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... y con La Amargura todo fue belleza

La salida de la hermandad supuso la rúbrica a un Domingo de Ramos que a última hora de la tarde recuperó su esplendor.

el 01 abr 2012 / 22:20 h.

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¿Quién lo iba a decir? Cuando a primera hora de la tarde el Domingo de Ramos se tornaba en tragedia y Jesús Despojado, La Cena y La Hiniesta veían rotos sus sueños la perspectiva de contemplar, pocas horas después, a a la Virgen de la Amargura desfilar por Feria camino de La Campana se antojaba una estampa imposible. La habitualmente muy cautelosa hermandad demostró que, aunque en el pasado reciente alguna vez pecara de excesiva prudencia, ayer a su hora -poco más allá, a las ocho exactamente- los pronósticos le daban la cancha suficiente como para que el silencio blanco comenzara a discurrir como si aquí nada hubiera pasado, como si este fuera el Domingo de Ramos más perfecto de todos cuantos se recordasen.

Los nómina de nazarenos viraba por la calle Madre Purísima de la Cruz y, bajo un cielo pletórico de claros, el gentío enmudecía. Es un sello de distinción, una firma, una rúbrica de esta señera corporación cuyos penitentes de inmáculado blanco imponen idéntico silencio del que contagian a la muchedumbre otras cofradías de riguroso negro. A buen paso y en disciplinado orden los tramos se iban sucediendo y cuando Nuestro Padre Jesús del Silencio en el desprecio de Herodes era llevado hasta el mismísimo arco de la Iglesia de San Juan de la Palma, en otro punto de la ciudad, María Santísima de la Estrella tomaba idéntica situación en su capilla de Triana. En el corazón de Sevilla, gracias al esfuerzo de 45 costaleros y con la estilizada compañía de una flamante media luna en el cielo, el misterio de La Amargura se ponía en la calle. Fue entonces, en medio de una salida sin percance alguno, con la justa espectacularidad que requiere el suceso, sin exhibiciones gratuitas, cuando los allí presentes tuvieron el pálpito de una constatación. Sólo cuando lo natural se convierte en extraordinario acaece ese esperado momento en que algo nos golpea, acaso un contagioso latiguillo de emoción capaz de congregar cada Semana Santa a miles de almas alrededor de un ritual miles de veces repetido y mil millones de veces deseado.

La Estrella por San Jacinto, San Roque entrando en Campana. Y en San Juan de la Palma la Banda de las Tres Caídas, fiel escudera de la cofradía, comenzó a regar la tarde noche con sonidos imponentes. Pasó por alto el himno y atacó Silencio blanco primero, Cristo del Amor y Desprecio de Herodes después. Y así, en sólo dos chicotás, en Montesión.Todo nos parece clásico en este lugar de Sevilla. Desde la anécdota, esos oficiales calándose con el rictus serio el tricornio, hasta lo esencial, la agrupación Nuestra Señora del Águila entonando, sotto voce, el himno Amarguras mientras que María Santísima bajo palio saludaba a la abarrotada plaza que la aguardaba como una de esas estampas imperdibles, el cromo que no puede faltar en el coleccionable de ninguna Semana Santa. Ahí estuvo. Barnizada por un intenso olor a azahar y con la obra maestra de Font de Anta tocada dos veces. Recreándose en cada compás, en cada mecida que le dieron en esta esquinita mágica de Híspalis.

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