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¿Somos o no somos flamencos?

19 may 2017 / 23:05 h - Actualizado: 19 may 2017 / 23:05 h.

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El pasado lunes hice una pregunta en La Tostá: ¿habrá algo para Sevilla?, en referencia al museo del flamenco que se hará en Jerez de la Frontera, que por cierto es un proyecto de hace medio siglo y que impulsó la Cátedra de Flamencología de Jerez, dirigida por el ya desaparecido compañero Juan de la Plata. Con motivo de este artículo, enseguida surgieron protestas en las redes sociales desde todas las provincias andaluzas, lo que deja claro que el asunto interesa bastante, aunque contraste con la indolencia general que existe con ciertos aspectos de nuestro arte en la actualidad.

¿Por qué en Jerez de la Frontera y no en cualquier otra ciudad de nuestra comunidad? Jerez no es mal sitio, porque costaría entender el flamenco desde el punto de vista histórico sin la aportación de esa tierra. Tampoco lo sería Cádiz, donde no hay nada y el flamenco está dejado de la mano de la Administración andaluza y del Ayuntamiento, con la importancia que tuvo la Tacita de Plata en la creación y el desarrollo de este arte. Si unimos Cádiz, Jerez, Algeciras, San Fernando y el Puerto de Santa María, solo estas cinco ciudades, parecería lo más lógico, y no creo que haya que ser muy entendido para llegar a esta conclusión.

Pero, ¿por qué precisamente en Jerez? Allí también se puso el Centro Andaluz del Flamenco, que hoy es el centro de documentación flamenca más importante del mundo, lo que no quiere decir que funcione bien. Entre otras razones porque no cuenta con un buen presupuesto ni ha tenido nunca un buen director o una buena directora, aunque sí un manijero fantasma que cobraba sin ir al tajo. El hecho de que les fuera encomendada la dirección a personas como el cantaor sevillano Segundo Falcón o a Olga de la Pascua, demuestra lo que les importa el flamenco a los responsables de la Junta.

Todo no lo van a poner en Sevilla, ¿no? ¿Cómo que todo? ¿Qué hay en Sevilla dedicado al flamenco? ¿Qué hay en Triana, en la Alameda o en la Macarena? No existe ni un mísero centro de documentación en una ciudad que ha sido siempre vital para este arte. No hay ni un libro sobre la historia del flamenco en la capital andaluza, donde nació y murió Silverio Franconetti y en la que sus famosas boleras y boleros llevaron el baile por el mundo hace mucho más de siglo y medio. En la ciudad donde nacieron también la Niña de los Peines, Pastora Imperio, Manuel Vallejo, Manolo Caracol, Antonio el Bailarín o el Niño Ricardo. Y a la que vinieron a doctorarse don Antonio Chacón, Manuel Torres, La Macarrona, La Malena, Paco el Barbero, Dolores la Parrala, El Canario de Álora o las Coquineras del Puerto.

Con independencia de lo que pueda hacer la Junta de Andalucía, ¿qué podrían hacer por el flamenco el Ayuntamiento de Sevilla y la Diputación Provincial? No me refiero a montar un museo, sino a dar a conocer la historia de este arte en nuestra ciudad. Decenas de investigadores del mundo me han preguntado muchas veces que dónde pueden informarse, en Sevilla, sobre los artistas que han nacido aquí y que tanta importancia tuvieron en la creación del arte jondo. O de sus cafés cantantes, que fueron famosos en todo el mundo. O de sus academias, que ya jugaban un papel importante en el inicio del XIX.

No los puedo mandar a Jerez porque en el Centro de Documentación del Flamenco no tienen apenas nada. Es que por no tener no tienen ni buena documentación sobre los artistas de aquella tierra. ¿Qué le pueden dar si alguien va pidiendo información sobre Juan Junquera, el Silverio jerezano, cantaor y empresario de cafés cantantes? No saben quién era, cómo se llamaba, cuándo nació o cuándo y dónde murió. Ni quién era su mujer o sus hijas, también artistas. Eso sí, quieren un museo del flamenco pagado por todos los andaluces, con una sala dedicada a Lola Flores. No a la que fue la mejor bailaora del mundo en su tiempo, Juana la Macarrona, o al mejor cantaor de todos los tiempos, Don Antonio Chacón, sino a La Faraona.

Me apena lo poco que saben los sevillanos sobre la historia del flamenco en Sevilla. Que un madrileño como José Blas Vega tuviera que venir a hacerle una biografía a Silverio y a escribir sobre los cafés cantantes, sin que nadie se lo haya agradecido en vida. O que un poeta romántico y medio macandé de Archidona, José Luis Ortiz Nuevo, creara la Bienal y tampoco haya recibido aún el homenaje que merece, con lo que el festival sevillano le ha dado a nuestra ciudad en las tres últimas décadas, casi cuatro ya. Que el más grande del baile sevillano, Antonio Ruiz Soler, esté enterrado junto a los servicios del cementerio, donde solo lo ven los que van a hacer pis. O que nada recuerde a Manuel Vallejo.

En un pequeño libro, el cantaor y escritor de Aznalcóllar, Luis Caballero Polo, se preguntaba en el título de la obra: ¿Somos o no somos andaluces? Los sevillanos, ¿somos o no somos flamencos? No de taberna o de fiestecita rociera, que eso lo sabemos, sino de corazón y siendo conscientes del tesoro que tenemos en esta ciudad. ¿Por qué no luchan los sevillanos un poco más por este arte, de lo que lo hacen? ¿O por qué se tragan todo lo que programan en la Bienal y los refritos flamencos de Canal Sur Televisión?

Cuando me acerqué por primera vez al mundo del flamenco, a mediados de los setenta, me encontré en Sevilla con grandes aficionados que querían trabajar por este arte desde las peñas, entonces aún no politizadas y autosuficientes. Existían buenos programas en las emisoras de radio de la ciudad y los festivales de los pueblos eran verdaderas escuelas, repletos de grandes figuras, algunas de ellas sevillanas. A pesar de la fuerza de Madrid, con sus importantes tablaos, Sevilla era el centro del flamenco y los aficionados se buscaban para charlar sobre Antonio Mairena, Manolo Caracol o Pepe Marchena. No sé si era porque empezaba, por los pocos años, pero había otro ambiente muy distinto al que existe en la actualidad. Y tiempo de sobra para soñar. Ya, ni eso. Una pena.


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