lunes, 24 septiembre 2018
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Corpus

02 jun 2018 / 22:21 h - Actualizado: 02 jun 2018 / 22:23 h.

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Me he perdido las mejoras para el Corpus previstas por el Cabildo Catedral, los niños de la Escolanía María Auxiliadora cantando en El Salvador y los cánticos de la plaza San Francisco, aún no he conseguido hacerme con uno de esos libritos que orientaban sobre la oración y el sentido de esta procesión. En cambio he tenido la oportunidad de conocer cómo se vive la fiesta en otro sitio. Toledo es conocido por su Corpus, por cómo adornan las calles, por cómo se implican sus vecinos por cómo viven y sienten esta fiesta central en la ciudad. Pero, como todo, tiene sus cosas positivas y negativas, bondades de las que debíamos aprender, que dan casi envidia, y defectos en los que hemos caído todos.

La Tarasca, los gigantones y cabezudos, el pertiguero llenan de contenido una víspera con actos directamente vinculados con la celebración del Corpus. No hay altares en las calles pero todas están profusamente adornadas con un sentido unitario, cargadas de flores y de luz en honor del Santísimo. Si Toledo es una ciudad hermosa sin todo esto, estos exornos la hacen excepcional. Como excepcional son las vigilias en el interior de los templos y esa oración y los cánticos en San Ildefonso, la iglesia de los jesuitas, también adornada en su fachada. Excepcionales son los tapices que cuelgan de los muros de la Catedral desde bien temprano el jueves. Y el ambiente en las calles, las sillas particulares custodiadas por un sencillo cordelito, las puertas abiertas de par en par y la fiesta familiar en su interior. Nadie se va de Toledo en un día como éste –celebra su feria estos días y los colegios hacen puente– pero la ciudad recibe a todos con los brazos abiertos. Con naturalidad se mezclan los que visten acorde con la celebración y los turistas que optan por el zapato cómodo y la ropa práctica para pasar el día en la calle.

La tradición marca que las bombas anuncian la salida del Santísimo y, cuando retumban en la ciudad, todo el público aplaude. Una tradición hermosa y emocionante pero este año la megafonía se ha adelantado y pedía este aplauso que antes brotaba espontáneo. La misma megafonía, colocada por todo el recorrido, que pretendía ayudar a la oración con cantos y meditaciones acababa siendo tediosa, repitiendo contenidos y orientada al paso del cortejo por Zocodover, la plaza principal. Podríamos tomar nota de la idea pero bastaría con un uso puntual. Los sevillanos, con el repique de la Giralda, como los toledanos con las bombas, saben reconocer perfectamente cuándo la Custodia ha salido a la calle. Quizás baste con el momento de la bendición que imparte el cardenal arzobispo primado. El colorido y variado cortejo también se hace largo porque las representaciones aunque de muchas menos hermandades y cofradías en Sevilla son igualmente extensas. Y con cortes que en Sevilla, por lo que he leído, se han evitado este año. Eso sí, cada uno sabe en lo que estaba y por qué estaba; sabe que es la procesión con el Santísimo, la más importante, no va a lucirse aunque es inevitable la exposición pública y los saludos, y el público correspondía. De todo se aprende.


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