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Semana Santa heterodoxa (1)

La fe pasa, la Semana Santa permanece

14 abr 2019 / 08:15 h - Actualizado: 12 abr 2019 / 21:31 h.
  • La fe pasa, la Semana Santa permanece

Tuve mi etapa capillita o, mejor, de amante de la Semana Santa como ciudadano activo y cofrade. Mi barrio fue y es San Vicente, hace muchísimos años que no vivo allí pero lo recuerdo cada día, fui feliz en mi barrio y creo que no me daba cuenta porque lo estaba disfrutando. En la parroquia de San Vicente uno podía elegir entre dos hermandades: Las Penas o las Siete Palabras. Puesto que mis amigos del alma Fali y Jorge estaban en las Siete Palabras yo me apunté con ellos y empecé a salir de nazareno. Éramos tan pocos nazarenos en las Siete Palabras –y así sigue- que cuando dejé de salir ya estaba casi al lado del paso del Cristo de las Siete Palabras, de piel blanca, expresión dulce y poca sangre porque en Andalucía y en Sevilla los Cristos apenas tienen sangre y sus rostros proyectan una muerte serena que te aminora el mismo miedo a la muerte.

Algunos amigos de otras hermandades –de los que hablaré aquí- bromeaban y me decían que a ver si llevábamos el Cristo a la playa para que se pusiera más moreno. Uno de los momentos más dichosos de aquella primera juventud mía era el día en que íbamos a por la papeleta de sitio y empezábamos a probarnos túnicas a ver cuál te estaba mejor. Es lo que hay cuando no tienes túnica propia. De lo primero que te dabas cuenta es de la gama de tonos diferentes dentro del color carmesí del escapulario del Cristo de las Siete Palabras –donde yo salía-. Pero al final daba uno con su talla y me iba a casa con mis amigos y mi túnica y se la daba a mi madre para que me la adecentara.

Un año me entregaron el Senatus –no sé por qué porque yo ni lo pedí-. Mi madre me había dejado limpísima la vestimenta pero creo que había almidonado demasiado el antifaz. ¡Ostras, cómo pesaba aquel Senatus Populusque Romanus! ¡La madre que lo parió! Para colmo, como hay que llevarlo con las dos manos y mi antifaz se movía continuamente con el almidón porque se había puesto más amplio que el capirote, las aberturas para los ojos se iban de su sitio y yo me quedaba en blanco (blanco es el color del antifaz y de la túnica).

Hacía poco que habíamos salido de San Vicente, a eso de las 20,45, y hasta las dos de la madrugada no volvíamos, que siempre era más con el ritual del regreso. ¡Qué estación de penitencia iba a tener, Santo Cielo! Aquello sí que iba a ser penitencia de verdad. Entonces se produjo algo que siempre jode pero que he de confesar que me vino bien a mí. Empezó a llover y tras algunas vacilaciones regresamos al templo. Por lo que me cuenta la página oficial de la Hermandad en Internet, debió ser en 1971, yo tendría 16 años. Fue un milagro del Cristo y de la Virgen de la Cabeza porque entonces no salía el Nazareno de la Misericordia, iban dos pasos y no tres. Y con la Virgen, la Guardia Civil, de la que la Virgen es patrona desde 1913. En mis tiempos mozos acojonaban algo porque llevaban, además del tricornio, la bayoneta calada.

Cuando iba por la parroquia miraba el lugar umbrío donde se hallaba el Nazareno de la Misericordia, casi olvidado. Y me preguntaba por qué no salía aquella imagen que me recordaba a los grandes Nazarenos, Pasión y el Gran Poder (era tal vez pasión de hermano). Más tarde leí en alguna parte que en otros tiempos las Siete Palabras procesionaba con tres pasos, uno de ellos el Nazareno de la Misericordia, de manera que cuando salió de verdad me dio mucha alegría aunque yo hacía bastantes años que ni salía ni era hermano, ya había perdido la fe pero no el amor por la Semana Santa.

No hice apenas vida de hermano antes del Miércoles Santo, sólo recuerdo un día poco antes de la llamada Semana Mayor en el que alguien, en la iglesia, me puso a darle lustre a aquel ostentoso palio de plata que cobijaba a la Virgen y me acuerdo por el tiempo y el trabajo que costó abrillantar ese techo pero todo fuera por la causa. Aquel palio –techo de plata, bambalinas de plata- era “acusado” de rígido por el mundo cofrade y terminaron quitándolo pero era original. Por cierto, creo que la virgen de la Cabeza no es una imagen de virgen sino de ángel, de hecho se la intentó sustituir pero no sé qué jaleos habrá habido en el seno de la hermandad. A mí sin embargo siempre me ha parecido preciosa, una mujer joven y con el moreno justo en su color de piel.

Era entrañable salir en las Siete Palabras. Veía entre el respeto y el desdén a los miembros de la familia Ochoa que impulsaban a la Hermandad –a mí me parecían algo estirados- pero el ambiente antes, durante y después de la salida procesional era divertido, cosas de niños y de púberes. A quien más recuerdo es a Felipe, un colega del barrio muy alto que siempre llevaba el “bacalao” y un año le dio por repartir gajos de naranja de caramelo de ésas que se compraban en la confitería La Campana o similares.

Me fui del barrio definitivamente a principios de los 80. Había vivido un tiempo en San Lorenzo pero en los 80 me marché a Triana y nunca he regresado al barrio. Tampoco vivo ya en Triana donde estuve hasta 2010, aproximadamente. Mi madre iba a verme a Triana y me decía que el señor que cobraba mi pertenencia a la Hermandad de las Siete Palabras había pasado por casa a cobrar mi cuota. Le respondía que me diera de baja. “No, hijo, la pagaré yo, a ver si Dios nos va a castigar”, era su respuesta. Mi madre... Me emociono escribiendo esto. El Alzheimer se la llevó físicamente porque mentalmente ya hacía años que estaba ida, ¡qué terrible enfermedad! Gracias al pago de mi madre, un día me llegó un diploma: 25 años como hermano de las Siete Palabras. Es mi pasado del que me siento orgulloso, como de mi presente, como de toda mi vida.

Soy materialista y ateo pero jamás admitiré a esos ignorantes que afirman ser progresistas y de izquierdas pero atentan contra su propia cultura, contra el arte, contra los sentimientos de mucha gente porque sin sentimientos no se puede vivir. La Semana Santa es patrimonio de todos, hay una semana santa para creyentes, para amantes del arte, de la antropología, de la estética, de la sociología, de las emociones en general, de la psicología, de la poesía o la narrativa. Hay una semana santa para ateos, en ella –y en su música- cabemos todos porque, a fin de cuentas, conmemoramos la muerte de alguien que se rebeló a su manera contra el poder establecido, que vino a encender hogueras, no a apagarlas.


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