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La vida del revés

Diario de una investidura (II) o el Apocalipsis de Abascal

23 jul 2019 / 07:01 h - Actualizado: 23 jul 2019 / 08:18 h.
  • Santiago Abascal durante su intervención en el Congreso de los Diputados. / EFE
    Santiago Abascal durante su intervención en el Congreso de los Diputados. / EFE

El debate de investidura está siendo aburrido. Ya estaba todo dicho. Nada es nuevo. Ni siquiera el descontrol de Albert Rivera en sus intervenciones o el mensaje catastrófico de Abascal han logrado que el interés aumentase.

Casado ha crecido como parlamentario. Y es, definitivamente, el líder de la oposición. Su discurso y sus respuestas cruzadas con Pedro Sánchez, han sido coherentes, contenidas y previsibles. Ha logrado que el intento de Sánchez, cargando las culpas de su propio fracaso sobre la oposición de Casado, haya quedado en nada.

Rivera va de mal en peor. El líder de Ciudadanos sigue intentando aparecer como líder de la oposición sin interiorizar algo evidente: su formación es la tercera por número de escaños en el Congreso de los Diputados; es decir, no es líder de la oposición aunque se ponga a patalear. Además, su apasionamiento, algo pueril, le hace parecer un político bastante peor de lo que es. No es nada del otro mundo aunque no es tan malo como pudiera parecer al escucharle atacando sin ton ni son a su adversario. La pasión en política, salvo que seas un estadista de gran talla, no suele funcionar. El discurso de Rivera ha sido más de lo mismo y mostraba un vacío preocupante. Es sorprendente cómo un partido puede perder su capital político en unas semanas tras pelear por él durante años. Ciudadanos, hoy, es una formación que, si se convocasen elecciones en Cataluña, tendría serios problemas ante el electorado porque por no tener no tienen ni líder. Arrimadas ha llegado a Madrid para que su imagen se erosione al mismo ritmo que lo hace la marca C’s.

Pablo Iglesias ha demostrado ser un buen parlamentario. Tenía razones suficientes para perder los nervios y ha sabido controlarse. Serio, incisivo, concreto en sus afirmaciones. Ha estado bien y, cada día que pasa, arrincona un poco más a Sánchez. No va a pisar la sala en la que se reúne el Consejo de Ministros, pero si llega a firmar un acuerdo con Pedro Sánchez su sombra se alargará cada viernes sobre la mesa de reuniones.

El Apocalipsis que anuncia Santiago Abascal suena hueco, rancio y tramposo. La economía se vendrá abajo, nos invadirán los vagos y maleantes de otros países, los países de Europa abusarán y nos recortarán nuestros derechos; el colectivo LGTBI se quitará la máscara y dejará ver que, en realidad, está compuesto por maricones, bolleras y gentuza, que solo se representan a sí mismos y no a los gais y lesbianas que votan a Vox; los niños escucharán en los colegios cosas horribles y los hombres caerán como moscas a manos de las mujeres. Y eso. El mundo se acaba y los demás sin enterarnos.

Pedro Sánchez se defiende como puede en un debate que no se merece el futuro de España. Ni el presente tampoco. No hay programa de Gobierno, nadie sabe qué está pasando, es imposible intuir que quedará a salvo de lo que ha dicho Sánchez en sus intervenciones si llega a un acuerdo con Unidas Podemos.

Mañana, Pedro Sánchez no será presidente. El jueves sabremos si esto se alarga hasta septiembre o si vamos a elecciones o si se produce el acuerdo necesario y Sánchez logra su propósito. Pinta mal la cosa aunque todo puede cambiar de aquí al jueves.


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