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El tiempo de mudanza

12 sep 2018 / 22:30 h - Actualizado: 12 sep 2018 / 22:30 h.

Actualmente la cultura tiene un conjunto de convulsiones que van modificando la forma de producir, distribuir y exhibir la creación cultural. Desde los tiempos en que la música era encargo de los reyes o la pintura de los papas, hasta la construcción de una afán cultural como elemento de democratización y bienestar de las sociedades existe un largo camino donde los elementos que determinan la creación cultural fueron modificándose para poder acomodarse a un público cada vez más numeroso y cada vez más amplio en su educación y, por tanto, con capacidad de distinguir con más precisión aquello que se adapta a sus experiencias y a sus deseos.

Cuando hablamos de música, por ejemplo, podemos ver a J.M. Serrat que es capaz de cruzar varias décadas de la creación musical con aceptación de público del más diverso espectro de edades y condiciones. Ciertamente hablamos, quizás, del pilar más fuerte de la cultura pop (popular) en España. Su evolución no es sólo la evolución de sus públicos iniciales, es ir añadiendo a nuevos públicos. No solamente porque sea un valor que se transmite de padres a hijos y que une generaciones con el hilo de la sensibilidad, es también que su forma de contar y cantar va evolucionando, mas allá de las condiciones técnicas, con una madurez de creación que genera el placer de escucharlo.

Pero esta capacidad es limitada sólo a los muy, muy grandes y en el mundo actual creadores que aparecen y desaparecen en poco años o meses son cosas permanentes. El creador y la creación son un elemento más de consumo que se gasta con la misma rapidez que las pompas de jabón.

Esto por las causas que todos conocemos: muchas veces no son realmente creadores sino simples creaciones de marketing cultural que vuelan alto y caen pronto. Otras porque no son capaces de desarrollar una vida profesional basada en la labor diaria y constante del esfuerzo creador.

Además la fórmula de distribuir la cultura cambia tanto con la digitalización que el universo de potenciales espectadores, lectores... hace que las fórmulas locales tengan cada vez un espacio más limitado. Competir en estos perímetros exige un elevado nivel de profesionalidad, experiencia y capacidad de gestión, además de una flexibilidad y adaptabilidad a los cambios que nos toca manejar. Y, quizás, la más importante de todas la resilencia: la capacidad de caer y levantarse, de seguir a pesar de los resbalones, de continuar en el camino con la vista puesta en el mañana.

Nota: en estos días este periódico vuelve a vivir un período convulso de su existencia, algo que no es ajeno a su propia historia. Sólo desear a la empresa editora y a los compañeros que pongan todo de su parte para llegar a un punto de continuidad real y posible. Seguro que las crisis seguirán, pues son parte de la vida y por tanto de las empresas, pero si esa voluntad de conseguir un futuro se traduce en planes reales y en generar confianza en todos los que hacen posible el periódico (trabajadores, colaboradores, etc...) estoy convencido que el mañana será posible.

Cada parte tiene sus responsabilidades y cada parte tiene sus derechos, pero todas tienen sus obligaciones: desde la empresa que decidió asumir la historia y el patrimonio de este Correo de Andalucía a los que todos los días debemos con nuestro apoyo –comprar el periódico o leer la web– hacer factible su existencia.


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