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Muere el pintor Antoni Tàpies

el 06 feb 2012 / 19:51 h.

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El arte contemporáneo (sea plástico, musical, cinematográfico...) se queda cada vez más y más huérfano. Al menos, si por contemporaneidad se entienden aquellas expresiones artísticas que fusionan visceralidad e intelecto, que escarban hacia adelante, que se mantienen vivas al margen del dictado de lo bienpensante y lo conservador. Arte difícil, tal vez. Pero arte que mira al futuro y que acaba instalándose en él como un clásico. A todas estas premisas respondió la obra de Antoni Tàpies, fallecido ayer en Barcelona a los 88 años de edad. Muere el último gran artista del siglo XX, un genio del arte abstracto, un modernista insobornable que se mantuvo vivísimo en el estudio hasta el final. Con un estado de salud precario –le costaba andar, apenas oía–, Tàpies, fascinado y fascinante vanguardista, ha dicho adiós.

“Siempre me guió la idea de prescindir de los cánones del Renacimiento, de los clásicos, de la perspectiva, del claroscuro (...) El artista ha de descubrir otros mundos, y yo fui prescindiendo de todos los cánones del arte clásico y convertí el cuadro en un objeto. El cuadro para mí tiene que ser un objeto, no tiene que ser un espacio donde pasen cosas, como en la pintura tradicional. Ha de ser un objeto que comunique emociones. Y a veces, medio en broma, medio en serio, he dicho que debe comunicar cosas tan fuertes que al tocarlo te dé como una descarga”. Así descifraba Tàpies –en una entrevista en 2004 con El País– el significado de su quehacer. Cada obra de Tàpies está ahí para sacudir al espectador, al que es capaz de tumbar emocionalmente, de golpearlo con un hachazo de visceralidad pictórica sólo a su alcance.

Maestro de la vanguardia, artista matérico que hizo de los elementos de desecho parte indisociable de su plástica, fue también un artista profundamente espiritual –a la manera de Mark Rothko, sin su hálito de pesimismo existencial– que aspiró a penetrar en la condición humana. Muchas de sus obras deben entenderse desde una perspectiva mística.

Porque como John Cage, otro dios profano del arte radicalmente moderno, Tàpies abrazó el zen y parte del pensamiento budista: “Conocer más el dolor hace que sus efectos se atenúen y mejore la calidad de vida”. El sufrimiento y la enfermedad, también el inexorable paso del tiempo, son otros de los conceptos que atraviesan una creación irradiada con cruces equis, con T mayúsculas que aludían a su apellido y por el número 4, por los cuatro elementos y puntos cardinales. El cuerpo y los objetos cotidianos –un zapato de baile y una cruz ilustraron el cartel que diseño para la Bienal de Flamenco de 2004– fueron otras de las imágenes protagonistas de su imaginario. El primero a veces le sirvió para reivindicar lo repulsivo –un ano defecando y una axila con pelos reales en Materia en forma de axila (1968)– los objetos, para revalorizar lo cotidiano: Materia en forma de sombrero y Mesa y sillas (ambos de 1968).Galardonado por todo tipo de instituciones –Príncipe de Asturias de las Artes (1990), Medalla de Oro de la Generalitat (1983), Picasso de la Unesco (1993), Premio Velázquez (2003)...– Tàpies siempre llevó a gala ser un superviviente del franquismo, dictadura que, como una apisonadora, quiso eliminar todo lo que le parecía indomable (sus obras más oscuras, infernalmente negras surgieron en esa época).

Y la obra de Tàpies lo era hasta límites insospechados. En plena posguerra fundó, junto al poeta y performer Joan Brossa, Dau al Set, un grupo de ruptura, dadaista y surrealista que logró escribir algunas de las mejores páginas de la Cataluña contracultural.Rendido admirador de Miró, toda la existencia de Tàpies estuvo marcada por una larga convalecencia a los 18 años –contrajo tuberculosis pulmonar–.
En aquel periodo, postrado en cama, comenzó a dibujar, a crear. Artista autodidacta, procedente de una familia de tradición editorial, burguesa y catalanista, gracias a la holgada situación económica de sus progenitores, Tàpies pudo concentrarse en el arte. Y así, hasta su último aliento, siguió dando a luz cuadros matéricos –cuya fuerza visual tiene su trasunto en determinadas partituras de Cristóbal Halffter, escúchese su Mural sonante a él dedicado– que hunden sus raíces en la pintura informalista de los 60.

En su revolución (llevo lo abstracto hasta otra dimensión), el artista introdujo  materiales pobres que acabarían siendo santo y seña de su universo: calcetines y alambres (los mismos que coronan la fachada de su Fundación, en pleno corazón de la ciudad condal). Pero Tàpies no se limitó a la práctica pictórica. Fue escultor, grafista, dibujante y, a lo largo de su vida –88 años, una edad irreverentemente breve para un gran artista– escribió siete libros. Le quedaba mucho por hacer. A pesar de su frágil salud, Tàpies seguía refugiándose cada verano en su casa de Montseny, junto a su esposa Teresa, para pintar y exponer en otoño en la galería de su hijo, Toni Tàpies: “La muerte nos parece una cosa separada y terrible, y en realidad es lo mismo nacer que morir. Sólo es seguir el curso del cosmos. Nos han educado para olvidarla. Yo mismo me lo digo, pero a esta edad tengo ganas de hacer trabajos, y pienso: esto de morirse es una pesadez. Caray, no tengo ninguna gana de morir”. Lo sentimos, Maestro. 

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