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Día de Todos los Santos

Caminando sobre los muertos

Criptas, lápidas y camposantos. Los huesos crujen bajo el asfalto de una Sevilla que es, sobre todo, tumba. El Cementerio de San Fernando no monopoliza la memoria de la muerte, extendida por todos los lugares

31 oct 2017 / 23:14 h - Actualizado: 01 nov 2017 / 13:07 h.
  • Los monumentos a los toreros Joselito el Gallo y Paquirri presiden la postal más clásica del Cementerio de San Fernando. / Efe
    Los monumentos a los toreros Joselito el Gallo y Paquirri presiden la postal más clásica del Cementerio de San Fernando. / Efe
  • Mausoleo de Cristóbal Colón en la Catedral de Sevilla. / Txetxu Rubio
    Mausoleo de Cristóbal Colón en la Catedral de Sevilla. / Txetxu Rubio
  • El músico Omar Corales derrama una botella de ron sobre la tumba de Machín. / Antonio Acedo
    El músico Omar Corales derrama una botella de ron sobre la tumba de Machín. / Antonio Acedo
  • Una mujer coloca flores sobre la lápida de Alberto Jiménez Becerril y Ascen García. / El Correo
    Una mujer coloca flores sobre la lápida de Alberto Jiménez Becerril y Ascen García. / El Correo

Es fácil tropezarse en una vieja iglesia de Sevilla. Por entre la planicie helada de sus losas emergen, de trecho en trecho, tristísimas lápidas rugosas bajo cuyos cantos redondeados e inscripciones ilegibles guarda la muerte el tesoro de la soledad más absoluta. No solo en sus desaparecidos compases y jardines, sino sobre todo dentro, en sus entrañas, los templos de Sevilla llevan siglos siendo cementerios. Cuando por estas fechas la gente se va al de San Fernando a blanquear sus nichos, espantar a los escarabajos de las peanas, enjabonar las lápidas y cambiar las flores de plástico, se está dejando atrás a la muerte. En la ciudad, bajo las capillas y avenidas, en las tripas de sus bulevares y plazoletas y alrededor de sus parques, siguen crujiendo por millares los huesos de viejos sevillanos. Solo en la Alameda de Hércules, según calculan los que estudiaron sus últimos hallazgos arqueológicos, puede haber hasta cinco niveles diferentes de enterramientos superpuestos, todo un parking de la eternidad justo debajo de la alegre explanada donde los domingos va la gente a soltar a sus perros y a cervecear en manada bajo el sol como si fuese consciente de la brevedad de la vida.

Es el mayor cementerio musulmán que se conoce en la ciudad. Funcionó como tal desde el siglo IX al XII, trescientos años, pero no fue el único: había otro, el llamado de los Alfareros, entre la actual Plaza Nueva y la Avenida de la Constitución; estaban los de la Puerta de Carmona, Puerta Osario...; los judíos de la Sevilla medieval también tenían los suyos extramuros, por San Bernardo, la Puerta de la Carne, la Trinidad...; los cristianos, hasta el siglo XVIII, enterraban en sus parroquias, y antes de que se abriera el de San Fernando en 1853 estaban el de los Pobres, el de los Canónigos... Hasta los terrenos por donde ahora se alza el rascacielos de la Cartuja llevan en su química el olvido de los muertos, por haber sido aquello el Cementerio de San José. Y los amantes del misterio y quienes creen en los fenómenos de ultratumba, cuando hablan de los espectros que según ellos abarrotan los viejos caserones de Sol y San Luis, de Arguijo y José Gestoso, de Cuna y Puente y Pellón; cuando piensan en el lugar donde reposan los muertos, no están hablando de ese enorme hipermercado del más allá ubicado a las puertas de San Jerónimo (barrio donde se encuentra también, por si fueran pocos, el Cementerio de los Ingleses), sino en ese tétrico agujero con aire de morgue, forrado de mármol y de mal gusto, que es el llamado Panteón de Sevillanos Ilustres, bajo la Iglesia de la Anunciación y la Facultad de Bellas Artes. Es allí y por los alrededores por donde dicen haber percibido la presencia del espíritu de la escritora Cecilia Böhl de Faber, la misma que firmaba como Fernán Caballero y que tiene en él su sepultura. De ser así, no cabría extrañar que junto a ella conformaran tertulia el maestre de la Orden de Santiago Lorenzo Suárez de Figueroa, cuya tumba custodia un perro de piedra; el humanista Benito Arias Montano; el marqués de las Amarillas, Jerónimo Girón de Moctezuma y Ahumada y Salcedo, entre otros nobles de apellidos que se pierden –que diría un replicante de Blade Runner– como lágrimas en la lluvia. Los intelectuales y escritores Alberto Lista, José María Blanco White, Félix Reinoso... Rodrigo Caro, Federico Sánchez Bedoya y su esposa –la condesa de Lebrija, todo un carácter, como se puede ver en su visitable palacete de la calle Cuna–, José Gestoso, Antonio Martín Villa, Amador de los Ríos, Mateos Gago... Valeriano Bécquer y, junto a él, su hermano Gustavo Adolfo, a cuyo mausoleo acuden los devotos del romanticismo y del esnobismo a incrustar papelitos con fragmentos de sus rimas, ocurrencias diversas y hasta peticiones de intermediación en el amor.

