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Quejíos machistas

Un investigador malagueño analiza el sexismo en las letras flamencas.

el 14 nov 2009 / 19:38 h.

Te den un tiro y te maten como sepa que diviertes a otro gaché con tu cante/ Voy buscando una morena que tenga buena cadera y que se deje tumbar. Túmbala en el césped y aunque no se deje. Entre una y otra copla hay más de cien años de diferencia. La primera, una clara apología del maltrato, fue recogida por Demófilo en su libro Cantes Flamencos y Cantares de 1887. La segunda, que incita a la violación, pertenece al disco de la Barbería del Sur Puñaíto de alfileres (1997). Son parte de las más de 1.500 letras analizadas por el investigador de la Universidad de Málaga Miguel López Castro para su tesis sobre la imagen de las mujeres en el flamenco, que revela que en esos cien años el machismo impera en los quejíos.

La tesis ofrece información cualitativa y cuantitativa, hasta el punto de calcular que de las 1.086 coplas recopiladas por Demófilo, 151 tienen tintes sexistas (el 14%). Pero atendiendo a estadísticas, la situación no ha mejorado, ya que si bien las letras modernas analizadas son menos -445 de 33 autores seleccionados por cuatro expertos como representantes de los nuevos flamencos, desde Enrique Morente, José Mercé o Arcángel a Diego Carrasco o Ketama-, entre éstas se han hallado 75 machistas (16,85%).

No obstante, en la actualidad también aparecen coplas que denuncian directamente la violencia de género o en las que mujeres artistas como Carmen Linares (Porque ya estoy cansada de aguantarle) o La Macanita (Oye, tú, cómo te digo que no espero en la ventana con el corazón en vilo) reivindican su libertad y su capacidad de decidir en el amor, algo "impensable" en el flamenco clásico donde la presencia o no de "papeles" legitima la relación y conlleva obligaciones.

Y en esa lucha contra el machismo, las cantaoras llegan a invertir la situación, bien usando las tradicionales maldiciones que antes recibían de los hombres (como Ginesa Ortega al cantar el clásico Remedio no tengas. Que te corte un cirujano la campanilla de la lengua) o presentando al hombre como un calzonazos.

Entre los contenidos denigrantes para la mujer, López distingue nueve grupos: maldiciones, amenazas y agresión; la presentación de la mujer como prostituta o el tema de la honra; la mala mujer (Esta serranita perra me está jasiendo pasá er purgatorio en la tierra); los celos y la mujer como propiedad; ridiculizaciones; su dependencia económica del marido; la mujer indomable (a un toro bravo yo amanso, y a ti, flamenca, no pueo); el orgullo del hombre adúltero y denostaciones generales. Especialmente recurrentes son los temas de la honra (Eres como las campanas, que toito er mundo las toca) y los celos (La gachí que yo camelo, si otro me la camelara sacara mi navajita y el pezcueso le cortara).
Pero llama la atención que, pese a los cambios sociales experimentados con la integración laboral de la mujer, la dependencia económica sigue apareciendo entre los nuevos flamencos, pues si Camarón cantaba Te doy más que me pides y to te parece poco, en 1996 el grupo Caña de Lomo no duda que ella es La que manda en el dinero, la que dice aquí estoy yo en un disco Cosas nuestras, que según López "no tiene desperdicio".

Y es que, como manifestación cultural, el flamenco no es más que el reflejo de una sociedad donde la igualdad legal aún no es real. Y destaca que entre los flamencos "hay una inercia generalizada" de interpretar letras antiguas "porque son las que el público está acostumbrado a escuchar" o nuevas pero con temas recurrentes "sin pararse a pensar si son adecuadas para el tipo de sociedad en el que vivimos". Es por ello que en un mismo artista como El Barrio podemos encontrar un tema que denuncia los malos tratos (Ahí la tienes como la querías. Le duelen más sus sufrimientos que las propias herías) y otro en el que lamenta los desaires de una mujer por ser bueno contigo. O que "a artistas nada sospechosos de ser sexistas como Miguel Poveda se les escapen cosas (Tienes por maña cuando te pego llamar a los guardias, en la que normaliza la violencia de género y presenta su denuncia como una estrategia femenina). Incluso que cantaoras reproduzcan el rol tradicionalmente asignado a la mujer sin cuestionarlo, como Niña Pastori o la propia Martirio, otras veces muy reivindicativa, que en Mi marío se resignada a la infidelidad.

"No hacen un estudio del significado real de las letras y meten la pata. Otros es que les importa un pito y otros comulgan incluso con lo que cantan", relata López, que en su análisis también alerta de letras que, por esa falta de reflexión, llegan a resultar ambiguas, como un tema de Martires del Compás supuestamente contra el maltrato que acaba incitando a la defensa con igual violencia (La primera vez fue sin querer, la segunda, por beber. Pégale con las manos y con el pie).

Ni por el sexo y la edad del artista ni por el palo cantado hay diferencias. López sólo destaca que los primeros "cantan experiencias individuales mientras que los segundos generalizan y en ese sentido el sexismo puede tener mayor alcance. Un gitano diría "Mi mujer me ha dejado, qué mala es mi mujer", pero un payo cantaría "Qué malas son las mujeres".

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