de Rafael Laffón acabaría siendo también médico, como aquel abuelo suyo de cuya extraña enfermedad se hablaba apenas entre dientes.

"Mi marido tenía la consulta por Guzmán el Bueno", explica Rosa. "Nosotros vivíamos entonces en una de las casitas de Heliópolis, un chalecito del tipo tres que ahora tiene mi hija. Era la casa de mi suegro, porque mi marido, entonces mi novio, me dijo que para poder casarnos teníamos que hacernos cargo del padre. Y entonces, cuando tuvo que dejar la consulta aquella porque el casero necesitaba disponer de su propiedad para una hija suya o algo así, dijo mi suegro que en Heliópolis, no. Que le parecía mal visto que un médico tuviera su consulta en Heliópolis. Y así acabamos adquiriendo esta casa."

La madre y la esposa de Rafael Laffón habían muerto en 1949. Ahí terminó de aprender a convertirlo todo en palabras, hasta el dolor más humano, que es el de la pérdida. Y se hizo, por tanto, devoto de los crepúsculos. El silencio y la luz, apagándose suavemente, poseían no sé qué rara alucinación (...). ¿Nadie ha escuchado estas voces cristalinas que acaban por desvanecerse a las puertas mismas de la noche?, escribió en Sevilla del buen recuerdo, esa Sevilla que tiene sus paredes llenas de muertos famosos a la intemperie, arropados con frases que no calientan, tan útiles en tiempos de entreferias.

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