lunes, 16 septiembre 2019
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El bien común para avanzar

09 jun 2019 / 09:32 h - Actualizado: 09 jun 2019 / 09:36 h.
  • El papa Francisco besa a un bebé a su llegada a la audiencia general de los miércoles en la plaza de San Pedro en el Vaticano. EFE/ Ettore Ferrari
    El papa Francisco besa a un bebé a su llegada a la audiencia general de los miércoles en la plaza de San Pedro en el Vaticano. EFE/ Ettore Ferrari

En esta ocasión no les voy a hablar de pactos y de posibilidades para articular gobiernos; pero, ciertamente, no dejan de sorprenderme los Partidos Políticos y sus políticos. En Democracia son necesarios; pero tampoco super imprescindibles, como algunos se creen. El lenguaje que utilizan es increíble, gobiernos de progreso, gobiernos de libertad, gobiernos comprometidos, gobiernos del cambio, bueno, se califican como únicos. Podían utilizar gobiernos de convivencia. Confiemos en que el sentido común les haga pactar con sensatez. Los ciudadanos siempre, mientras exista democracia, podremos emitir nuestro voto cada cuatro años; pero en estas elecciones el tema ha quedado claro. Hay dos Partidos que suman estabilidad, en concreto 180 escaños; pero si no se quieren poner de acuerdo poco se puede hacer. Lo de izquierdas y lo de derechas empieza a estar superado. En esta ocasión el tema no va de principios ideológicos, sino de fundamentos que hagan valer nuestra Constitución y los valores que la misma promueve. De todas formas, las fuerzas políticas, tendrán que hacer el esfuerzo de demostrarnos, en estos cuatro años, a los ciudadanos que son creíbles y que pueden ser gobierno, lo cual significa que son constructivos. No hay que olvidar que lo que debe de primar es la vocación de servir.

El Bien Común es un marco referencial para el desarrollo. La doctrina social de la Iglesia potencia el mismo por entender que puede ser la solución a muchos problemas que la sociedad tiene.

El Bien Común, para lograr alcanzar el desarrollo, tiene que relacionarse de manera inequívoca con los responsables políticos, y también con el mercado, con el tejido empresarial y con la sociedad.

Hoy me centraré en los aspectos que los responsables políticos deberán tener en cuenta para realizar su misión de gobierno. En las reflexiones de las próximas semanas abordaré la relación del Bien Común con el mercado, con el tejido empresarial y con la sociedad.

Así tenemos que el Bien Común lo primero que busca es la dignidad, ya que no es factible avanzar socialmente sin que ésta constituya el eje central del desarrollo. La dignidad está relacionada directamente con el trabajo, por ser el que dota a la persona de los elementos necesarios para que su vida pueda realizarse coherentemente. En la encíclica centesimus annus el Papa Juan Pablo II nos indica que "el trabajo pertenece a la vocación de toda persona; es más, el hombre se expresa y se realiza mediante su actividad laboral. Al mismo tiempo, el trabajo tiene una dimensión social, por su íntima relación bien sea con la familia, bien sea con el bien común".

Alcanzando la dignidad nos debemos adentrar en el camino de la solidaridad. Sin esta dimensión es imposible que las sociedades puedan avanzar. La solidaridad implica compromiso por cuanto nos transforma a las personas, haciendo que seamos sensibles a los problemas de los demás buscando soluciones a los mismos. Juan Pablo II en la encíclica citada nos recuerda que la solidaridad es esencial para construir un mundo más equilibrado y justo, tratándose de un término que los últimos Papas han utilizado con diferentes expresiones. "El principio que hoy llamamos de solidaridad y cuya validez, ya sea en el orden interno de cada nación, ya sea en el orden internacional, se demuestra como uno de los principios básicos de la concepción cristiana de la organización social y política. León XIII lo enuncia varias veces con el nombre de «amistad». Pío XI lo designa con la expresión no menos significativa de «caridad social», mientras que Pablo VI, ampliando el concepto, de conformidad con las actuales y múltiples dimensiones de la cuestión social, hablaba de civilización del amor".

La dignidad y solidaridad hacen que los Estados estén pendientes de quienes configuramos la vida de los mismos. Somos las personas las que dinamizamos la existencia de los mismos y no al contrario. Formamos parte de un territorio y tenemos una lengua común con la que nos comunicamos; pero al mismo tiempo tenemos la capacidad de organizarnos para buscar, desde una identidad común, las estructuras necesarias que nos ayuden a la convivencia. Al Estado le hemos delegado roles y queremos que vele por nosotros; pero esto, nunca, puede significar que anula nuestra libertad. Desde esta perspectiva la solución a los problemas sociales viene dada por la implicación directa de quienes configuramos los Estados y, no por lo que hoy denominamos Administraciones Públicas. Juan Pablo II nos recuerda que en la encíclica Rerum Novarum se dice que si León XIII apela al Estado para poner un remedio justo a la condición de los pobres, lo hace también porque reconoce oportunamente que el Estado tiene la incumbencia de velar por el bien común y cuidar que todas las esferas de la vida social, sin excluir la económica, contribuyan a promoverlo, naturalmente dentro del respeto debido a la justa autonomía de cada una de ellas. Esto, sin embargo, no autoriza a pensar que según el Papa toda solución de la cuestión social deba provenir del Estado. Al contrario, él insiste varias veces sobre los necesarios límites de la intervención del Estado y sobre su carácter instrumental, ya que el individuo, la familia y la sociedad son anteriores a él y el Estado mismo existe para tutelar los derechos de aquél y de éstas, y no para sofocarlos.

Los Gobiernos deben de servir y nunca imponer. Los Gobiernos tutelan pero no imponen, proponen, y la ciudadanía decimos a través de nuestros votos, cómo deben de proceder sin que esto suponga ir en contra de los principios y valores que las personas podamos tener. La Rerum Novarum, con más de cien años de existencia, nos recuerda que "la concepción cristiana de la persona sigue necesariamente una justa visión de la sociedad. La socialidad del hombre no se agota en el Estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia y siguiendo por los grupos económicos, sociales, políticos y culturales, los cuales, como provienen de la misma naturaleza humana, tienen su propia autonomía, sin salirse del ámbito del bien común".

El Estado es un facilitador, por lo tanto quien tiene una responsabilidad de Gobierno es un servidor y nunca un controlador. La libertad de la persona está por encima de cualquier gobierno; pero esto solamente se puede realizar articulando un alto nivel de convivencia.

Dignidad, solidaridad y servicio son tres dimensiones que nunca deberían de faltar en un Estado, porque esto supondría arriesgarnos a vivir en un conflicto permanente. Los políticos deben asegurarse de que las estructuras del Estado las fomentan. Tienen una gran responsabilidad.

Si queremos avanzar es preciso que no nos dejemos sorprender por quienes pretenden destruir la convivencia. Vivimos en una sociedad globalizada y deberemos de tender a construir sociedades abiertas y fraternas. Encerrarse no lleva a ninguna parte, al contrario, genera miedo y zozobra; al mismo tiempo que establece parámetros equivocados en los principios que deben de regir la existencia de un Estado. El Mundo, hoy, es un espacio abierto que solamente tendrá futuro si somos capaces de tender nuestras manos y lograr que puedan entrelazarse sin recelos, ayudando a generar confianza. Un Gobierno tiene la obligación de fomentar la cultura del encuentro desde el reconocimiento de la libertad que cada persona debe de tener.

La próxima semana centraré mi reflexión en la relación del Bien Común con El Mercado.


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