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La calle de los instantes

Perderse en San Vicente, un inspirador viaje fugaz a las entrañas de Sevilla

06 jun 2018 / 22:08 h - Actualizado: 06 jun 2018 / 23:39 h.

Era una bonita tarde de junio, a primera hora de la tarde, casi no había nadie en un trayecto que hice propiamente mío. Iba absorta en mis reflexiones rutinarias cuando me adentré en la calle San Vicente, de camino hacia otro lugar. De pronto, sin forzarlo, cambió mi plan. La ruta se convirtió en paseo y se me antojó que tenía tiempo suficiente para empaparme de aquel sitio. Quise saborear la Sevilla que tengo en el pensamiento, aquella de ensueño que me explican los libros y los recuerdos que no he vivido. Me trasladé por puro capricho a la ciudad del pasado, ésa que también es presente por su legado.

Entonces, dejándome envolver por la historia que irradia el punto del mapa en el que me encontraba, me dispuse a observar cada decoro que me rodeaba. Una vez más, la ciudad me ganó la partida. Fui tremendamente consciente de todo lo que me he perdido por la ausencia de lo inmortal.

Recordé, avanzando entre las casas, que muchos nombres que se escriben con frecuencia en las páginas de la memoria sevillana, habitaron aquel tramo de edificios que salpimenta la zona céntrica con gusto, deliciosa personalidad y cierto aire bohemio.

La jugada salió redonda, y es que al exprimir cada metro de aquel recorrido fui consciente de la tremenda fortuna del habitante sevillano. Uno puede decidirse a contemplar los verdaderos tesoros que esconden sus rincones, cuyas historias son verdaderamente ricas. Del mismo modo puede optar por pasar de largo, dejar para otro momento la inmersión y centrar su atención en su vida ajetreada.

Calculé mis pasos y pronto me hallé ante la puerta de la que había sido la casa de Antonio Castillo Lastrucci. En una ocasión me contaron sus nietas aquella vez en la que la Virgen del Dulce Nombre, obra del imaginero sevillano, había ido a visitar a su propio autor para, de algún modo, despedirse. Resulta irresistible imaginar, recrear y así reconocer los secretos que encierran estos lugares del centro sevillano.

Aprendí de nuevo lo que Sevilla se empeña en enseñarme siempre. La belleza está en su memoria, entre las estrecheces y los adoquines, en lo que cuentan las fachadas antiguas. Lo más valioso es aquello que se palpa con los ojos. Un patrimonio sumamente inmaterial que habrá merecido la pena guardarse para sí, ya sea para siempre o tan sólo por un instante. Llegará el momento de reencontrarse con aquello que nunca se va, lo que cuentan las entrañas de la ciudad.

Esta ruta improvisada iba llegando a su final. Alrededor habían ido cambiando las casas por parroquias, los despachos médicos por estudios de pintura, y todo seguía su curso en una armonía absoluta y productiva.

Desembocó mi trayecto a la vista de Murillo. La plaza del Museo es un buen punto para culminar. Pensé en la fortuna de tener tan a mano, a diario, aquel lugar para pasear. Aquella tarde de junio, cuando parecían imponerse una vez más las prisas y el trasiego cotidiano, San Vicente me agarró en su seno, y consiguió que me perdiera entre sus páginas, conjunción de tradición y controversia, colocadas a modo de libro abierto de historias del centro sevillano. Había recorrido la calle de los instantes. Descubrí que el tiempo es relativo en este paraje, y que toda su longitud es un eterno abrazo de Sevilla.


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