In fraganti

El ‘Jeta’, timador al que pillaron unos detectives

Acostumbrados al engaño al seguro, quienes exageran lesiones o aprovechan las previas para cobrar de particulares tienen jurisprudencia y sabuesos que los desvelan

Juan-Carlos Arias jcdetective /
30 abr 2022 / 04:00 h - Actualizado: 30 abr 2022 / 04:00 h.
"In fraganti"
  • El ‘Jeta’, timador al que pillaron unos detectives

Hace unos años, una de las Salas penales de la Audiencia Provincial de Sevilla, fue escenario de una hipérbole que prometía. Hasta que aterrizó la realidad con un video grabado por unos detectives hispalenses con mesura sobre el paroxismo de reclamar lo imposible. Al listo [protagonista del video] en su pueblo le apodan, acertadamente y según veremos, El Jeta.

La vista oral, como se pronosticaba, llenó los bancos de un público heterogéneo. Se mezclaban familiares del denunciante-víctima y denunciado-‘agresor’. También hubo traumatólogos -había debate sobre secuelas de huesos y nervios de la mano- y peritos convocados. Penalistas y licenciados noveles esperaban que las partes, letrados y el irrepetible Ponente Magistrado Ángel Márquez, dieran cancha a muchas palabras y más documentos

En el banquillo sentaban posaderas el apodado [Jeta] y un empresario. El último sobrepasado ante la posibilidad de ir a la cárcel 7 años, más multa y pagar la friolera de casi 500.000€, como pedía –únicamente- la acusación particular, la de El Jeta. La Fiscalía algo ínfimo, guiada por el sentido común.

Una pelea de bar

La historia del juicio comenzó años antes en la plaza principal de una localidad de la provincia. En un bar El Jeta engarzaba copas para llenar su ocio de parado de larga duración. Inesperadamente llegó al bar su antiguo empleador, el último que le dio trabajo al caradura. El Jeta, sin preámbulos, le reprochó en voz alta la supuesta injusticia de no renovarle un contrato. El empresario entonces –educadamente- pagó su café intentando evitar polémicas estériles; decidió irse del bar. Cuando salía fue agarrado por su ex trabajador.

La pelea trufó agarrones, gritos y más reproches. Sólo salían de la boca de El Jeta. El incidente terminó con el gritón en el suelo tras tropezarse en uno de los zarandeos. Se quejó, después, de un dolor insoportable en una de sus manos. Pero ya el ‘agresor’ estaba lejos del bar. Los gritos seguían...

El Jeta, sabedor de artimañas que hacen honor a su sobrenombre, visitó un centro sanitario. Allí una radiografía ratificó una pequeña fisura en uno de los dedos de su mano hábil. Aquel ‘parte de lesiones’ era oro en paño para una mente que sólo aspiraba a vivir del cuento, es decir, del dinero ajeno sin además trabajarlo.

La operación forzada

Un dolor, que debería episódico y muy temporal, hizo en El Jeta un consumado actor con el guion memorizado. Días después del incidente del bar y cercado por su codicia, franqueó las puertas de un hospital cercano.

Se quejó, en urgencias, de inaguantables dolores en una mano levemente fisurada e inflamada. Los médicos que le atendieron ‘picaron’. Decidieron operarle de una patología mayoritariamente sufrida por mujeres y que tenía lustros de antigüedad en aquella mano. El paso por el quirófano operó un ‘síndrome del túnel carpiano’. El Jeta lo vinculó –hábilmente- en su relato a la fisura del dedo que generó una pelea de mínimas consecuencias.

Aquel ingreso hospitalario sustanció una denuncia penal. Se anexaron dictámenes médicos privados que exageraban las lesiones, meses impeditivos y secuelas vitalicias para el trabajo de un pertinaz ‘parado’. El cotidiano de El Jeta le atrapó también con una férula desde el hombro hasta los dedos. Mínimo, mientras durara el proceso judicial. Cómo no, fue lento.

