viernes, 19 julio 2019
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Salud y educación

18 ago 2018 / 23:00 h - Actualizado: 18 ago 2018 / 23:00 h.

He ido a un centro de salud y me han despachado sin mirarme. Culpa mía, sin duda, porque las personas que me atendieron estaban allí «sólo para las urgencias» y el motivo de mi consulta no lo era. Mi estado podría haberse agravado igualmente, porque la señora que me recibió no se dignó a levantarse del sillón en el que estaba repantigada en compañía de su teléfono móvil. Vamos, que no pudo saber si era urgente lo que me pasaba o no, porque no se molestó en comprobarlo.

No quiero meter el dedo en la llaga, pero igual que los sanitarios se quejan de que ciertos pacientes les faltan al respeto, yo sentí en ese momento la falta de educación con que esa mujer me desatendió. Y porque soy de natural conciliador, que si no diría que se mereció que la ilustrara sobre cuatro cositas, la primera de ellas que quedarse arrellanada en el asiento no es el modo más correcto de dirigirse a un potencial paciente/interlocutor. En su casa, viendo la tele en familia... pudiera ser, pero no era el caso, no.

En fin, el eterno dilema entre el ojo clínico, o la profesionalidad en general, y la amabilidad. Pero digo yo que aquí se puede comportar como un cretino el doctor House y poco más, porque es un personaje de televisión. Otra vez voy a volver sobre la necesidad de que las personas cuyo trabajo implica el trato directo con otras personas deben recibir formación para conducirse correctamente. Los programas académicos se centran en los conocimientos y postergan la educación, los valores y la cortesía mínimos para hacerse agradable a los demás. Un asunto no precisamente desdeñable en el caso de los sanitarios por mucho que las series de televisión se empeñen en lo contrario.

Por si a alguien le interesa, yo cuando voy a un comercio cualquiera y el dependiente no me atiende como es debido, aunque el producto me guste mucho, mucho, muchísimo, me voy a comprarlo a otro sitio. Lamentablemente, cuando estás enfermo no tienes elección: ruegas a dios y a todas las fuerzas del universo que el imbécil que te está tratando sea tan lumbrera como House o el good doctor y aguantas el chaparrón.

Por hablar de lo que sé: en cuántas ocasiones he escuchado de alguien que se comporta groseramente «pero es un gran periodista». Pues no. A mi modo de ver, no se puede ser un gran nada si te falta consideración y respeto por los demás. Ni un gran cocinero, ni un gran abogado. Ni mucho menos un gran médico o un gran profesor. Por muchos conocimientos que tengas de tu quehacer profesional, tú a grande no llegas sin ponerte como mínimo derecho en la silla para hablar con el prójimo.

A qué punto no habremos llegado de esta despreocupación por el trato amable y educado en el desempeño profesional que cuando nos encontramos a alguien que cumple sus obligaciones frente al público con atención y cordialidad es inevitable exclamar: «así da gusto», y no caemos en la cuenta de que su trabajo consiste precisamente en eso, en facilitarnos la gestión, la información o el servicio del que se trate con la suficiente cortesía como para que no salgamos de allí echando pestes. Como salí yo del centro de salud, donde aquella señora me hizo sentir que era la culpable de todo el caos sanitario, las listas de espera y la falta de personal. Seguro que pensó que la desconsiderada era yo por ponerme mala fuera del horario de consulta. La próxima vez intentaré hacerlo a mejor hora, pero por favor, usted siéntese bien, al menos.


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