miércoles, 26 abril 2017
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La Madrugá seguirá siendo mágica

15 abr 2017 / 21:10 h - Actualizado: 16 abr 2017 / 16:41 h.
  • La Madrugá seguirá siendo mágica
    Nazarenos del Gran Poder ante la Esperanza Macarena. / Manuel Gómez

Lo que ha sucedido en la pasada Madrugá en Sevilla hay que analizarlo con calma, con sensatez y prudencia; sobre todo, para que el análisis lleve a un diagnóstico que sea lo más exacto posible. Sería un error dejarse llevar por la rabia o por el miedo; un despropósito pensar que no es posible una Semana Santa como siempre fue.

En Sevilla, la aglomeración de personas durante la Semana Santa en las calles es imponente. Decenas de miles de personas contemplan los pasos, escuchan la música de las bandas y, en definitiva, disfrutan de unas procesiones que no tienen parangón en ningún otro lugar del mundo. Decenas de miles. Y, que sepamos, ocho sujetos, solo ocho, han sido capaces de alterar el orden hasta provocar que cerca de cien personas sufrieran lesiones de diversa consideración (uno de ellas de carácter grave) y daños materiales, estos últimos sin demasiada importancia. Ocho individuos que, seguramente, aprovechan un clima de miedo que se extiende por el mundo entero debido a los diversos actos terroristas que se producen y que multiplican peligrosamente las posibilidades de carreras o avalanchas. Aunque conviene recordar que hechos parecidos se han producido durante los últimos años y la amenaza terrorista no era de la misma intensidad que la actual. Por tanto, agarrarse a este aspecto podría no tener un sentido lógico.

Ocho personas no pueden ser nunca el reflejo de lo que es la sociedad sevillana. Eso sería una injusticia con las miles de personas de buen corazón, trabajadoras, amantes de sus tradiciones y de su cultura. Esos ocho son el reflejo, extravagantemente ruidoso, de lo que es una parte minoritaria de la sociedad. Las decenas de miles de personas que disfrutaban de la Madrugá sí son la muestra de la sociedad sevillana.

El delegado de Seguridad, Tráfico y Fiestas Mayores, Juan Carlos Cabrera, calificaba de «gamberros», «sinvergüenzas», «malasangre», «basura humana», «calaña» a estos individuos y añadía que «no merecen ser tratados como personas dignas de vivir en esta ciudad». Posiblemente, tan solo sean malas personas, seres estúpidos que no alcanzan a comprender la gravedad de lo que hacen. Malas personas y solo eso. No conviene enredarse en una espiral de calificativos que no conducen a nada. Los detenidos tendrán que rendir cuentas en los juzgados y de nada sirve entrar en dinámicas estériles para la ciudad.

Otro debate, bien distinto, es el que está abierto hace tiempo respecto a si este tipo de delitos tienen respuesta, con suficiente contundencia, en el código penal y civil. Porque la sociedad, después de soportar actos vandálicos como los de la Madrugá, queda herida. Porque los daños físicos padecidos por esos cerca de cien sevillanos, todos queremos que sanen y sanarán; pero ¿qué sucede con esa huella que queda indeleble en las consciencias, qué pasa con esos miedos atenazadores que ya no se irán? Resulta sorprendente saber que algunos de los que provocaron una situación tan alarmante como grave estén en la calle. Este es un debate que debe seguir adelante con el fin de tranquilizar a la sociedad que se siente indefensa ante actos de esta índole.

Es evidente que la solución a este problema pasa por reforzar las medidas de seguridad durante la Madrugá en Sevilla y recrudecer las sanciones penales, con el fin de que personas que cometan este tipo de delitos no disfruten de libertad a las pocas horas. Poco más puede hacerse. Y la posibilidad de que un grupo de bobos juegue con el miedo de las personas para conseguir alterar la paz y la armonía de toda una ciudad estará presente y al acecho.

La Semana Santa sevillana en su conjunto y, en particular, la Madrugá, forman parte de la cultura más arraigada de la ciudad, de sus tradiciones incuestionables, de una forma de entender la realidad que sin estas manifestaciones religiosas, no sería la misma. Y pueden ser alteradas de forma circunstancial por un grupo de inconscientes. Por ello, habrá que buscar la mejor de las soluciones para que sigan estando intactas.


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