jueves, 23 noviembre 2017
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, última actualización
Fin de pista

Santos y difuntos

31 oct 2017 / 22:56 h - Actualizado: 31 oct 2017 / 22:57 h.

Las lamparillas de mecha y aceite habían quedado encendidas en la encimera de la casa grande alumbrando la noche de los difuntos. Los roscos y los huesos de santo ya endulzaban la sobremesa de los mayores y los chicos habíamos desempolvado el abrigo para hacer ese viaje inexcusable que partía en dos el largo trimestre. Había que cruzar media España, remontando la vieja nacional cuarta, para honrar a los muertos y la tierra añorada en la reposaban. Era un rito obligado, un reencuentro con el pueblo remoto que la memoria del niño levanta entre el viento frío y seco que saludaba el hormigueo de deudos y familiares a las puertas del cementerio en la mañana del primero de noviembre en aquel confín de La Mancha.

Los cipreses inquietantes apuntaban al cielo a un lado del camino que se abría sobre la tierra calma. El camposanto no estaba lejos del caserío y la visita, zafado de los mayores, se convertía en un recorrido tan curioso como sobrecogido entre las lápidas y los panteones buscando apellidos familiares, la sorprendente mortandad de tantos niños, las fotos kistch de algunos nichos... No ha pasado tanto tiempo de todo aquello pero las costumbres sí han caminado por otras sendas alejándonos de lo que un día fuimos. Los niños de hoy han hecho suya esa fiesta horterona e importada que antes sólo veíamos en las películas. Parece que ha llegado para quedarse, formando parte de esas costumbres prestadas que nos alejan de la verdad, de la vida y la muerte. Nos es un hecho casual. Así nos va.


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