Y sin embargo, los sevillanos acuden al Cementerio de San Fernando a celebrar que siguen vivos al amparo de la idea de que no olvidan a sus familiares y amigos fallecidos, que es allí donde, efectivamente, reposan sus restos. Cierto segmento de la sevillanía más postinera se empeña en repetir que aquello no es un cementerio, sino un parque de puro hermoso que es. A lo que podrían añadir alguna ingeniosa frase de Groucho Marx, y en particular esta: ¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos? Porque nada más lejos de la alegría, de la estampa, de la belleza, de la fragancia y de la algarabía vital de un parque que este recinto triste y de acre olor –monumental a ratos, pero aciago en toda su extensión– en el que hay calles que más vale no mirarlas y detalles que invitan al llanto desconsolado.

Pero en la zona bonita, el amasijo de sepulcros y panteones, escoltados por los cipreses de la avenida principal, sí pergeñan cierta especie de hermosa postal mortuoria. Es el lugar en el que piensan los que piensan en el Cementerio de San Fernando. Más concretamente, en el mausoleo de Joselito el Gallo, icono por antonomasia del lugar –más todavía que el Cristo de las Mieles–, frente al que se erige, estratégicamente, la enorme y retadora figura de bronce que señala la tumba de Paquirri. Pero lo que no conoce tanta gente –quizá sí mucha, pero no tanta– es que en este mismo camposanto, a finales de julio, alrededor de la enorme lápida negra que cubre los restos de Antonio Machín –velado, qué curioso, por un ángel blanco–, se oficia una celebración sincrética, extravagante y preciosa que consiste en reunirse con músicos y familia, con todo su porte de maracas, guitarrones, guitarrillas y trompetas, a cantarle los Angelitos negros y lo que se encarte del repertorio del bolero y el son cubano y a derramarle por encima una botella entera de ron añejo. Una fiesta en la que hay tanta alegría que bien se podría decir del llorado Machín que su familia y sus amigos, verdaderamente, no lo olvidan, porque se niegan a despedirlo. La costumbre la inauguró Compay Segundo en 1994, y desde entonces no hay lombrices que bailen mejor en toda Sevilla que las que pululan bajo aquellos barrizales.

Sevilla, que esconde un muerto en cualquier parte –en una capilla, en una cripta, en la mismísima Catedral como es el caso de la rodilla de Colón, o lo que quiera que se conserve en tan augusto monumento–, tiene su excusa vital en este camposanto de San Fernando, ahora rebosante de flores y de deudos que acuden a despedirse del verano, por fin. También a repasar su historia, cuando no a llorarla –ahí yacen, envueltos en dolor colectivo, Alberto Jiménez Becerril y su esposa, Ascen García–. O a celebrarla, viendo cómo interpretaba la muerte Aníbal González. Allí reposan su eternidad Antonio Puerta y Niño Ricardo, Juanita Reina y Juan Belmonte. Fuera, en las fosas comunes, a saber. Es todo cuanto quiere saber de la muerte esta Sevilla construida sobre huesos y que anda de puntillas cuando se acuerda.


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