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Haciendo lío

Cuando el pueblo pregona

16 sep 2017 / 21:21 h - Actualizado: 17 sep 2017 / 00:24 h.

San Vicente de Paúl dejó escrito que «la humildad no es nada más que la verdad y que el orgullo no es nada más que la mentira». Hoy sería yo quien les mentiría si no dijera que me hubiera llenado de orgullo que esta vez hubiese dicho sí. Pero la realidad o la verdad, como ustedes prefieran, es que ha sido su humildad la que de nuevo le ha llevado a decir que no a la propuesta. Y qué pena que los sevillanos nos quedemos sin el susurro del alma de la calle que es su voz a la Semana Santa, como la risa a la vida, como la felicidad a la calma o como esas notas que suspira el viento por su casa de la Alfalfa. Y es que cuando es el pueblo quien pregona, la ciudad siempre es la que triunfa. No lo duden.

Yo a ella la he visto pregonar –y de qué forma– cuando su voz narraba el milagro de la piedra y la plata un Domingo de Ramos en San Julián, resguardada bajo el anonimato de su siempre inseparable esponja naranja. Eso decían sus palabras porque sus ojos de madre buscaban a los nazarenos de su casa, que en eso también sabe pregonar. Su voz acompañará siempre la salida de La Redención y sus palabras de cariño a Angelita Yruela, la emoción incontenida cuando el atrio de la Madrugá casi la veía respirar cuando temblaban sus esmeraldas, su elegancia torera sobre la rampa de San Bernardo o su cariño y ayuda a aquel niño que se estrenaba como becario en El Correo de Andalucía y con el que se puso chorreando un Lunes Santo en la puerta de la parroquia del Tiro de Línea. Inolvidable, se lo prometo. Como su sonrisa, lo único de ella que no se ve por la radio –aunque se siente– y que siempre ha sido su mejor pregón.

¿Y en El Cerro? Allí ella pregona a la vida. Da voz a una Semana Santa que parece ya dormida y en la que los barrios son lo poco que nos queda frente al frikismo que nos domina. Yo he crecido en un lugar donde un olé y un aplauso era el mayor piropo para la Virgen, donde lo mejor de cada casa se estrenaba para su día, donde nadie mandaba a callar la expresión espontánea del pueblo. Y de eso ella sabe latín. Por eso Sevilla se merece que alguien vuelva a recordárselo en ese Domingo de Pasión donde todos estrenamos ilusiones que son la herencia más hermosa de nuestras vidas.

Quizás si apagáramos las luces del Maestranza, le pusiéramos una esponja al micrófono y ella pudiera pasearse por el patio de butacas... diría que sí. Solo ella lo sabe. Mientras, la ciudad se lo pierde.

Se llama Rosario. O Charo, si lo prefieren. Charo Padilla. Hasta en su nombre rebosa sevillanía.


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