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Daños irreparables

17 abr 2017 / 22:37 h - Actualizado: 17 abr 2017 / 22:40 h.
  • Daños irreparables

Este año, la Semana Santa en Sevilla ha sido espectacular. La climatología ha acompañado todos los días y a todas horas. La capacidad hotelera de la ciudad se ha visto ocupada casi en su totalidad. Cientos de sevillanos, aunque haya sido por unos días, han podido trabajar debido a la demanda del sector hostelero que ha logrado una cifra de facturación espléndida. Y cientos de miles de euros han llegado a la ciudad gracias a un turismo que buscaba la belleza, la emoción, el rito o un recogimiento que solo proporciona la Semana Santa en Sevilla. Han sido unos días de récord en todos los sentidos.

Por esta razón, lo que ocurrió durante la Madrugá es especialmente doloroso.

No hace falta decir que lo más importante es que los heridos se recuperen. Parece ser que los tres que siguen ingresados evolucionan favorablemente de sus heridas. Y no hace falta recordar que las heridas que más tardarán en cicatrizar, si es que lo hacen, son las que produjeron un grupo de sinvergüenzas en las consciencias de miles de personas. ¿Cómo un niño va a tener ganas de ir con sus padres a ver pasar una cofradía si intuye que el peligro de una avalancha está al acecho? ¿Cómo un padre va a querer llevar a su hijo a contemplar la belleza de la Virgen de la Macarena si siente temor por lo que pueda pasar?

Entre las miles de personas que quedaron aterradas, muchas eran hombres, mujeres, niños y ancianos, que llegaban a Sevilla llamados por distintos motivos. Desde luego, ninguno de ellos por la excitación que puede producir la carrera enloquecida de una masa aterrorizada por gritos, golpes de barras en el suelo o frases que pudieran hacer pensar en un atentado terrorista. Y estas personas, casi con toda seguridad, no tendrán excesivas ganas de volver a Sevilla para pasar miedo en lugar de emocionarse ante una imagen.

Este grupo de golfos podrán ser juzgados y condenados, señalados como sinvergüenzas o malas personas, pero el daño que han hecho es irreparable. Tanto a las personas como a la ciudad.

Sevilla se esfuerza, desde hace años, por ser el destino turístico que prefieran visitantes de todo el mundo. El trabajo intenso de años se viene abajo con este tipo de sucesos tan lamentables. Y no hay condena que pueda remediar este daño.

Hay que pedir que se cumpla la ley, que se modifiquen si las penas son ridículas cuando el daño es tan grande (así lo cree buena parte de la población sevillana), que se tomen medidas de seguridad suficientes; pero, también, hay que volver a dejar las cosas en el lugar que estaban antes de la última Madrugá. Sería una pena que un retroceso, que afecta a la ciudad entera y en todos sus ámbitos, se produjera y las autoridades no supieran remediarlo.


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