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Minimalismo perfecto

Azulejos, cerveza de grifo y las palabras justas para servir y cobrar, no hace falta más

el 24 may 2012 / 20:51 h.

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Entrar en el bar Jota es volver al pasado.

Este templo de la cerveza Cruzcampo abrió sus puertas en el año 1936, cuando La Buhaira no era un barrio de alta burguesía sino caminos de tierra llenos de naves al otro lado de la vía del tren. Junto al Jota había garajes de vehículos del Movimiento, que yo no sabía qué era eso del Movimiento, ni nadie me sabía explicar, hasta que me enteré que era el partido político único que había en España, y a veces uno se pregunta si no era mejor uno que tantos dándose caña entre sí, en fin, no nos despistemos del bebercio.


Si se le pueden arrancar más de dos palabras seguidas al maestro de barra, Alejandro Martín, nos dirá que la cerveza se tira en vaso de cristal gordo, nada de fino. Ya que, dice el experto, la cerveza en vaso fino se calienta antes, así que aquí nada de esos vasos de sidra o tipo chiquito del norte que muchos usan, aquí sigue reinando el vaso de tanque de toda la vida. Porque esa es otra, tan celosos que somos los sevillanos de ciertas cosas, que creemos que somos los mejores del mundo, sin embargo con algo tan nuestro como la cerveza nos hemos dejado comer el terreno por los de Madrid. Aquí toda la vida de Dios una caña era una cerveza pequeña y la de vaso de cuarto de litro era un tanque, pues eso, vaso de tanque y cristal grueso para que el labio descanse a gusto y reciba el líquido elemento en condiciones, o sea, muy, muy frío, con su dedo y medio de espuma que ha rezumado un poco del vaso inclinado mientras cae del grifo.


En sitios míticos como el Jota nos damos cuenta que hasta se inventan nuevas medidas del tiempo. Quedamos con alguien, el que llega primero va pidiendo, si el otro se retrasa la conversación de saludo es algo como:


-Hola, ¿llevas mucho tiempo esperando?


-No, ésta es la segunda (la cerveza como medida temporal)


-El tiempo de tomarme una cerveza (y todo el mundo sabe lo que se tarda en eso).


Por lo demás, el ambiente preciso en unos 10 m2 de local, azulejos con carteles de fútbol y alguna imagen religiosa. Paradójico cartel de "Prohibido sacar los vasos a la calle" en un bar donde se va a la barra sólo para pedir, no hay ni sitio para más ni ganas, lo suyo es la tertulia en la acera, fumando el que quiera, turnando las idas a la barra para llenar, porque la cerveza de aquí entra fácil, tan fría y ligera que no pesa como en otros sitios. Dos carteles más, ambos de precios, en uno el precio de la cerveza a solas y en el otro acompañada de tapa de bacalao. El lomo de bacalao salado es la tapa reina, y casi única, del bar, de pago está también la mojama de atún y, para llenar, patatas fritas de paquete. Cacahuetes (arvellanitas) y altramuces (chochos), completan la parca nómina de alimentos del Jota. Para que más, aquí se viene a beber cerveza y a pegar la hebra con los colegas.


El sin sentido único de la calle Luis Montoto y la falta de aparcamiento también han hecho mella en el Jota, que camina hacia los ochenta años de vida intentando capear la crisis y los diversos gobiernos municipales empeñados en hundir el comercio de la zona. La fuga de Abengoa al campo tampoco ha beneficiado al barrio, pujante y con ambiente no hace mucho y hoy en horas bajas. Pero el Jota, a pesar de todo, es una isla de animación y tradición sevillana que cada tarde y cada medio día reúne en su puerta a un buen grupo de parroquianos que siguen disfrutando de esta forma tan nuestra de consumir cerveza. En la memoria de la ciudad el mítico Baturones, el Candilejo, el Tremendo de Santa Catalina, pobre iglesia, y el de Pío XII, santuarios de la Cruzcampo de siempre, como el Gambrinus del azulejo del Jota, el de antes, no esa copia pasada por Incosol que nos venden ahora.

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