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In fraganti

Andrés Pérez Domínguez, el escritor de los espías

En Sevilla hay escritores que triunfan fuera de sus fronteras. El novelista Andrés Pérez Domínguez añade nuevo premio. Sigue relatando con oficio historias de espías

Juan-Carlos Arias jcdetective /
13 feb 2021 / 04:04 h - Actualizado: 13 feb 2021 / 04:00 h.
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La nueva obra de Andrés Pérez Domínguez (Sevilla, 1969) ha subyugado a un nuevo Jurado para decidir por unanimidad que le otorgan el VI Premio de Novela Albert Jovell, dotado con 7500 euros. El galardón lo impulsa un ente de los médicos españoles y competían 122 manuscritos de autores españoles y foráneos.

El Jurado lo integraron los periodistas Jesús Nieto Jurado y Anna Grau, el editor Javier Ortega y el Dr. José María Rodríguez Vicente como secretario general de la FPSOMC-Fundación para la Protección Social-Organización Médica Colegial. La loable iniciativa cultural de nuestros galenos ha señalado con Premio a un sevillano cuyo tesón merece relato. La novela laureada la comercializara, desde finales de febrero, la Editorial Almuzara. Su título es La bailarina de San Petersburgo,

Pérez Domínguez es un conocido escritor y colaborador en medios, entre ellos este periódico decano hispalense, diversos programas de radio y TV

La bibliografía del escritor es amplia y abarca diversos registros literarios: cuentos, relatos y novelas (Ojos tristes y Estado provisional-2001, Los mejores años y Duarte-2002, La clave Pinner-2004, El factor Einstein-2008, El síndrome de Mowgli-2008, El centro de la Tierra-2009, El violinista de Mauthausen-2009, El silencio de tu nombre-2012, Lo perros siempre ladran al anochecer-2015, Los dioses cansados-2016 y La letra pequeña-2019).

La última novela

La bailarina de San Petersburgo es la última obra de escritor muy vinculado a Sanlúcar La Mayor, que practica con grado de maestría artes marciales y documenta sus historias in situ. Frecuentó la antigua y espléndida ciudad imperial de los Zares, la misma que llamaron los soviéticos Leningrado.

Es en realidad una nueva aventura de espionaje centrada por Gordon Pinner, personaje que albergaría ese otro yo de su creador. Es un joven periodista destinado en París en 1930. Pinner no negaba sus simpatías por la Revolución de Octubre que devino en una feroz dictadura estalinista y el culto al líder. También dio pan, cultura y trabajo a un pueblo doblegado por reyes sin escrúpulos. Pinner no dudará en infiltrarse en la comunidad de rusos exiliados en la capital gala cuando sus camaradas del servicio secreto soviético se lo pidan. Hablamos del ‘agente durmiente’ clásico.

De la mano de una hermosa y enigmática bailarina, Pinner conocerá los restos del imperio zarista desaparecido. El periodista-espía se cuestionará sus ideales. Viaja a Moscú y al entonces Leningrado para encontrar a una niña huérfana. La menor podría ser la clave para salvar su vida. Al mismo tiempo impediría que un aristócrata exiliado financie un ejército destinado a revertir el curso de la Historia para hacer reverdecer el esplendor de los Románov, la estirpe zarista laminada del territorio ruso.

Como suele ocurrir con las historias de Pérez Domínguez su narrativa destaca por la sólida construcción de sus historias. Es capaz de llegar a un gran número de lectores. Para ello instrumenta personajes sabiamente perfilados y que responden a hacer creíbles historias. Como le sucedió al también sevillano Manuel Chaves Nogales cuando en París construye las historias que plasmó en El maestro Juan Martínez estaba allí (1934).

Chaves, asombrado por las peripecias que éste le contó atapado por la Rusia que se levantó contra los zares, decidió recoger los relatos de Martínez en un libro de éxito. Lo mejor de sus historias, reales e inventadas, es que se naturalizarían como si fueran obtenidas desde un testimonio directo, vívido y real que nos sumerge en la novela creyendo que leemos algo perfectamente creíble.

Los premios y retos de Pinner

Andrés Pérez Domínguez, en parte, es un constante participante en concursos literarios que acaba ganando. Por qué se presenta a tantos no sería un misterio si consideramos los mal pagado que está escribir en España, apenas da para llorar. Parte de la esencia está en los intereses del negocio editorial y de un duopolio (Planeta & Penguin). Fagocitarían los cánones de la calidad literaria sobre un marketing que sólo prima el best seller de dudoso sustento por lectores inteligentes. Los mejores ejemplos lo saben bien los compradores de libros compulsivos. La pandemia no rindió al mundo editorial, ni cansó a escritores como Andrés Pérez Domínguez que sobreviven con alientos de los premios, más lo que les deja Hacienda en el saldo bancario. Él mismo desmiente con sus trofeos que sólo gana convocatorias donde no hay identidad preconcebida o encargo descarado.

La lista de premios de Pérez Domínguez es amplia. El Max Aub 2000 (Ojos tristes), Ciudad de Coria 2001 (Estado provisional), Castillo-Puche (Los mejores años) y Tierras de León 2002 (Duarte), Luis Berenguer 2007 (El síndrome de Mowgli), Setenil 2009 (El centro de la Tierra), Ateneo de Sevilla 2009 (El violinista de Mauthausen), La Espiga Dorada 2009 (Los perros siempre ladran al anochecer).

Gordon Pinner, el falso periodista que fue agente del NKDV ruso, en La Clave Pinner nos sumergía en historias de espionaje. En Sevilla tiene o tuvo su base. Tiene mucho que contarnos en futuras aventuras pues Sevilla fue un nido de espías durante la guerra fratricida (1936-39) y la Segunda Guerra Mundial (1941-45) Además, su poco ponderado enclave geoestratégico al sur del sur europeo, su cercanía al pasillo naval del Estrecho de Gibraltar y ser capital autonómica de Andalucía le suman atributos.

Pérez Domínguez se documenta bien para construir sus relatos. Ya lo demostró contactando con policías en activo en Los Dioses Cansados hace pocos años. Con el currículum del escritor sólo esperamos que siga desde Sevilla relatando nuevas aventuras de un Pinner que ni se jubila, ni lo despiden, ni deja de olfatear objetivos, ni su creador parece atravesar los malos momentos que alcanzan a la cultura. Con Pérez Domínguez confirmamos que los buenos escritores nunca mueren.


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