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Cultura

Manuel Larios enseñó sus ganas de ser torero a un puñado de guiris

Manuel Larios, nuevo en esta plaza y que se había estrellado por completo con el burraco que rompió plaza, pudo lucirse con el cuarto. Le plantó batalla, sinceramente entregado, en un trasteo de muleta macizo, asentado y resuelto con buen gusto.

el 16 sep 2009 / 08:18 h.

El festejo transcurrió con una lentitud exasperante. Tiempo muerto tras tiempo muerto entre la impasibilidad del puñado de guiris que se había congregado en los ardientes tendidos a la Maestranza. No era el mejor escenario para el triunfo de los toreros y aunque la novillada iba camino del sumidero, un novillero extremeño con ganas de ser torero iba a cambiar las tornas.

Manuel Larios, nuevo en esta plaza, se había estrellado por completo con el burraco que rompió plaza. A pesar de su disposición, del buen trazo de su toreo, el extremeño no pudo hacer nada por domeñar la mansedumbre, el mal estilo y el continuo peligro sordo de un novillo protestón que fue la peor tarjeta de presentación de la otrora prestigiosa vacada gaditana.

Pero las tornas iban a cambiar con el cuarto. Esta vez sí pudo lucirse con el capote, tanto en la brega como en los quites para plantar batalla, sinceramente entregado, en un trasteo de muleta macizo, asentado y resuelto con buen gusto. Larios aprovechó los viajes mansos y nobles del novillo y alcanzó su mejor tono toreando al natural.

El final de la faena, metido entre los pitones y definitivamente dueño de la situacion, fue la mejor firma a a esta faena en la que aún cupieron unos ayudados cadenciosos que precedieron a una estocada más efectiva que canónica. Cayó la oreja, que fue de peso.

El segundo fue un auténtico tío con toda la barba y puso en serios aprietos a Raúl Sáez -entre el regocijo de los guiris- cuando trataba de pararlo. Sáez comenzó el trasteo mosqueado y el novillo -duro, exigente y complicado- tenía mucho que torear y dominar. El novillero murciano quiso administrarle un trasteo de manual, progresivamente diluido en las complicaciones del cebada, que acabó imponiendo su ley.

La verdad es que el chico evidenció falta de consistencia y tampoco acertó a resolver la papeleta que le planteó el quinto, un novillo tardo y mironcete con el pecó de pesado hasta ser cogido sin consecuencias.

El tercero, un toro con todos los avíos, sí dejó estirarse a medias al portugués Joao Augusto Moura, que planteó su labor firme y sin dudas, tirando del toro con temple y pulso, muy centrado a pesar de los parones de un enemigo tardo y reservón. Con la espada, como buen portugués, dio un sainete.

El sexto derribó con estrépito al piquero y protestó con brusquedad en la muleta del portugués, que anduvo por allí un punto desbordado, alargando el metraje de una faena que a esas alturas ya no tenía argumento.

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