martes, 11 diciembre 2018
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Bandeja de plata moderada para la extrema derecha

03 dic 2018 / 10:54 h - Actualizado: 03 dic 2018 / 15:58 h.

Ya están aquí. No se les esperaba, ni tan siquiera tras la enorme polvareda mediática de las últimas semanas. No, al menos, con doce escaños. España siempre había sido ese bastión en el que la extrema derecha no tenía cabida porque aquí ya estaba representada en el Partido Popular. España era esa pequeña vanguardia europea frente al auge de la ultraderecha, como lo fue en los años treinta hasta que unos rompieron aquel prestigio a través de las armas. Estados Unidos, Francia, Hungría, Polonia, Italia, Brasil, Alemania... esta extensa lista tiene un nuevo miembro. El efecto está claro, las consecuencias son previsibles, pero, ¿y las causas de esta revalorización al alza de la extrema derecha?

Aunque es políticamente incorrecto, sólo la ignorancia y la incultura pueden responder al voto de las formaciones de extrema derecha. No debe entenderse esto exclusivamente en su sentido más peyorativo. Hay que ir más allá de las palabras. España, nación de tumultuosa historia reciente, no supo atajar sus más sombríos males en una Transición superficial. Una Transición liderada por el franquismo converso (UCD) y un partido que no fue oposición al franquismo (PSOE). Un moderantismo, en definitiva, que se erige en eterna prórroga de los males endémicos.

¿Qué lugar ocupa la II República, la Guerra Civil, el franquismo y la Transición en nuestros planes de estudios? Apenas se estudia desde la educación pública, y si con suerte se llega, se hace desde un positivismo histórico que enajena de una visión global a dichos periodos, como si la Historia se construyese tan sólo de fechas y lugares coincidentes en un momento oportuno. La Historia despojada de la sincronía. Un craso error. Un pueblo que olvida está condenado a repetir sus errores porque lo lleva en su tirana naturaleza.

Bandeja de plata moderada para la extrema derecha

Pero la ignorancia y la incultura no es sólo un problema que pertenezca a la ciudadanía. Es una causa que a su vez es consecuencia. Un paso intermedio de una raíz matriz. Consecuencia de una izquierda carente de referentes personales y de contenidos. El moderantismo no es una opción en estos tiempos, la moderación no es una virtud. Aristóteles era un sabio, pero también comete errores. El extremo término medio puede ser tan tirano como la democracia, que apocó su maestro Platón. ¿Dónde está la izquierda? ¿A qué se dedica?

A la corriente conservadora, en general, le funciona bien la relación de soluciones fáciles a problemas complejos. Para la extrema derecha es tan básica como su respiración. Vive de ello. El cambio, la alternativa, no se nutre a base de gestos y de buenismo. La inmigración – por tratar un ejemplo – sí es un problema, y la solución no es acoger dos barcos con 600 migrantes. Ésa es la solución mezquina que plantea la izquierda frente a la expulsión masiva de la derecha y extrema derecha. La inmigración es producto de unas multinacionales que robaron la soberanía de sus pueblos a tantos migrantes, que sin los recursos que les pertenecen fueron a buscar fortuna en aquellos territorios ladrones. Si el ciudadano medio tiene miedo al inmigrante, es tan fácil como boicotear a esas multinacionales y no consumir productos a base de la pobreza y esclavitud de aquellos pueblos perdidos de la mano de Dios. Nadie se juega la vida en el Estrecho para hacer un Erasmus. Ese boicot plantea un cambio de sistema. Y ahí, ahí es donde no está la izquierda y debería.

El discurso de la izquierda se ha infantilizado para no herir sensibilidades. Como aquel niño que respondía diplomáticamente que los dos dibujos de sus dos compañeros eran bonitos. Ya no habla de que el nivel de consumo es exasperante, que para evitar las olas de migrantes quizás haya que renunciar a renovar el teléfono móvil cada dos años, que los recursos básicos no pueden estar en manos privadas, que la soberanía financiera es incompatible con el libre mercado. ¡La izquierda tiene alergia a la palabra nacionalizar! Mientras la extrema derecha puede realizar su discurso lleno de miedo sin miedo ni pudor, la izquierda no alza la voz por temor a infundir pánico, herir, preocupar y amargar a la ciudadanía con que los problemas son complejos, que el mundo es perverso e injusto. Ese moderantismo que trae la izquierda desde la Transición hasta aquí ha sido su mayor condena. Ha querido jugar en un juego que no era el suyo. Ser moderado no es ninguna virtud.

