domingo, 16 diciembre 2018
08:40
, última actualización
Cultura

¡Luz, más Luz!

El guitarrista onubense brinda su faceta solista en un recital muy trabajado en el Dormitorio Alto del Espacio Santa Clara.

el 16 sep 2014 / 00:00 h.

TAGS:

Manuel de la Luz peleó para desarrollar su repertorio en el marco de la Bienal de Flamenco. / Antonio Acedo Manuel de la Luz peleó para desarrollar su repertorio en el marco de la Bienal de Flamenco. / Antonio Acedo DE LA LUZ * * Escenario: Dormitorio Alto del Espacio Santa Clara. Guitarra: Manuel de la Luz. Cante: Carmen Molina. Percusión: Antonio Coronel. Palmas: Los Mellis. Entrada: Lleno.   En los últimos años se han consolidado tantos nuevos guitarristas virtuosos, maestros en el arte de hacer fácil lo difícil, que casi se nos había olvidado lo tremendamente duro que es sacar un repertorio solista adelante. Esa lucha noble por hallar aciertos y salvar escollos la presenciamos ayer en el recital del onubense Manuel de la Luz, a quien hemos visto ya acompañar a grandes figuras, pero cuya faceta de concertista en solitario era una incógnita para muchos. En este sentido, el Dormitorio Alto de Santa Clara se antojó una ubicación óptima. A pesar de la hora un tanto extraña –las siete de la tarde– ese formato íntimo y al mismo tiempo hermoso y dignísimo parece ideal para dar su oportunidad a jóvenes que, como De la Luz, tienen hambre de escenario y de éxito. Claro que Sevilla y su Bienal imponen. En la taranta con la que abrió su actuación, vimos a Manuel fajarse más con sus nervios que con las seis cuerdas de la bajañí. Cosa comprensible dada la importancia de la cita, y quizá la urgencia de meterse en el bolsillo al numeroso público asistente. Se gustó más el músico en la bulería, donde la impronta de Paco de Lucía es evidente –él mismo reconoció, como no podía ser de otro modo, su devoción por el genio de Algeciras, a quien dedicó el concierto–, pero en algún momento también recordó el atrevimiento de un Gerardo Núñez, en mi opinión el guitarrista más inquieto de su quinta. Con la granaína y la soleá, muy vivaces e intensas, empezamos a sospechar una indisimulable querencia por lo barroco por parte de Manuel de la Luz, que se traduce en una vocación de decir mucho –recursos no le faltan–, cuando sin embargo preferimos los pasajes en los que simplemente quiere decir. Y no lo decimos porque tan alta concentración de notas exponga al intérprete a algunas perdonables imprecisiones: hasta Paco las cometía. No es eso. Es entender que el largo discurso hilvanado que es siempre un concierto necesita respiraderos, instantes en los que la atención del respetable se concede un descanso. Tal vez por eso, la fantasía inspirada en La leyenda del tiempo, de inspiración clara y confesadamente morentiana, supo a remanso en medio del torbellino. No obstante, después del hermoso recuerdo a Niño Miguel por fandangos de Huelva, la bulería por soleá y la bulería final volvieron a ser densas en falsetas y quizá demasiado veloces. Se trata, en todo caso, de observaciones a vuelapluma. Creo que el disco de Manuel de la Luz merecerá una atención más reposada, más atenta a los detalles de clase que sin duda sabe escanciar con su instrumento. Posee la humildad y el talento necesarios para este sacerdocio, ojalá el tiempo vaya concediéndole la templanza y la serenidad para desarrollar ampliamente una voz propia. De momento, expresamos nuestra aprobación con las últimas palabras que al parecer dijo Goethe: «¡Luz, más Luz!”

  • 1