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La última (historia)

Los dólares de Sevilla

11 sep 2018 / 22:30 h - Actualizado: 11 sep 2018 / 22:39 h.

No ha sido una desgracia que sobreviene sin que nadie tenga culpa de ella sino el producto de la combinación de un sistema electoral con muchos restos del obsoleto período de democracia censitaria y la desidia de muchos ciudadanos que no ven la importancia de plantarse cuada cuatro años ante una urna de cristal y depositar allí el nombre de quien uno cree que debe regir los destinos de todos. Pero el caso es que Donald Trump está haciendo retroceder su país y ayudando también a que el mundo retroceda con una frase tan estúpida como efectiva: «Hagamos que América (todos los autócratas abusan de la metonimia tomando continuamente el continente –América– por el contenido– USA–) como si los Estados Unidos hubieran existido desde toda la eternidad y, desde allí, siempre hubieran sido grandes.

Eso no es más que una ensoñación que, desde este energúmeno a su mellizo Puttin o el president Torra, repiten –como antes repitieron Franco, Mussolini, Hitler, Oliveira Salazar, Pinochet y un largo etcétera– todos cuantos, en realidad, quieren ser grandes ellos sin necesidad de que la gente se lo confirme.

La verdad histórica es que el país formado a partir de los territorios que George Washington, a la cabeza de cientos de miles de colonos ingleses, hiciera independientes de Inglaterra tiene mucho que ver en esos principios con la ayuda prestada por Francia y España, enemigas entonces de la Pérfida Albión. Los franceses –siempre muy avispados y casi siempre demócratas– se encargaron de pregonar, generación tras generación, el valor de la ayuda prestada, algo que no hizo nunca España (y sigue sin hacerlo) en parte porque, al no ser hasta hace menos de medio siglo una democracia, nuestros dictadores locales no podían decir que habíamos contribuido a llevar a cabo lo que ellos prohibían y, en parte, porque no habitamos nuestra propia Historia.

Sin embargo el caso es que no sólo tuvimos mucho que ver con la independencia de los Estados Unidos no sólo en lo que a acciones bélicas se refiere –que también, porque Bernardo de Gálvez fue de hecho un militar rebelde más, clave en las derrotas británicas en el territorio de Florida– sino porque uno de los puntos neurálgicos de cualquier comunidad que, hace dos siglos, aspiraba a ser libre era la moneda y el dólar, al que ahora presume Trump de estar salvando, era en realidad una versión del Real de a ocho español.

Hace muchos años (como ocho o nueve) en el Archivo de Indias estuvo expuesta la muestra El Hilo de la Memoria. 300 años de presencia española en los Estados Unidos, una exposición que dio a conocer no sólo la extensión de los territorios hispanos en USA sino también otras huellas como las del centro de Nueva Orleans, que no es francés como se dice (aquel era de madera y se quemó con anterioridad) sino de construcción española, levantada con ladrillos por un comerciante de Mairena del Alcor, Andrés de Almonaster. Allí pudimos enterarnos de que el Congreso norteamericano nombró en 1783 al rey de España Protector y Defensor de la Independencia de los Estados Unidos, o que Pensacola, en Florida, (la ciudad en la que el malagueño Bernaldo de Gálvez tomó después de derrotar a la flota inglesa) fue española hasta 1822 y entregada voluntariamente a los estadounidenses. El mismo Bernardo es uno de las pocas personas declaradas ciudadanos norteamericanos de honor y su retrato está en el Congreso.

Pero, centrándonos en el dólar, recuerdo que en una vitrina de la exposición había un billete de papel–moneda que, en vez de decir, el Banco de... entregará al portador tantos euros (o la moneda que sea) decía «este billete da derecho al portador a recibir cuatro monedas de dólar español». El spanish dollar era el real de a 8 o duro, fundido en varias cecas como la de Nueva España, en México o en la de la Casa de la Moneda sevillana, enfrente del Archivo. El nombre de dólar tampoco es americano y, ni siquiera, inglés: es la traducción al inglés de la palabra tálero, la moneda con esmerados dibujos que, en el XV y el XVI se usó en Alemania, Austria... y España por haberla introducido Felipe I, el Hermoso, padre de Carlos V. El peso español tuvo curso legal en USA hasta 1857 y fue el patrón no sólo de esa moneda sino también del dólar canadiense y del yuan chino pues llegaba hasta allí en grandes cantidades, vía Manila.

El reverso del real o peso era el de las armas del emperador, su escudo franqueado por las dos columnas de Hércules con el lema Plus Ultra –como pregón de que había ido más allá– enlazándolas como si fuera una S. Es el mismo que campea repetidamente en la piedra y la madera de la Casa Consistorial, en la Plaza de San Francisco, en el lateral que da a la Avenida y también en la planta alta del Patio de las Doncellas, en el Alcázar. Esa “S” que enlaza dos líneas verticales sigue siendo el símbolo que sigue representando hoy a la moneda de la América que, según Trump, ha de volver a ser grande.

Esas imágenes de los símbolos imperiales españoles son también una advertencia: todos los imperios pasan.


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