sábado, 03 diciembre 2016
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, última actualización

Jugando a escribir

18 oct 2016 / 22:45 h.

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Ainhoa quiere ser escritora. Tiene diez años y quiere contar historias que gusten a otros. Anota en su cuaderno de espiral frases que se van convirtiendo en héroes y princesas, en amores imposibles, grandes.

Hace poco descubrió que una historia la puede contar cualquiera, que ser escritor es otra cosa bien distinta. Ahora sabe que la diferencia es mirar con atención, descubrir lo que otros nunca verían si no fuera porque ella será capaz de arrancar un significado nuevo a la palabra vieja y gastada, ver de lejos un verde que puede explicarse desde su olor o corregir su propia vida en un mundo de ficción. Quiere ser escritora y escucha con atención, y mira con curiosidad, y desea sobre todas las cosas saber decir. Sólo eso. Saber decir.

Pronto comprará su primer cuaderno de tapa dura para escribir lo que vaya llegando. Sin orden ni objetivo final. Lo leerá cuando pasen los años y recordará que quiso ser escritora mucho antes que madre o esposa. Temblará de emoción. Y sabrá que su vida cambió el día que dijo «ese es mi deseo», jugando a ser Jane Austen.

Pronto descubrirá la poesía, el lenguaje como herramienta, la soledad al escribir, un discurso propio que le haga levantarse para poder mirarse en un espejo sin reflejo. Sólo verá lo narrado, nunca a sí misma.

Sufrirá sabiendo que no hay tiempo para mucho más, que todo es efímero. Sólo lo pendiente se hace eterno. Y ordenará lo escrito en un altar construido poco a poco. Un altar que tendrá su nombre. Como el de todo escritor.

Ainhoa se buscará en cada línea escrita o leída. Y se encontrará cuando menos lo espere. La violencia de la escritura está por llegar.

Suerte, señorita, que la fortuna acompañe sus sueños y su literatura por siempre
jamás.

Ainhoa quiere ser escritora. Tiene diez años y quiere contar historias que gusten a otros. Anota en su cuaderno de espiral frases que se van convirtiendo en héroes y princesas, en amores imposibles, grandes.

Hace poco descubrió que una historia la puede contar cualquiera, que ser escritor es otra cosa bien distinta. Ahora sabe que la diferencia es mirar con atención, descubrir lo que otros nunca verían si no fuera porque ella será capaz de arrancar un significado nuevo a la palabra vieja y gastada, ver de lejos un verde que puede explicarse desde su olor o corregir su propia vida en un mundo de ficción. Quiere ser escritora y escucha con atención, y mira con curiosidad, y desea sobre todas las cosas saber decir. Sólo eso. Saber decir.

Pronto comprará su primer cuaderno de tapa dura para escribir lo que vaya llegando. Sin orden ni objetivo final. Lo leerá cuando pasen los años y recordará que quiso ser escritora mucho antes que madre o esposa. Temblará de emoción. Y sabrá que su vida cambió el día que dijo «ese es mi deseo», jugando a ser Jane Austen.

Pronto descubrirá la poesía, el lenguaje como herramienta, la soledad al escribir, un discurso propio que le haga levantarse para poder mirarse en un espejo sin reflejo. Sólo verá lo narrado, nunca a sí misma.

Sufrirá sabiendo que no hay tiempo para mucho más, que todo es efímero. Sólo lo pendiente se hace eterno. Y ordenará lo escrito en un altar construido poco a poco. Un altar que tendrá su nombre. Como el de todo escritor.

Ainhoa se buscará en cada línea escrita o leída. Y se encontrará cuando menos lo espere. La violencia de la escritura está por llegar.

Suerte, señorita, que la fortuna acompañe sus sueños y su literatura por siempre
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