martes, 14 agosto 2018
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Mi túnica

14 mar 2018 / 20:57 h - Actualizado: 14 mar 2018 / 20:57 h.

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Cada año vuelves fielmente a colgar del armario. Mitad hábito de penitencia, mitad vestidura gloriosa. Sabes cuánto te aprecio. Hay quien afirma que sólo sirves para ocultar el rostro y la identidad. Pero yo sé bien que también eres prenda de honor, porque me revistes de gozo delante de mis titulares el día más importante del año. Será por eso que te anhelo y me enorgullezco de ti. Formas parte del patrimonio sentimental más importante que puedo atesorar en este mundo. Mi túnica, mis túnicas... Recuerdo ahora tardes de Cuaresma, en las que llegaba del colegio –debía ser con ocho años– y lo primero que hacía era buscarte en aquel saquito rústico, para revestirme de tu lienzo blanco y tu antifaz de raso azul montserratino, y darme un paseíto por el pasillo de casa. Mi padre sonreía... Y recuerdo la ilusión de aquel año en que te estrené –mi querida primera túnica macarena–, y los ojos brillantes de mi madre viéndome feliz ante los fantásticos escudos bordados de San Basilio y San Gil, que había comprado en la calle Francos sin escatimar el más alto precio. Vuelves fiel cada año. Mitad sacrificio, mitad gozo. Mitad humildad, mitad sano orgullo... ¿Qué decirte mi querida túnica nazarena? Van pasando los años y formas parte de esas fibras más indelebles de mi vida, de esa historia personal entretejida de momentos felices y alegres, y de días de dolor, de luchas y frustraciones, de pérdidas de padres y amigos que van dejando puntadas de esperanza, sabiendo que no volveremos a vernos hasta el más allá. Porque esa, mi querida túnica nazarena, es la tarea final que tienes encomendada. La de servirme de última y definitiva vestimenta cuando sea llamado por el Padre. Dicen voces más autorizadas que eres revestimiento simbólico del sacrificio del Señor, que nos vestimos de Cristo en las estaciones de penitencia. Y sin negarlo, mi querida túnica nazarena, sabes que sigues siendo el refugio de tantos recuerdos que traen lágrimas, bajo el raso color azul cielo de Montserrat. Y sin negarlo, mi querida túnica nazarena, sabes de mi gozo, de mi satisfacción y mi vanagloria cuando me siento arropado por ti para iniciar esa Madrugá única. Al calor del merino de esa capa amplia y elegante... ¡ay cuando me la colocaba mi madre! En el anonimato que regala tu antifaz acrisolado de verde terciopelo, y al compás de unos cordones trenzados en hilos de oro y seda. Color verde Esperanza. Siempre verde Esperanza


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