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“En el psiquiátrico de Miraflores se fumigaba a los internos”

El doctor Juan Sánchez Vallejo se rebeló por el trato a los enfermos mentales en el franquismo

el 21 ene 2014 / 22:40 h.

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psiquiatrico-miraflores Juan Sánchez Vallejo ejerce en el País Vasco y ayer presentó su libro en Sevilla, donde estudió. En 1972, allá por el tardofranquismo, Juan Sánchez Vallejo terminaba Medicina en la especialidad de Psiquiatría en la Facultad de Sevilla, una especialidad en la que todavía se consideraban válidas terapias hoy completamente desterradas, como la lobotomía, o en desuso como el electroshock. Ese año comenzó a hacer prácticas en el Hospital Psiquiátrico de Miraflores, vulgo conocido como manicomio, donde ya con la reforma del Código Civil realizada por el Gobierno republicano en 1931 y la Ley de Vagos y Maleantes, bastaba las denuncias de un vecino sobre el comportamiento extraño de una persona al alcalde para que las autoridades ordenaran su internamiento, sin un examen médico muy exhaustivo y, por supuesto, sin orden judicial. El régimen franquista agravó la situación, al ampliar el internamiento en estos centros de homosexuales considerados entonces enfermos –las últimas palabras del cardenal español Fernando Sebastián demuestran que aún hay sectores de la Iglesia y grupos conservadores que se resisten a evolucionar, pero afortunadamente no toman decisiones médicas ni judiciales– e incluso a represaliados de la Guerra Civil a los que no sabían dónde meter. Locura y memoria histórica (Ediciones Atlantis) es el homenaje a lo que allí vio y a un colectivo, el de los enfermos mentales, que a su juicio “son los grandes olvidados”. El libro es también el relato de unos hechos desconocidos protagonizados por el propio Sánchez Vallejo, con otros dos compañeros de promoción, que les costó la expulsión de la Facultad hispalense pero que pudo ser el germen de una corriente profesional que, ya en democracia, impulsó la reforma psiquiátrica que acabaría con el cierre de los manicominios. “Había una total masificación, con unos 1.300 o 1.400 internos, el 80% llevaban allí más de ocho o diez años, estaban en salas de corredor, no había habitaciones, y aunque oficialmente el objetivo era tratarlos la verdad es que una vez dentro no se salía, a veces, ni después de muerto porque algunos centros tenían hasta su propio cementerio”, recuerda el hoy doctor Sánchez Vallejo. Las condiciones “calamitosas” y “dantescas” de estos internos en el Psiquiátrico de Miraflores provocaron que tres jóvenes interesados por investigar y abordar las enfermedades de la mente humana se rebelaran ante un centro en el que poco o nada se hacía por ayudar a estos pacientes, algunos de los cuales ni siquiera padecían enfermedad alguna, y muy al contrario eran sometidos a prácticas que hoy serían consideradas vejatorias. “Por ejemplo, los higienizaban sacándolos a un patio con un camisón, en invierno y en verano, donde un celador les rociaba los genitales con una manguera de agua fría y otro los fumigaba con insecticidas”, relata el doctor Sánchez Vallejo. “Hablamos con el hijo del director y se inhibió, también con el catedrático, que no quería saber nada”, explica, sin culpar a los profesionales que ejercían la Psiquiatría en una época donde “si te salías del tiesto te tachaban de rojo masón y te podían procesar”. Por ello, junto a sus compañeros Jesús Barbero y Alfredo García Valtuille, “con la complicidad de alguna monja que cuidaba a los internos”, fotografiaron clandestinamente “como pudimos, porque entonces no había móviles” algunas de esas prácticas y las condiciones de los internos, hacinados en salas “con una sola luz en el techo y llenos de porquería, entre sus propias heces”. Las fotos, hoy perdidas, fueron expuestas en el tablón de anuncios de la Facultad de Medicina, con el consiguiente revuelo y el expediente de expulsión de los tres “cabecillas”, a los que algunos alumnos apoyaron y también parte del Colegio de Médicos. “A Jesús Barbero y a mí nos dieron el título porque estábamos ya terminando el periodo de prácticas y como condición de que nos fuéramos, pero a Alfredo García no, tuvo que sacárselo luego en Barcelona”, relata. Sánchez Vallejo se fue a ejercer al País Vasco, Barbero a Cataluña y García acabó en Palma de Mallorca. El hospital de Miraflores, dependiente de la Diputación, cerró definitivamente en 1999 aunque ya en 1984 perdió su condición de centro psiquiátrico. Sánchez Vallejo cree que su pequeña rebelión “sí sirvió de algo”. “De hecho, en 1981 hubo un director del centro que hizo una gran reforma y ya empezó a aparecer una corriente psiquiátrica que preconizaba el cierre de los manicomios y más terapia en el ámbito social que es lo que hoy defendemos”, explica. Pero para llegar a ese punto, muchos pasaron por centros como el de Miraflores que no era una excepción sino que “todos eran muy similares” donde, pese a los graves cuadros que empeoraban tras años de total aislamiento, “lo que llamaba la atención era el silencio porque se abusaba de los psicofármacos que los dejaba sedados”. Por el silencio forzado de esos enfermos sin derechos y el cómplice de quienes miraron para otro lado por miedo a cuestionar las prácticas franquistas nació la idea de este libro que Sánchez Vallejo ha querido escribir “cuando ya ha transcurrido tiempo suficiente, porque no quería hacerlo desde el resentimiento pero considero que la memoria histórica ha sido injusta con estos enfermos y son los grandes olvidados”.

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