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Los tres amores de Cristóbal

En dos décadas como corresponsal de los buenos días en Bellavista ha aprendido que su vida no sería igual sin su mujer, su hija y su quiosco.

el 10 mar 2014 / 20:51 h.

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Cristóbal Cano. Cristóbal Cano.

Cristóbal fue uno de esos visionarios que, antes de que la crisis acabara con el negocio de la construcción, buscó un nuevo rumbo profesional en su vida que le garantizara el pan de sus hijos. Lo hizo con tiempo, pues cuando abrió su quiosco en la Plaza del Retiro de Bellavista, hace ahora 17 años, nadie presagiaba que un trabajo en auge como el del ladrillo acabaría por engrosar masivamente las listas del paro. Su vida y especialmente sus horarios cambiaron por completo desde aquel día. Pero ahora, casi dos décadas después, echa la vista atrás y asegura que «volvería a hacer las mismas cosas» pero con «la experiencia» que le ha dado el paso de los años. Y con un objetivo claro: sacar a su familia adelante. «Si no para que tantas horas en el quiosco».

Puntual a la cita, cada día a las 6 y media de la mañana llega a su punto de venta, recuenta la prensa y comienza el reparto. Él es como esos quiosqueros de siempre, de los antiguos, que en su vespino de color rojo recorre los bares de Bellavista para entregar siempre a tiempo la prensa diaria. «El único problema que tienen los bares es que todos quieren que esté a la misma hora en el mismo sitio. Yeso es imposible», bromea. Aunque no lo consigue, si ha logrado la amistad y el cariño de un barrio en el que casi todos los vecinos tienen buenas palabras para él. Cristóbal no sabe cuál es la fórmula de este éxito, él sólo tiene claro que es «muy de barrio, muy humilde» y que se ofrece para todo lo que haga falta. «En mi saben que tienen a un compañero y a un amigo».

Este es su evangelio, su verdad. Por eso nunca mira el reloj cuando se trata de luchar por su quiosco que, más que un negocio, se ha convertido ya en uno de los amores de su vida. Nunca antes de las diez de la noche apaga las luces del punto de venta, en verano aún más tarde. Y lo hace porque a esa hora «ya está todo el barrio acostado». Se marcha a su casa y, si es el día que toca, le prepara a su mujer una tortilla con todo el cariño del mundo, a pesar de no ser «nada cocinitas», reconoce Consuelo, su mujer, a la que lleva unido más de dos décadas desde que un día empezaron una amistad que poco después «se terció en una cosa muy bonita», explica.

En el interior del punto de venta, donde cada quiosquero guarda lo más íntimo de su faceta profesional, Cristóbal tiene una pared en la que se resume su vida a través de las fotografías. La más grande, y como prueba de amor a su esposa, es una estampa del Cristo de Los Gitanos, donde se sostiene la fe de Consuelo. Por eso cada año «vamos a Sevilla –cosas de la distancia– a disfrutar con su salida en la Madrugá». Eso sí, sólo se quedan a ver al Cristo, a pesar de que quisieran esperar a la Virgen de las Angustias, «porque Cristóbal tiene que levantarse muy temprano», explica su mujer.

Es un sacrificio que realiza convencida de su vida junto a nuestro quiosquero. Él tampoco se queda atrás y siempre la tiene presente en sus palabras. Es otro de los amores de su vida. El tercero lo luce con orgullo en esa pared de recuerdos. A su hija Desiré la tiene en fotos de pequeña, con algún añito más y hasta con la toga que le pusieron el día que se diplomó en Magisterio, «lo que ella siempre ha querido hacer, educar a los niños». Sin duda, todo un orgullo para estos padres trabajadores a los que la vida le ha quitado más de lo que les ha dado. Historias reales, como la vida misma, que no salen en los periódicos que vende Cristóbal pero que han marcado su día a día. A pesar de ello, son felices.

Con sus tres amores, el de su hija, su mujer y el del quiosco, Cristóbal pasa los días arropado por el cariño de sus vecinos. No es una frase hecha. La realidad enseña que es complicado ver a alguien pasar por la Plaza del Retiro que no se pare, aunque sea sólo un segundo, para saludarlo, mandarle un abrazo o preguntarle cómo lleva el día. Cosas de los barrios y de la buena gente. Don José, un sevillano de 91 años que lleva 89 de ellos en Bellavista sólo tiene buenas palabras para él. «Nos atiende muy bien», reconoce.

Y como este vecino, todos coinciden en hablar de Cristóbal como un «hombre bueno». Mari Ángeles, una amiga de 40 años, Miguel Ángel el del bazar, Carmen la del centro cultural, Lourdes la farmacéutica, los chavales de la plaza... toda Bellavista. Ellos hacen que ni el hecho de que se venda menos prensa, la falta de vacaciones o las doce horas diarias dentro del quiosco sean un lastre para Cristóbal. Más bien al contrario. Ellos y sus tres amores: Consuelo, Desiré y su quiosco.

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