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Tribuna

La capital del mudéjar

El mudéjar en su vertiente arquitectónica, que es el que hoy motiva esa petición de declararlo Patrimonio de la Humanidad, no es más visible de un iceberg vital: Sevilla –y, yo diría, que Andalucía por extensión– continuó teniendo una personalidad diferenciada en la España bajomedieval

10 nov 2017 / 23:43 h - Actualizado: 11 nov 2017 / 09:41 h.
  • Iglesia de Omnium Sanctorum desde el mercado de la calle Feria. / Jesús Barrera
    Iglesia de Omnium Sanctorum desde el mercado de la calle Feria. / Jesús Barrera

Quienes han publicado libros sobre la Historia de Sevilla, a menudo, no han tenido en cuenta dos cosas: que su toma a los almohades significó que, primero, por primera vez en su Historia, el reino de Castilla y León tuvo en su territorio una ciudad de verdad y, segundo, que ello traería consecuencias demográficas nuevas.

En cuanto a lo primero, hasta entonces, el mayor enclave de ese reino –que tenía menos de dos siglos– era Toledo, desgajada de Al-Ándalus al mismo tiempo que se producía la primera invasión contrastada –la de los bereberes– a finales almorávides del siglo XI. Como puede verse aun, el perímetro de las murallas que albergan su casco histórico nada tiene que ver con el de las sevillanas que van desde la Macarena a la Puerta de Jerez y desde la Puerta Osario a la de Goles, un cardo y un decumano (más o menos aun hoy visibles) con varios kilómetros de longitud respectivamente.

En relación a lo segundo es necesario enunciar otra premisa: en 175 años los monarcas castellanos habían triplicado la extensión del territorio de su reino en varias pulsiones imposibles de acompasar con el crecimiento vegetativo de la población en una época en la que eso, el crecimiento vegetativo, acosado por enfermedades de todo tipo, era lo único que podía hacerla crecer. La demografía –lo supo Alfonso X, lo sabe Ángela Merkel pero aun lo ignora Trump– no es un chicle, no se estira ni se infla a voluntad y, por eso, Fernando III y su hijo hubieron de echar mano de Alhamar de Granada y de Abdelamón de Baeza para arrebatar Sevilla a los almohades y de la población de Sevilla para hace funcionar la ciudad al día siguiente de su entrada en ella. Esa es la raíz del mudéjar y de su sevillanía.

Eso también se demuestra con tres argumentos. Uno: que, aunque legendariamente se diga que la población anterior partió al exilio por el río, también ahí se dice que Don Alfonso puso a disposición de los vencidos unos pocos barcos. Evidentemente la vía marítima se dejó para la administración almohade como recordaría cien años después, hablando de su abuelo, el filósofo Abenjaldum. Dos: que la salida de la salida hacia Granada de la población indígena (la otra versión legendaria) tendría que haber tenido su reflejo en la de esa ciudad con un barrio llamado de los sevillanos como el Albaicín es el de los de Baeza. Y, tres, con otro más pedestre y que, por eso, no necesita de más raciocinio que el del sentido común: nadie que entra en una ciudad montado en un caballo, se pone al día siguiente a barrer las calles , ahumar el pescado o servir a un amo. Gestoso, por ejemplo, dice: «Algunos (historiadores) consignan que fueron innumerables los que abandonaron la ciudad pero otros estiman no debieron ser en tan gran número y, si lo fueron, no tardaron en volver a ella. Más nos inclinamos a sustentar esta opinión».

En Sevilla se quedaría, como es natural, la población dedicada a oficios y artesanías que existía antes de que entraran los nuevos dueños, sencillamente porque sus individuos nunca fueron ni vencedores ni vencidos en un sentido elitista sino, simplemente, gente normal y corriente.

Celestino L. Martínez, en su libro Mudéjares y moriscos sevillanos nos habla de la población autóctona, tras el paso de Sevilla a la corona castellana: «el emplazamiento y límites de dicho barrio según los testimonios más antiguos que hemos logrado reunir fueron los siguientes: comenzaba en La Costanilla de San Isidoro, hoy Plaza de la Pescadería, con las calles y callejas comprendidas entre la Plazuela de la Verdura y la Plaza del Pan; también por la Alcaicería de la Loza, entraba en la calle de las Siete Revueltas y salía al barrio de Don Pedro Ponce (de León), de aquí pasaba a las calles de la Bolsa de Hierro (prácticamente desaparecida, en la Encarnación) y de San Pedro hasta la Morería... La dicha calle terminaba en la que fue plazuela del convento de Trinitarios descalzos, que unía por Vinatería y Odreros con la plaza de la Carnicería Mayor, también nombrada de la Alfalfa... seguía por las calles... llamadas hoy de Huelva y Luchana hasta la plaza de San Isidoro... Cuesta del Rosario y terminaba en la Costanilla».

La trama urbana formada por estas calles es la que, todavía hoy, lleva nombres de las más diversas profesiones (Odreros, Chapineros, Alcaicería –de la Loza–, Boteros...)

El mudéjar en su vertiente arquitectónica, que es el que hoy motiva esa petición de declararlo Patrimonio de la Humanidad, no es más visible de un iceberg vital: Sevilla –y, yo diría, que Andalucía por extensión– continuó teniendo una personalidad diferenciada en la España bajomedieval porque era el producto de una fusión civilizatoria (a su vez, Al Ándalus también la tuvo por la misma razón dentro del mundo arábigo de la Alta Edad Media).

Y este mudéjar –arquitectónico, literario, artesano, gastronómico, religioso...– será lo que produzca un fenómeno nada frecuente en la Historia: el de la continuidad de una cultura bajo otros parámetros e, incluso, el de su exportación. El primer palacio real de nuestros reyes es el alcázar mudéjar sevillano y España llegó a América llevando el mudéjar por bandera desde Sevilla.


Antonio Zoido es escritor y antropólogo.


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