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Sobre Carme Chacón y Rubalcaba

13 may 2019 / 17:48 h - Actualizado: 13 may 2019 / 12:00 h.
  • Sobre Carme Chacón y Rubalcaba

Hablar bien de los muertos es uno de los tabúes de la sociedad española. Como todo, la explicación es simple y deriva de que la envidia se diluye con el óbito, de modo que en general quien parte, deja de estar y eso reconforta a la sociedad que descansa.

Será por eso que España despide bien y entierra mejor.

Si además los fallecimientos son coincidentes con los procesos electorales, denostar a los muertos constituye algo vedado, siquiera sea por la ley del Karma, englobada también en nuestro país bajo el corsé de la superstición.

La muerte de Rubalcaba me ha traído a la memoria la vida de Carme Chacón, cuyo hijo huérfano vive en Cuba y de cómo la historia se escribe siempre por los vencedores y se canta en forma de taranto por los derrotados, aunque siempre se descubre tarde que tanto la primera como la segunda carecen de trascendencia alguna al pasar los años.

Fue Venizelos en la Conferencia de Paris en 1.919, quien logró la máxima expansión para Grecia en su historia; su talento fue el que forjó la expulsión del Rey Constantino, al que no adicionaré “de Grecia”, porque son los griegos los que le apartaron de dicho apodo y aun perdura. (los alemanes apoyados por el Rey depuesto, no mucho después asesinarían a casi el 7% de la población griega).

Aquí nadie alza una voz disidente; quizás porque la opinión pública no existe, silenciada y exterminada. Nadie recuerda los asesinados por el GAL y a sus familias, como nadie puede retribuir como interés de Estado la conversión de la abdicación en una perpetuación emérita de la impunidad.

Y frente a este Carrusel Deportivo absolutamente reprobable, con el minuto y resultado de la muerte de un ser humano, quiero evocar a Carme Chacón.

Y quiero hacerlo porque sin duda tuvo una vida desgraciada; probablemente como consecuencia del común y privilegiado error de introducir la política en las claves de la existencia. Quien llama a abrir la puerta del poder, encuentra el miedo y la traición como compañeros ineludibles de su trayectoria.

Y quiero recordar el exilio socialista, que se fracturó en campos de concentración y paraísos evocados dispares, porque una cosa es, como dijo Maria Zambrano, la luz viviente del sol y otra la claridad como principio de la vida.

Por eso, con todo el respeto a todo fin de un ciclo vital, frente a los monolitos y a los entierros de Estado, quiero quedarme con la claridad de las playas de Cuba, donde un muchacho pasea, ignorante de que la maldad intrínseca del ser humano halla acogida en los discursos e impostadas lágrimas de sus cómplices o encubridores.

Y como siempre me quedo con mi tierra y su cante. El cante siempre refulge a los perdedores, protagonistas eternos de los versos de Tennyson o Juan Ramon.

Así que enciendo el reproductor y en la garganta de Chocolate,

“Yo no le temo a la muerte

porque morir es natural

le temo más a la vida

porque no sé voy a llegar

con esta cabeza mía

Descanse en paz Rubalcaba y que Dios nos ampare a todos; mientras tanto, deslumbrenos mientras podamos la claridad de la existencia desprovista de la vanidad inane de los marchas fúnebres.


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