El Jeta, erre que erre, hizo correr por el pueblo rumores y bulos sobre la cárcel que le esperaba a su ‘agresor’. Además, tuvo que actualizar atributos que corroboraban su apodo. Creó una doble vida, un alter ego. Los lamentos sobre su mano perdida eran el dogma. Algunos, cuando le veían por la calle con la aparatosa férula en el brazo con la risa floja y sorprendidos por su tronío llevándola repetían sobre el personaje: ‘algo estará tramando’.

Detectives en acción

Mientras, al ‘agresor’ de El Jeta le costaba dormir. Percibía que podía ir a la cárcel por una pamplina. La pesadilla tenía además identidad, mote y profesionalidad. Su abogado le quitaba hierro a la desorbitada acusación particular sobre la de fiscalía. El dolo era muy relativo, pero el riesgo de una condena abultada rebelaba a un hombre que jamás mató ni a una mosca.

En paralelo a los rumores que corrían desde y sobre El Jeta emergía su probable trabajo en la economía sumergida. El teatro que montó sería de cartón-piedra. Como sabemos el papel judicial es sufrido, lo aguanta todo. El imputado por las lesiones de El Jeta decidió contratar a unos detectives privados. La postverdad del ‘lesionado’ no le cuadraba a nadie. Dicho y hecho.

La jurisprudencia del Tribunal Supremo avala al investigador privado como testigo creíble www.adaspain.com Su trabajo revela la verdad, no sus interpretaciones más parciales. El equipo de detectives que contrató la víctima de El Jeta tardó pocos días en desvelar su más preciado secreto.

Como se sospechaba el ‘agresor’, El Jeta repartía un par de veces por semana en una furgoneta artículos de bazar por los pueblos cercanos al suyo. Su hijo mayor conducía. Pero él, al llegar al punto de reparto, se bajaba de la cabina.

Antes de abrir la puerta trasera se desprendía, con agilidad de deportista, de la férula del brazo. Entonces, subía como un gamo al furgón; desde arriba tiraba las cajas a su hijo. La férula desechada, aburrida en un rincón, se preguntaría si tuviera el don del habla: ¿Qué hago yo aquí?. Especialmente si se ve con atención el video que grabaron los detectives con tan sublime ‘prota’.

Risas togadas y sentencia

Ese mismo video, tras alegatos vacuos del abogado de El Jeta, pidió que se viera el Ponente de la Audiencia. A la concurrencia se le derrumbó la palabrería de un letrado que defendía lo indefendible. Una Magistrada tuvo que esconder los labios con su mano ante las carcajadas del personal cuando al detective-declarante le preguntó el Magistrado Márquez si la víctima de las lesiones tenía un mote en el pueblo.

El investigador fue al grano, con la Verdad: El Jeta... Las risas en la sala ya eran poco convencionales. El dueño del sobrenombre daba dinero por un hoyo.... ¡Le habían pillado en plena faena; su historia se derrumbó como unos naipes!

La decisión de la Audiencia hizo Justicia plena. Una multa leve por una falta, más mínima indemnización por una baja de dos días por la fisura. La sentencia tumbó por completo el paroxismo del Jeta. Se evidenció también que hay Traumatólogos-perito para cualquier re-interpretación de pruebas diagnósticas, análisis o radiografías. El de El Jeta no logró vincular una lesión leve con el síndrome operado en quirófano. Su Máster en Valoración de daño Corporal no le sirvió de mucho para vender dictámenes ‘a la carta’ tras no lograr plaza en la sanidad pública. Aquel médico sin argumentos era conocido en los ambientes judiciales.

El galeno de la víctima de El Jeta era una Traumatólogo que vivía en el quirófano operando manos y piernas. Explicó, pues lo sabía de primera mano, con excelencia el fraude que se intentó consumar ante la judicial presencia. Es decir, el gol que quiso meter un ‘jeta’ pillado que se ve tiene fobia al trabajo. Ya no exhibe la férula. No le hace falta....


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