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"Me he casado con Paz y Bien. Es mi familia"

Pepa Romero nunca se ha rendido. Siempre ha hecho frente a todos los retos que se le han puesto por delante. Su ideal de ayudar a los más necesitados le llevó a renunciar a dos trabajos fijos.

el 14 dic 2014 / 08:00 h.

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Pepa Romero, presidenta de Paz y Bien, una asociación que ayuda a los más necesitados. / Génesis Lence Pepa Romero, presidenta de Paz y Bien, una asociación que ayuda a los más necesitados. / Génesis Lence Es una mujer todoterreno. Una luchadora que no se amilana con nada. Sacó tiempo de no sabe dónde para trabajar, estudiar y colaborar con Paz y Bien, una asociación sin ánimo de lucro que trabaja con personas con discapacidad, menores, mayores y grupos de exclusión social. Es Pepa Romero, su presidenta, vinculada a esta entidad desde sus orígenes en 1979. Los comienzos de esta marchenera de 61 años no fueron fáciles. Estudió en el mejor colegio que había en aquella época en su municipio, el Santa Isabel. Recuerda que era un centro de pago con dos puertas. Por una entraban las niñas ricas y por la otra las que no tenían recursos. Ella, aunque su padre era agricultor y su madre ama de casa, unas personas modestas, estudiaba en la zona pudiente. «Mis padres querían que tuviese la mejor educación y para ello hicieron todos los esfuerzos posibles», recalca con orgullo. Cuando acabó el bachillerato elemental se trasladó a Sevilla para estudiar enfermería con una beca, «pero no pude acceder porque había mucha demanda y entonces cursé puericultura». Nada más obtener el título comenzó a trabajar en la Escuela Departamental de Puericultura de Luis Montoto y continuó formándose para sacar el título de bachillerato superior. Fue en esa época cuando conoció al fundador de Paz y Bien, fray Rafael del Pozo, con el que comenzó a colaborar para ayudar a la gente más necesitada. Pero sus inquietudes no se quedaron paradas. Fueron a más y empezó a cursar Graduado Social. Trabajando como puericultora y de voluntaria en Paz y Bien comenzó a hacer las prácticas de Graduado Social en el Ayuntamiento de Santiponce. Fue en esta época, en 1989, cuando se le planteó un dilema. El Consistorio de Santiponce le ofreció una plaza en propiedad de Graduado Social, tenía su trabajo fijo en el SAS de puericultora y le surgió la oportunidad de trabajar en Paz y Bien, que se financiaba de subvenciones. Finalmente, se inclinó por la última opción, la más insegura económicamente: «Me aventuré a todo». Una decisión que no fue acogida de buen grado por sus padres «porque mi comida era mi trabajo, pero era un ideal que tenía». En todos estos años no se arrepiente del paso que dio, a pesar de que por su dedicación a la asociación no ha tenido tiempo libre ni para contraer matrimonio: «Me casé con Paz y Bien, que es mi familia». Asegura que su entrega en cuerpo y alma a la entidad tiene grandes recompensas, como el ver que «personas que no andaban solas, ahora hasta bailan». Afirma que en este tiempo los esfuerzos que se han realizado para sacar a la luz a los dependientes han tenido buenos frutos. Como anécdota pone el ejemplo de que cuando comenzó a caminar la asociación a estas personas se les llamaba «subnormales, un término que afortunadamente ya no se utiliza, porque a mí me gusta que se hable de personas con capacidades diferentes». A sus 61 años sigue con fuerzas para tirar del carro de Paz y Bien, una asociación que comenzó ayudando a una decena de personas y que ahora atiende a más de 600.

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