miércoles, 21 agosto 2019
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El día después

21 ago 2016 / 21:18 h - Actualizado: 21 ago 2016 / 21:19 h.

Tras dos semanas sumergidos en la magia del deporte y en la satisfacción que nos han dejado los participantes españoles, que han levantado de sus asientos a millones de seguidores durante los Juegos Olímpicos de Río, volvemos a la cruda realidad. Decía Karl Marx que «la religión es el opio del pueblo», y aunque muchos creen que no le faltaba razón con esta afirmación, lo que nadie duda es que el deporte, sobre todo el fútbol, sí que ha actuado como sustitutivo de la realidad en la sociedad española durante épocas difíciles. El historiador Alejandro Quiroga está convencido de que «Franco promocionó una narrativa nacionalista asociada al fútbol, que perseguía incrementar la identificación de los españoles con la dictadura», y eso a estas alturas lo discute poca gente.

A 22 de agosto, con un gobierno en funciones, una investidura con miles de interrogantes, unas terceras elecciones más que probables, el déficit en aumento y el número de parados con cifras de vértigo, el hálito de vida que ha dado el deporte olímpico es un poco de agua en el desierto, un espejismo que, sin embargo, revela una gran paradoja: sentimiento español sin fronteras ante una España que se desangra.


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