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Cultura

Puedo explicártelo, cielo

El planetario de la Casa de la Ciencia estrena una actividad consistente en mirar el firmamento tal y como lo veían griegos y romanos: como el cómic de los amoríos y engaños de los dioses.

el 09 jun 2014 / 22:05 h.

15809253 Algunas de las constelaciones que se pueden ver en el planisferio. Menudos eran los dioses griegos y romanos en materia de vicios y concupiscencia: no les bastaba una revista rosa (el Ave!, por ejemplo, o el X Minuti), sino que necesitaban el firmamento entero para poder contar las andanzas amorosas de su panteón, empezando por Zeus (Júpiter, para los latinos), que era el más zascandil, rijoso y tarambana de la nómina celestial, por eso de ser el jefe. Estas aventuras siguen inscritas en lo alto en forma de constelaciones –dibujos imaginarios que los antiguos trazaban uniendo entre sí las estrellas con líneas–, y La Casa de la Ciencia ha organizado con ellas en su planetario una actividad que se estrena hoy: Los cielos mitológicos. Al lado de los líos de togas (y de clámides) que se cuentan ahí –con sus correspondientes enfados, celos, engaños, mentiras...–, el antiguo serial de Falcon Crest era Las tres mellizas. Conscientes de que las cosas o se cuentan bien o mejor no contarlas, en La Casa de la Ciencia han vuelto a apostar por la originalidad y la imaginación. De tal modo que en vez de colocar a un astrónomo con un puntero para que lo explique todo de pe a pa en medio de ese planetario cual tienda de campaña, lleno de pufs para tumbarse, han optado por una narradora (Carolina Bayo) y por el mismísimo Aristarco de Samos (Óscar Hernández), de la empresa Engranajes Culturales. Y lo que hacen ambos, básicamente, es utilizar la poesía, la declamación y la mitología para explicar a la concurrencia cómo es el cielo que podrá ver esa noche, a qué canita al aire de Zeus corresponde cada uno de los dibujitos del viejo cómic olímpico y unas cuantas curiosidades más. Un poner: la escalofriante historia de la Osa Mayor. Imagen-Peru001El verdadero nombre de la plantígrada en cuestión es Calisto. La Osa Menor es su hijo, Arkas. Parece ser que la señora de Zeus, de nombre Hera, se puso hecha un basilisco cuando se enteró de que su marido se la había dado con queso con la citada Calisto, a la sazón hermosa ninfa de los bosques. Y no solo eso, sino que la moza se había quedado encinta. Para proteger a ambos de las iras de su esposa, Zeus los convirtió en osos y los arrojó al cielo. Singular forma de poner a salvo al prójimo. Pero Hera, con el reconcomio, le pidió a su hermano Poseidón, casualmente dios de los mares –se ve que era una familia que había medrado–, que no permitiera a ninguno de los dos osos tocar nunca el mar. Y efectivamente, así sucede. Calisto y Arkas estarán todo lo protegidos que quieran convertidos en estrellas, pero no tienen dónde esconderse de las miradas de quienes se burlan de ellos y siempre seguirán a la vista, en el cielo. Relatos de estos, por docenas. Uno bastante poético es el de la Vía Láctea. Según las malas lenguas griegas, Zeus –quién si no– sedujo a la mujer del rey de Micenas y engendró a Hércules, en calidad de semidiós (que entonces se llevaba mucho, veánse las andanzas de su señor padre). O sea, que estaba condenado a envejecer y morir. Para alcanzar la inmortalidad tenía que mamar del pecho de la diosa Juno, patrona de la maternidad, a lo que esta, muy suya, se negaba, Esperaron a que se quedara dormida y le pusieron al pequeño Hércules –se obvian los diminutivos– en su seno. Hasta que la diosa se despertó, se dio cuenta y apartó bruscamente al niño de su pecho, con el resultado de que se derramó la leche por todo el cielo. Y esa es la banda blanquecina que se aprecia en las noches. Devaneos aparte, Los cielos mitológicos también cuentan otras cosas. Como, por ejemplo, por qué a una estrella rojiza se le puso por nombre Antares. O por qué Géminis está ahora en el horizonte. O por qué Vega será la próxima estrella polar... dentro de 8.000 años. O dónde encontrar el Triángulo de Verano (Vega, Altair y Deneb). O qué creían los antiguos griegos –en particular, los más crédulos– que eran las celebérrimas perseidas, esas estrellas fugaces que corretean por los cielos del verano. O por qué el domingo, en inglés, se dice sunday. Para apuntarse hay que llamar al 954 213 834. La experiencia sale a 6 euros por cabeza, dura 50 minutos y será los martes, miércoles y jueves. Y atentos, porque en septiembre llega una nueva exposición procedente de tres museos científicos gallegos: Eureka, ciencia y creatividad, o cómo los científicos llegaron a las conclusiones a las que llegaron. Prometer, promete.

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