viernes, 16 noviembre 2018
17:41
, última actualización

De poetas, recuerdos y cantes encerrados en una caja de cartón

Pistoletazo de salida. El escritor roteño Felipe Benítez pronunció anoche en el Palacio de Dueñas el pregón inaugural de la vigésima edición de la Bienal de Flamenco de Sevilla

06 sep 2018 / 13:49 h - Actualizado: 06 sep 2018 / 18:08 h.
  • El escritor roteño Felipe Benítez pronunció el pregón inaugural de la Bienal. / Manuel Gómez
    El escritor roteño Felipe Benítez pronunció el pregón inaugural de la Bienal. / Manuel Gómez

Desde hace décadas, por fortuna para todos, el flamenco ha salido de la caja de cartón del frigorífico, de esa marginalidad y de ese pintoresquismo a los que había sido relegado históricamente, y hoy es arte que se respeta, se admira e incluso se practica en los sitios más impensados del mundo, ya que, como canta Javier Ruibal, ahora nacen los flamencos en donde les da la gana». Son algunas de las palabras que pronunció ayer el escritor roteño Felipe Benítez Reyes en el palacio de las Dueñas de la capital hispalense, como parte del pregón literario inaugural de la vigésima edición de la Bienal de Sevilla, que contó con el patrocinio de la Fundación Lara.

El autor de novelas como El novio del mundo o El azar y viceversa, entre otros muchos títulos, empezó honrando al lugar donde citaba al público con el recuerdo de algunos de sus moradores más ilustres: Antonio Machado Álvarez, «que adoptó como nombre de pluma el de Demófilo (es decir, el amigo del pueblo), vivió aquí con los suyos en calidad de inquilino», «un hombre de pensamiento inquieto y de pragmatismo apenas pasable, más atento a la abstracción que a la acción» al que debemos aquella Colección de cantes flamencos que salió de imprenta en 1881, «cuando aún el flamenco tenía la consideración de anécdota marginal, de expresión artística degradada, frente a la jerarquizada como alta cultura», evocó.

También recordó a su hijo Antonio, «que tuvo en esta finca el escenario de sus primeros cuatro años de infancia», y el niño Manuel, «su hermano mayor, el que con el tiempo, ya de dandy castizo, siempre con una vela encendida a la Macarena y otra al diablo, reinterpretaría los cantes del pueblo en su poesía», dijo, y añadió: «En los dos hermanos poetas pervivirá siempre, en fin, el sustrato de aquellos cantes flamencos que se afanó en recopilar su padre, y no resulta desatinado suponer que la poesía de sus hijos hubiese sido distinta –al menos en parte- de haber sido distinta la materia de las investigaciones de su progenitor».

Benítez Reyes volvió la vista atrás hacia sus años mozos en Rota, cuando le dio por hacerse socio de la tertulia flamenca que cada miércoles organizaba un recital en la Casa de la Cultura.

Allí le esperaba una sorpresa: «El que hacía de portero, el que revisaba los carnets para franquear la entrada a los socios o el que, en su caso, cobraba la entrada a los ocasionales, no era otro que Agujetas el Viejo, aquel cantaor jerezano que se fue a vivir a Rota por causa de amores, enamorado de una gitanita del lugar, y que pasó allí el resto de sus días», comentó. «El hombre se ganaba unas pesetas, calculo que muy pocas, con aquella ocupación, aunque todo lo que entra en casa del menesteroso es bienvenido, ya que aquel Agujetas jamás hizo carrera de cantaor profesional y apenas actuó en público, en parte por falta de oportunidades y en parte principal, según cuentan, por su carácter huidizo, ya que lo suyo era el cantar para unos cuantos, en reuniones más o menos casuales, sin conciencia –ni por asomo– de que cantar pudiese ser un espectáculo de masas, sino la expresión –en su justo lugar y en su justo momento– de un sentir y un saber del que era depositario y transmisor. Sin más historias».

«Al igual que tantísimos músicos de blues que fueron hijos de esclavos o incluso libertos», prosiguió Benítez Reyes, «Agujetas el Viejo pasó por la vida sin apenas proyección artística, admirado por unos cuantos cabales, dueño –se diría– de un don absorto. Él tenía el secreto, pero no se afanó en divulgarlo ni en exhibirlo, quizá menos por desidia que por modestia, resignado al que fue el destino melancólico de muchos otros que, como él, eran propietarios, sin sospecharlo siquiera, de un tesoro etéreo. Ese tesoro que en nuestro Agujetas el Viejo se manifestaba en un cante de cadencia espesa, morosa y demorada, más hacia adentro que hacia afuera. Aquel cante suyo que parecía tener el primitivismo de un himno ritual», agregó.

A partir de estas memorias, Benítez Reyes llegó a la conclusión de que «el arte puede nacer de un sentimiento, puede producir un sentimiento. El arte parte de una inspiración espontánea. Sin duda. Pero no olvidemos que el arte es también construcción; es decir, oficio; es decir, voluntad y capacidad de elaborar una obra artística desde la gracia fortuita del genio espontáneo, sí, desde luego, pero también desde la técnica, que, al contrario que la genialidad, no se regala, sino que se aprende».

«Y pocas expresiones artísticas están tan reglamentadas como el cante de los flamencos, que une a la libertad individual de interpretación el rigor de la reverencia a sus raíces. En pocas disciplinas creativas habrá tanto respeto a los ejemplos magistrales, en pocas disciplinas se dará más prestigio a la pureza, aun siendo un arte de mestizajes, de sustratos de origen incierto y de influjos misceláneos», continuó el roteño, invocando a otros amables fantasmas como el autor del primer cartel de la Bienal, Joaquín Saénz, «que tenía el empaque de un visir de Samarcanda»; José Romero, «pianista de finuras románticas mezcladas con honduras flamencas»; Alberto García Ulecia, «tan fino y tan exacto poeta, que unía a su condición de catedrático de historia del derecho la de historiador de cámara de Antonio Mairena»; o Fernando Quiñones, «divulgador de flamencos magistrales y padrino de flamencos marginales».

Y de guinda, una anécdota desenfadada: la de aquel cantaor con miedo escénico que, según dicen, «cantaba muy bien por fandangos, habilidad que exhibía en la intimidad de la familia, con el impedimento de que la garganta se le bloqueaba en presencia de cualquier desconocido. Para remediar aquella contrariedad, ya que la timidez patológica no podía remediársela, un allegado suyo tuvo una idea que mezclaba el disparate con la ingeniería: meterlo en la caja de cartón de un frigorífico, con respiraderos, para que cantase desde allí, desde aquella penumbra, y todo el mundo pudiera disfrutar de su cante. Y así se hizo, al parecer con buenos resultados».

Tras el pregón de Benítez Reyes, hoy jueves 6 de septiembre tendrá lugar la jornada inaugural propiamente dicha de la XX Bienal de Flamenco de Sevilla, en la que se vivirá una Fiesta en Triana con el pregón flamenco del cantaor utrerano Tomás de Perrate y un flashmob inclusivo con coreografía de José Galán, que se bailará en el Monumento a la Tolerancia de Sevilla, pero también por todo el mundo, como en anteriores ediciones


Todos los vídeos de Semana Santa 2016