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Y con embargo, te quiero

el 09 jun 2012 / 21:11 h.

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´¿Que si estaba fría la cosa? Abría uno el periódico por las páginas de la Expo y le caía encima una estalactita. Y no por falta de gente, que aquello estaba empetado, ni por la meteorología (que más calor que hizo ese año en la Cartuja no se ha conocido en el porche de una cantina del Oeste), sino por la gelidez de los ánimos tras el anuncio, publicado el día 5 de junio, de que el Gobierno acababa de pedir la aplicación del embargo declarado por la ONU ante la guerra genocida de los Balcanes.

"El Pabellón de Yugoslavia en la Expo se cerrará, con toda probabilidad, el próximo 16 de junio", calculaba El Correo. Y por si faltaban pingüinos en este mar de hielo, resulta que la jornada anterior había sido el día nacional de Finlandia. Cassinello, que era un cielo con todo el mundo, dijo en el discurso (él siempre pronunciaba un discursito precioso el día de honor de los países) que Finlandia era "uno de los secretos mejor guardados de Europa". Y entonces las matronas aquellas se pusieron a danzar, entrecruzándose con todo su porte de tralarís y tralarás y encadenando sonrisillas, que venían vestidas como si acabasen de hacer tres toneladas de compota de oso y varias jarras de limonada para llevárselas a los granjeros de renos de su aldea. No porque la limonada sea fresquita, sino por lo que despeja la nariz en los resfriados. Pues así venían vestidas, sí. Mas no acudieron solas. Se trajeron a otro paisano de pro: Papá Noel. En Sevilla. En junio. En fin... Según el traductor on line, sarampión menuíto se dice en finlandés tuhkarokko menuíto.

Pero si alguien pudo imaginarse a Santa Claus con peineta, ese fue el lector de El Correo. Porque precisamente el día en que se despachaba la crónica de los escandinavos, los periodistas se mordisqueaban las uñas de emoción comentando las horas previas al estreno del esperadísimo y españolísimo espectáculo rey de toda la Expo 92: Azabache. Aquello prometía ser un chute de folclore en vena; un no parar de León, Quintero y Quiroga y una bata de cola para allá y otra para acá. Y menudo elenco: Imperio Argentina, Nati Mistral, Rocío Jurado, Juanita Reina y María Vidal. Total, que llega por fin el día... ¡y se aplaza! Se armó la gorda, como suele decirse. Hubo hasta una comparecencia de los responsables ante los periodistas para explicar aquello, porque la decisión se tomó cuando ya estaba todo el papel vendido, durante el último ensayo general. ¿Rumores? De todo tipo.

Se llegó a decir que estaba todo tan mal organizado que, hallándose la Jurado en pleno alarde de voz, durante el ensayo de Tatuaje, fue a apoyarse en el piano de cola y el piano de cola se vino abajo rasgándole el vestido y librándose la artista por los pelos de que la caída del armatoste le hiciera honor al título de la canción en sus propias carnes.
De momento, de Azabache solo estaba el bache. El director, Gerardo Vera, le echó las culpas a la lluvia por la falta de ensayos, y prometió que todo estaría listo en dos días. Los reporteros, viendo gato encerrado, se quitaron los guantes de terciopelo con que suelen tratar a la gente de ese mundillo y se pusieron a meter los dedos, hasta tal punto que Vera, incómodo, saltó con una ironía: "¿Voy a tener que dar un curso de dirección teatral?" Y cuenta El Correo que un periodista le respondió: "No, mejor aplíquelo al espectáculo."

Dos días después, Azabache se estrenaba por fin con el siguiente párrafo entre su crítica: Puede que con el tiempo sea un espectáculo ágil y convincente. De momento hay que conformarse con el nostálgico homenaje a unos nombres ilustres. Lo dicho: aquello era un congelador.
Papá Noel, lo de las batas de cola, lo de Yugoslavia. ¿Qué se podía hacer para quitarse uno ese frío? En los pabellones, cada cual intentaba lo que podía: Alemanía anunciaba que a final de mes repartiría trocitos del Muro de Berlín, mientras que Israel regalaba flores a sus visitantes para celebrar el Shavuot, la entrega de las Tablas de la Ley a Moisés. La Cruzcampo, sin ir más lejos, festejó el 7 de junio su día de honor con un montón de flamenquito: Chano Lobato, Farruco, Enrique de Melchor... Se supo entonces que en ese pabellón se consumían diariamente cinco mil litros de cerveza.

Y para colmo de intentos de provocar emociones con las que entrar en calor y recuperar el ánimo, el Pabellón de Extremadura aprovechó el Día Mundial del Medio Ambiente, el día 5, para soltar a dos cigüeñas que había logrado recuperar en Monfragüe, una que se había roto un ala con un cable del tendido eléctrico y la otra que estaba desnutrida, la pobre. Pues sí: las soltaron con idea de que, aun sabiendo que cogerían el camino a la primera de cambio, por lo menos se pasaran dos o tres días revoloteando por encima de la Expo. Lo curioso es que, con esa idea, y para que no se asustaran, las habían estado aclimatando durantes varios días poniéndoles grabaciones con los sonidos de la Expo. A saber lo que habrían podido decir si en vez de cigüeñas hubieran sido loros.

Pero lo que metió a la gente en caja, lo que caldeó el ambiente de nuevo y repuso el exotismo sudoroso inherente al encuentro de dos mundos donde hace tanto calor, fue la Chiva colombiana. El Correo le dedicó un reportaje el día 9, y ya estaba tardando porque el asunto era impresionante. La Chiva era un camión viejísimo, uno de esos que utilizan los cafeteros colombianos para matarse por las curvas de las montañas, pero tuneado. La matrícula era ME 109 CITO. Y se paseaba dos veces al día por la Expo rebosante de alegría, canturreo, guasa y carnalidad en grado sumo y espectacular.

Dicen que los ancianitos que se subían (porque aquello admitía espontáneos) luego no querían bajarse, los muy pillos. Así que, entre salsa, merengue y curvas peligrosas, iba el trasto aquel por toda la Cartuja con tan contagiosa alegría que en los pabellones por los que pasaba le hacían mucha fiesta, les sacaban a los zancudos, las mascotas o lo que fuese que tuvieran a mano, y allí se montaba una de mucho cuidado. No tenía peligro ni nada, la Chiva. En todos los sentidos: una leyenda popular colombiana, según contó entonces el periódico, trataba sobre ella. Por lo visto, en cierta ocasión, una chiva que hacía la ruta entre Medellín y Fredonia se despeñó con tan mala fortuna que dejó la montaña regada con veinte muertos y diecisiete heridos. Y pasado el tiempo, empezó la gente a decir que, a eso de la una de la madrugada, se veía una chiva fantasma circular por el lugar. Pero no debía de darles mucho susto porque, tal y como recogía el diario, la gente esperaba a que fuese la una de la mañana para pasar por esa carretera. Si era como la de Sevilla, se comprende.

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