lunes, 24 septiembre 2018
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No me gusta

17 ago 2018 / 21:02 h - Actualizado: 17 ago 2018 / 22:37 h.

El profesor de Comunicación de la Universidad de Navarra Javier Serrano-Puche comentaba esta semana, dentro de un reportaje sobre las adicciones tecnológicas tan en boga, que «la vida digital se cuantifica en likes [me gusta] y en nuevos seguidores y eso lleva a los jóvenes a pasar horas en internet». No solo a los jóvenes, sino a todo el mundo, aunque se identifique a la mocedad con las nuevas tecnologías por una analogía perversa y acomplejada. Después de todo, hemos tenido suerte: al final, el estrepitoso fracaso de las redes sociales como foros reales de encuentro –más allá de informar sobre dónde se sirve la mejor ensaladilla, que no es cosa menor pero sí insuficiente– no ha cuajado en un nuevo poder en manos de los intransigentes y los fanáticos. Pero en ese camino hacia la inanidad sí que van a quedar víctimas por las cunetas. Ya están a la vista. Conozco a una señora a la que el tener cerca de sesenta castañas no la ha eximido de sentirse absolutamente desolada por las permanentes frustraciones que le genera su vida digital, por no tener suficientes me gusta a sus ocurrencias –cada vez más peregrinas y tristes por ese prurito–, por no conseguir tantos seguidores –que ya tiene tela la expresión–. Más me asusta la situación de quienes creen haber encontrado un remedio a la soledad en este engañabobos detrás del cual no hay nada, salvo el error de dejar de salir, de dejar de quedar, de dejar de hablar con los próximos, de olvidar a los viejos amigos, a cambio de un espejismo que incluye la foto de un gato o un selfi en la punta de alguna grúa a punto de desplomarse. No envidio a quien no apaga el móvil. La vida no se puede tasar por el número de aprobaciones recibidas por parte de perfectos desconocidos y gente que no nos quiere. Y no hay botón que cure eso. ~


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