La izquierda ve borroso por petición propia. El debate de las banderas nunca le ha pertenecido, pero se ha enfrascado en ella como si le fuera la vida. Ha sido víctima de este ritmo vertiginoso, frenético y superficial del mundo neoliberal. En Andalucía las elecciones parecían tener un carácter más catalanista que socioeconómico. Andalucía, que es tan nacionalidad histórica como la catalana. Es la herencia de un andalucismo soterrado, quien sabe si ya desaparecido para siempre. ¿Qué hay detrás de las banderas? En el tan aclamado ‘prosés’, detrás de la estelada y la senyera lo que hay es una mayoría absoluta de la derecha formada por el PdeCAT y Ciudadanos. Zanjada la nimiedad de las telas, se pondrán de acuerdo por propia naturaleza. Y la izquierda, que le hace el juego bobo a estos nacionalismos de mentira, se quedará con cara de tonta.

En una situación de redefinición a nivel mundial tras la etapa postsoviética, la izquierda está desaparecida. El reformismo, acción del moderantismo discursivo, es un fracaso. La socialdemocracia, entendida como liberalismo social, no es una solución. El revisionismo Fabiano es una falacia.El problema está en la esencia, en la significación, en el ser del sistema. Frente al fascismo, a la corrupción, al deterioro de la democracia, aunque sea liberal, la izquierda siempre se pone de perfil.La extrema derecha, sin tapujos, siempre se pone de frente a la hora de señalar a inmigrantes pobres, a homosexuales, a mujeres. La izquierda es el perfil de una moneda, siempre de canto a través de malabarismos. No se puede convencer a base de carteles de Juego de Tronos, de la cultura mainstream, de contenido ligero y viral, efectista pero no efectivo.

Bandeja de plata moderada para la extrema derecha

En toda esta situación, los medios de comunicación también arrojan una importante contribución al auge de la ultraderecha. La campaña gratuita, la voz exacerbada para un partido de peligrosas dimensiones para la sociedad es la oposición a la cacareada labor social de la que se vanagloria el periodismo. En tiempos de descrédito de las instituciones y de referentes externos a ellos, entre los que estaba el periodismo, las estrategias propagandísticas del miedo tienen el efecto contrario. Los medios han de paliar la incultura y la ignorancia de la ciudadanía, no fomentarla. Dar luz frente a la nubosidad borrosa. La audiencia ha cambiado.

Nadie ha de discutir que la ciudadanía vive en la autocomplacencia. Con más razón aún, la izquierda debería evitar que se apague la llama del espíritu crítico, de la conciencia de clase y evitar que el pueblo caiga en una deriva lánguida y perpetua. La izquierda tiene una mayor responsabilidad por sus planteamientos teóricos de décadas y siglos de trayectoria. Ser de izquierda es más complejo y difícil que la opción contrapuesta. La opción contrapuesta vive en el escalón privilegiado y su planteamiento, históricamente, siempre ha sido más fácil: mantenerse en ese escalón. Pero, ¿acaso hay otra opción para el progreso social que la de ser complejo y difícil? Feminismo, animalismo, ecologismo y demás luchas sociales han de unirse en ello, porque el frente y origen es común.

La democracia no se blinda en las leyes ni en las instituciones, sino en la mente de los ciudadanos, de sus soberanos. Rousseau distinguió bien entre legitimidad y ley. La democracia instaurada en la ley, pero carente de la legitimidad que debiera otorgar una ciudadanía crítica es caldo de cultivo, abono para la extrema derecha. Nuestra democracia no está legitimada por el pensamiento crítico de sus teóricos soberanos. Hay una indefensión absoluta frente al sistema socioeconómico, que siempre preferirá a la ultraderecha que a una izquierda pensante, crítica y alternativa. A la hora de la verdad no todos los extremos son iguales. Es, simplemente, otro mantra de la extrema moderación.

Daniel Moya es periodista, miembro del Laboratorio de Estudios en Comunicación (Ladecom)


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