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Cofradías

Un amigo en San Lorenzo

Una carta escrita en el templo, lágrimas sobre el papel.

el 02 mar 2015 / 11:00 h.

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El Señor del Gran Poder en su capilla de San Lorenzo donde recibe la visita de miles de fieles. / Paco Cazalla El Señor del Gran Poder en su capilla de San Lorenzo donde recibe la visita de miles de fieles. / Paco Cazalla Las tardes poseídas por el grito de los vencejos se le hacían largas, densas, angustiosas. Recordaba aquellas mismas tardes de otras tempranas primaveras como auténticos tesoros, hallados en la compleja búsqueda de una sencilla felicidad. Era capaz de sentir la mano de la muchacha, con su piel tibia, mientras paseaban acompañando a la luz cansada del sol moribundo, que dejaba caer un velo tenue y cálido sobre las tejas pobladas de jaramagos. Pero eran solo recuerdos. Ella estaba a cientos de kilómetros, construyendo el camino por el que pasaría el futuro de la familia que querían formar juntos. Y la sentía, sin embargo, tan cerca. Necesitaba sacar de su pecho todas las caricias que quería dedicarle, todos los besos que ya no cabían en sus sueños, y decidió salir a la calle a describirle aquella hermosa tarde que veía desde su ventana. Tomó con prisas unas cuartillas y una carpeta, y se encaminó al lugar en el que sabía que encontraría el sosiego para escribirle, porque al entrar en la basílica, toda su angustia se desharía en la emoción de un sollozo.Allí, en el silencio que solo rompían los pasos en el mármol y el bisbiseo de alguna oración, le compuso una carta: Hola, mi amor. Tenía que contarte que esta tarde he estado charlando con un amigo. No he ido a verle. Simplemente, pasé por su puerta en la plaza de San Lorenzo, y la vi abierta. Su puerta abierta siempre es una invitación a charlar con él. Él sabe perfectamente cuándo tiene que abrirla. Durante mucho tiempo, muchos han ido a charlar con mi amigo. Buscándole, o también porque se encontraron las puertas abiertas. De hecho, cuando estaba charlando con él, tuve una sensación extraña: como si el eco de los cientos de miles de conversaciones que ha escuchado siguiera flotando en la atmósfera de su casa. Cerrando los ojos, apenas pude distinguir algunos sollozos de mujeres ancianas, y tal vez alguna voz ronca de un padre cansado de las noches sin dormir. Poco más. Pero lo que realmente importa es que eran conversaciones que, a pesar de la angustia y la desesperanza que se desprendía de ellas, estaban diluidas en una paz líquida, como la mar en calma, que tiene sólo un vaivén de olas como el regazo de la madre que acuna a su hijo. Esa era la paz que he encontrado en la mirada de mi amigo. Él habla poco, y cuando lo hace, quien le escucha parece que escucha sus propias palabras, en lugar de las de mi amigo. Así me ha ocurrido a mí esta tarde. Yo nunca voy a pedirle nada. O mejor dicho, casi nunca. Hoy sí que le he pedido un poco de ayuda. No le he pedido dinero, aunque nos haga falta. Tal vez alguna vez se lo pedí y él me hizo ver que, realmente, no era dinero lo que necesitaba, y que aquel del que podía disponer, tal vez fuera más conveniente dárselo a otros que realmente lo necesitan. Tampoco le he pedido salud, ni amor. Siempre le agradezco que estemos bien, y que nos queramos tanto... aunque puede que alguna vez sí que le pidiera que me ayudara a ahuyentar algún fantasma que pululaba por mi cabeza, que no me dejaba quererte —ni quererme— como nos merecemos amar, que es como ahora nos amamos en esta distancia que nos duele tanto. Ni siquiera le he pedido certezas, por mucho que las necesitemos. Solo le he pedido que me repitiera eso que a ti y a mí nos gusta tanto escuchar: «tú tranquilo». Que me hiciera ver en sus ojos, y sentir en las caricias en su tobillo desnudo —no sé por qué, pero mi amigo siempre ofrece el tobillo para que se lo acaricien quienes acuden a hablar con él—, que no hay nada por lo que preocuparse, que alcanzaremos pronto esa tranquilidad, y que la valoraremos mucho más que cuando la tuvimos. Mi tranquilidad, es cierto, ha tenido mucho que ver con las posesiones materiales, pero me hiciste aprender que tenían su verdadero valor en la capacidad de hacerte sonreír como a mí me gusta. Mi amigo me ha dicho, aunque nadie más haya podido oírlo, que esté tranquilo, como yo quería. Lo he escuchado asintiendo, y respirando profundamente (como espero que hagas tú en el instante en el que lees estas palabras). La certeza de poder confiar en mi amigo me ha inundado el pecho, y me ha hecho brotar algunas lágrimas. Es un buen amigo. Los mejores amigos no son siquiera aquellos que nunca te han fallado, sino aquellos de los que sabes que nunca te fallarán, que es lo verdaderamente importante. Pero mi amigo también es exigente. Y así es como tienen que ser los amigos, cuando lo que nos exigen no tiene otra intención que la de asegurarse de que no abandonamos el buen camino. Mi amigo, a cambio de sus palabras, me ha exigido un compromiso que queda entre él y yo, pero que te pediré que me recuerdes siempre, de vez en cuando, por si las prisas o las distracciones me hacen olvidarlo. Mi amigo sería capaz, incluso de perdonármelo si no lo cumpliera. Yo, en cambio, no me lo perdonaría, porque lo que hoy he ido a pedirle es algo muy importante: la felicidad de poder verte siempre tranquila. Te quiero. Y él me ha dicho que también te quiere. Al salir de la basílica, apartando la gruesa cortina que aislaba el recogimiento del templo del griterío de niños que jugaban en la plaza, sintió que ya no le dolía la tarde. Miró las cuartillas manuscritas, y le parecieron escritas por una mano que hubiera tomado la suya para deshacer sentimientos sobre el papel. El sol se había retirado tras remolonear un rato más que el día anterior sobre los tejados.Los vencejos habían apagado sus lamentos, extenuados por los bailes con los que despedían la jornada.Había llegado la noche, y la tristeza se había diluido en el consuelo del amigo que le había abierto sus puertas.

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