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Quién teme al alcalde feroz

Qué romántico suponer que ayer, por ejemplo, se debatía de candidatos, ideologías y promesas en los bares de Sevilla; o creer que la calle no duerme pensando en qué hará Zoido mañana.

el 11 may 2011 / 19:27 h.

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Tres vecinos (no son los que se citan), hoy en este bar de San Gonzalo.

Todo hablaba ayer de política en la calle Juan Díaz de Solís, uno de los costados del barrio de San Gonzalo. Todo hablaba allí de candidatos, de entusiásticas promesas electorales, de gestión municipal. Todo, menos la gente, que por lo visto tenía la cabeza en otras cosas y no se hacía eco en absoluto del estado de conmoción general que los medios de masas pretenden transmitir, por contagio político, en páginas y más páginas dedicadas a las andanzas de los alcaldables y a sesudas opiniones al respecto de las mismas.

Hacía poco rato que Torrijos había pasado a una pedrada de all í, por el mercado del barrio. Como si hubiera pasado el afilaor. "¡Cantan pasodobles y malagueñas! ¡Qué gente tan católica! ¡Y qué española, la gente de Canarias!", exclama admirado, desde una tertulia en los veladores del bar El Tranvía, un señor que usa como escabel la base de la sombrilla. Entre tres alimentan una charla preciosa hablando de Maspalomas, del clima isleño, de las oportunidades perdidas, de un primo que estaba en Protección Civil. La charla, como el escabel, es sólo algo donde apoyarse para pasar un ratito agradable en la calle, al lado de casa, hasta que suene el pitido de la olla.

Separados de este grupo por una mesa vacía, bajo otra sombrilla se libra una interesantísima batalla gestual entre treintañeros a punto de dejar de serlo: ella, con un habla fervorosa que la arroja hacia adelante; él, con un brazo por encima del respaldo, fumando y mirando hacia atrás en ocasiones, como quien quisiera estar esperando a alguien que no llega. Hablan de trabajo, claro. Posesión del balón: 95% ella. Y ahí que irrumpe (si irrumpir fuese el verbo) un anciano de paseo escoltado por una empleada centroamericana, por un lado, y por el otro un llavero de la Virgen del Rocío no mucho más pequeño sobresaliendo del bolsillo. Ocupan el velador vacío con ayuda de un lotero y de muchas sonrisas y palabras que no vienen al caso. Fin del debate político en el bar El Tranvía, precioso con sus macetas en la reja de la puerta.

A ambos lados de la misma se extiende el imperturbable zócalo rosáceo, de un color como de plastilina mezclada, que identifica todo el barrio. Tampoco ha cambiado el corazón que alguien pintó hace años a la entrada del pasaje Alarcón que conduce al patio interior de los bloques, justo a la derecha de la mosca que se ha creído que aquello es un zaguán. Las losetas del acerado siguen partidas exactamente por el mismo sitio que hace una o dos legislaturas, bajo la misma moto, junto a la misma bolsa blanca arrastrada por el aire, ante los mismos coches en doble fila. Desde los balconcillos, contemplan esa escena las mismas cien o doscientas bombonas de butano de toda la vida. Todo, en fin, hablaba de política allí, como se ha dicho. En los alcorques, alguien ha puesto vasitos de agua para los gorriones. Lo mismo los quita el nuevo alcalde, vaya usted a saber.

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