lunes, 19 noviembre 2018
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, última actualización

Pueblo y playa

04 sep 2018 / 19:56 h - Actualizado: 04 sep 2018 / 20:19 h.

El viento de estas tardes que acompañan el estreno de septiembre nos lleva de la mano hasta aquellos veranos vencidos en los que, con los bártulos preparados, tocaba volver del pueblo para preparar el trajín de la vuelta al cole. Lo excepcional empezaba a devolver su sitio a la rutina... Parte de las vacaciones habían transcurrido en una costa que aquella carretera endiablada y encajada entre montañas antojaba remota. La playa, estrecha y familiar, estaba fijada a un breve peñón sobre el que giraba con nocturnidad la luz de un faro pintado en blanco y rojo. La otra mitad del estío transcurría –plácida, fresca, muy lejos del mar– junto a un campanario de altísimo chapitel de pizarra que emergía por encima de cualquier altura en el páramo recortado por el río Tajo.

Ha pasado mucho tiempo. Quizá demasiado. Pero estos atardeceres presurosos, la luz de Poniente que se pinta con prisas, nos transporta a aquellas tardes infantiles que sabían a colacao y pan con mantequilla. Los días empezaban a oler a papel nuevo, a libros por estrenar que se forraban con plástico y se rotulaban con los letreros adhesivos que imprimía el bizarro dymo. El pueblo, la playa y las personas que pululaban en ellos habían quedado atrás pero reverdecen ahora con este viento fresco que acompaña el crepúsculo y aviva el recuerdo. Tendrían que pasar diez meses más para volver a los mismos sitios, a sentir el mismo mar, a pisar la misma tierra, a estrechar las mismas manos... Son tiempos, sitios y personas que no volverán. ~


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